Colombia diminutiva II

Por Andrés Ospina

Insisto: ¿de dónde provendrá aquella inclinación tan colombiana por los diminutivos? ¿Será, como ya lo he planteado, que nuestra genética nos empuja a lo minúsculo y por eso acostumbramos empuñarlos como muletillas de cabecera? ¿Pretenderemos darles un falso barniz de dulzura a las palabras toscas añadiéndoles unos innecesarios ‘ito’ o ‘ita’?

¿Tendremos afinidad por lo empalagoso, o por la adulación o lambonería, que llaman, como deportes nacionales? ¿Cuál será el motivo para que nuestras bolsas de supermercado sean, casi siempre y sin importar dimensiones, ‘bolsitas’; los insufribles digiturnos, ‘turnitos’; las impagables facturas, ‘facturitas’, y los brazos todos amoratados de los pacientes en hospitales, ‘bracitos’? ¿Por qué preferiremos ofrecer un minimalista ‘tintico’, un ‘juguito’, un ‘traguito’, un ‘arrocito’, una ‘sopita’ o una ‘agüita aromática’ en lugar de un más respetable café, un refrescante jugo, un arroz caliente, una humeante sopa, un buen trago o una infusión de tamaños algo más dignos?

Hemos elevado el ‘diminutivismo’ a credo, hasta convertirlo, prácticamente, en unidad de medida. Me refiero al ‘más tardecito’, al ‘ahorita’, al ‘ahoritica’, al “llame por ahí en quince ‘diítas’” y al ‘ahoritiquitica’, paradójicos ‘superlativismos reductores’ que, además de delatar nuestra tendencia al incumplimiento, suelen excusar negligencias. En otros casos el diminutivo opera como indicador de afecto o de condición socioeconómica, cuando es empleado en expresiones como ‘mijito’ o ‘mijitica’ (en alusión a cónyuges) o ‘papito’ y ‘mamita’ (en referencia a hijos, sobrinos o nietos). O cuando entre compinches se organiza lo que, a juzgar por cómo entre ellos se tratan, promete ser una convención de pigmeos, pues a esta asisten “Nellycita, Betico y Jennicita”.

Pensemos, por ejemplo, en las repercusiones económicas y financieras de nuestra ‘diminutividad’ nata. Basta contar el sinnúmero de ‘cuenticas’, ‘firmitas’, ‘prestamitos’ y ‘chequecitos’ por ahí extraviados, con los que recepcionistas, tesoreros y contadores hacen rabiar a quien les reclama. En materia política no han sido escasos los aportes. Está el archiconocido ‘parito’ del actual primer mandatario. También los ‘tres huevitos’ del anterior, o el ‘Congresito’ que sucedió a la Constituyente del 91.

Existen, cómo olvidarlos, diminutivos de espíritu erótico o libidinoso: el ‘gustico’, la ‘pruebita de amor’, o la soez ‘revolcadita’. En cuestiones de maternidad y paternidad responsables hay innumerables casos. ‘Papito’ y ‘mamita’ colombiana que se respeten se ufanarán de su ‘bebito’. Y para verbalizar la edad de aquel flamante vástago suelen expresarla preferencialmente en microunidades estilo: “Ayer cumplió quince mesecitos”. Si consultan al pediatra le comunicarán que ha estado “con moquitos” o “estreñidito”. Los mercadotecnistas han capitalizado con inteligencia y olfato este hábito instalado en nuestras conciencias y por eso alguna vez triunfó Discos La Rumbita y hoy sigue triunfando De Todito 4, comestible que si nos descuidamos, como van las cosas, será elevado por decreto a la categoría de ‘tentempié’ oficial. ¿Quién, fíjense ustedes, no ha oído hablar del ‘Corralito’ de Piedra o de “pegarse ‘la rodadita’”?

Yo también soy culpable de ‘diminutivismo’: a mis abuelos les digo ‘abuelitos’. Cuando algo en efecto es pequeño le adjunto su merecido ‘ito’ y me encanta decirle ‘Uribito’ al victimizado exfuncionario, único diminutivo que utilizo con convicción y gusto plenos, pues dudo que exista uno igual de bien puesto, dadas las características tan propicias de quien lo ostenta. Así pues, y en honor al antiejemplo… mis queridos amiguitos, me despido de toditos. ¡Hasta lueguito!

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