El último Betavideo

"Esta semana cerró en Medellín el último BetaVideo Río Claro, todo un símbolo de lo que eran los sitios de alquiler de películas que marcaron gran parte de nuestro entretenimiento en las décadas de los ochenta y noventa, cuando Netflix era una utopía".

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

 

La tecnología, en su paso firme, se lleva por delante muchas “víctimas”. Es el precio: innovar o quedarse. Es así y es parte del progreso. Nada que hacer. Esta semana cerró en Medellín el último BetaVideo Río Claro, todo un símbolo de lo que eran los sitios de alquiler de películas que marcaron gran parte de nuestro entretenimiento en las décadas de los ochenta y noventa, cuando Netflix era una utopía.

En Bogotá recuerdo que uno de los primeros sitios de alquiler de películas que conocí se llamaba Video Library. Era una casa grande de dos pisos. Les confieso que no recuerdo dónde estaba ubicada. Recuerdo su interior muy bien iluminado y le hacía honor a su nombre: Library –biblioteca– ya que las películas en formato betamax llenaban todas las paredes del lugar.

Luego hubo un lugar en la carrera 15 con 97 que se llamaba BatiMovie, ese era de los mejores. Era en un segundo piso, no era tan grande, pero la gente, literalmente, hacía fila para poder ingresar y alquilar películas.

Después llegó Betatonio, que inundó la ciudad de bellos locales que parecían “cajas de cristal”. Ya era el mundo del VHS, posteriormente llegó el DVD, hasta que Blockbuster impuso su poder y, luego a estos los acabó la falta de innovación, es decir, Netflix y el poder ver películas en sitios como Cuevana y, hay que decirlo, la piratería.

En Medellín el primer lugar que recuerdo se llamaba PelBet. Quedaba sobre la carrera 73 yendo hacia San Juan. Fueron los primeros en la ciudad en innovar con el formato de alquiler de películas en betamax. PelBet duró varios años y luego llegó el lugar que marcaría por décadas la ciudad: BetaVideo Río Claro.

El local más famoso estuvo ubicado en el primer parque de Laureles. Era grande, amplio, las películas estaban divididas por un mostrador y al frente estaban, sobre unas mesas, unos catálogos divididos por género: acción, ficción, terror, suspenso, etcétera… Allí usted encontraba un miniafiche de la cinta y su número, F14, por ejemplo, para una película de ficción. Lo normal es que usted fuera, mirara ese catálogo y pidiera su película. Pero no, la magia en Río Claro se centraba en la atención. Era imperdonable ver que un cliente se fuera con las manos vacías. Detrás del mostrador atendían, por lo regular, mujeres, por lo regular, jóvenes y bellas. Todas ellas muy bien entrenadas por los dueños del lugar en conocimientos de cine. En Río Claro no había cabida para el empleado que no estuviera al día con lo último del séptimo arte. Así es que desde que uno pisaba el local, saludaban con calidez y se oía una frase mítica: “Buenas tardes, bienvenido, me permite le recomiendo alguna película. Tenemos estrenos, me regala el número de su código por favor”.

Ahí iniciaba un juego bello. El empleado o, en la gran mayoría de los casos, los dueños del BetaVideo, como un buen “culebrero”, hipnotizaban al cliente con un discurso que iba desde el: “¿Quiere una de acción? Nos llegó esta de Stallone. O mejor esta de suspenso con De Niro o Denzel Washington”. O afirmaciones que iban hacia el: “Esta es de bala, pero tiene argumento. No hay que ver solo bala. Esta de terror no es solo sangre. Esta comedia no es solo charra y boba. O si quiere llorar lleve este drama que se llama La fuerza del cariño”.

Todo lo anterior iba acompañado de datos infalibles como el nombre de los actores, del director, de si había ganado premios. Y con toda tranquilidad podía llegar esta pregunta del cliente: “¿De qué trata la película?”, y sin conocer en esa época anglicismos como spoiler y sin temor a contar la película, los dueños de Río Claro contaban parte del argumento, llenaban de expectativa al receptor, el que iba solo por una película se llevaba dos, tres y hasta cuatro.

Todo lo anterior se daba bajo el ruido de los rebobinadores, bajo las imágenes de varios televisores Sony Trinitron que mostraban cortos de los últimos títulos. Los clientes hacían fila, esperaban para ser atendidos cuando el lugar se llenaba. Había incluso poca cantidad de copias para películas que eran un hit del momento. Encontrar ET, el extraterrestre en su pleno furor un viernes o sábado a las siete de la noche era imposible. Se manejaban reservas, los clientes “sobornaban” para poder obtener los mejores títulos. De igual manera, fueron los primeros en implementar un servicio de alquiler de películas a domicilio. Era un Netflix, pero en moto…

El plan de fin de semana era alquilar películas en BetaVideo Río Claro. Por ahí pasaron como clientes las más bellas modelos, los futbolistas del momento, actores y demás. A todos los unía la pasión del cine y la buena atención que los dueños promovían como premisa no negociable. Había gente adentro y afuera, era un punto de encuentro y reunión. No era raro que un viernes a un cliente se le ofreciera un aguardiente; a un niño, un helado; a una bella mujer, un recuerdo. Literalmente: la gente salía feliz.

Hoy, casi 30 años después, Mauricio Ríos (uno de los dueños) cerró el último Río Claro, el de la sede de la Villa de Aburrá. Hasta el último día mantuvo en alto la filosofía de recomendar películas, contar parte de ellas, hablar de sus actores, atender con amabilidad, hacer las cosas con pasión.

La película llegó a su fin y BetaVideo Río Claro fue protagonista de ella en Medellín. Inolvidable.

Por Andrés ‘Pote’ Ríos / Twitter: @poterios

 

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