Adiós, querido Coliseo

Por Eduardo Arias

Debo decirlo: formo parte del 0,1 por ciento de los bogotanos que echaremos de menos el Coliseo Cubierto El Campín, ese gigantesco caparazón de tortuga de hormigón que desde 1973 acompaña al estadio Nemesio Camacho El Campín. Los más jóvenes, qué sólo han visto su lenta decadencia y no parecen sentir mayor apego por el coliseo, no tienen por qué entender el orgullo que me generó cuando lo inauguraron. Su estructura, diseñada y calculada por Guillermo González Zuleta, era una obra cumbre de la ingeniería colombiana.

En sus primeros años, los de mayor esplendor, en el Coliseo se llevaron a cabo combates de boxeo por el título mundial y torneos como el Mundial de Básquet de 1982, el Mundial B de Patinaje sobre Ruedas de 1989 y partidos de tenis de exhibición, como el de Nadal contra Djokovic y el de Federer contra Tsonga.

El Coliseo El Campín, pensado para eventos deportivos, muy pronto empezó a darle cabida a otro tipo de espectáculos. Con capacidad para 14.000 personas, los promotores de eventos musicales ko utilizaron como escenario de conciertos, a pesar de que la reverberación y los múltiples ecos allá adentro eran una verdadera pesadilla para los encargados del sonido.

Pero bueno. En 1973 se presentó Carlos Santana cuando estaba en el pico de su fama. También pasaron por allí Soda Stereo, Los Toreros Muertos, Fito Páez, Rubén Blades, Massive Attack, Deep Purple… Muchas estrellas de la música se presentaron en tan hostil caja de resonancia.

Con el paso de los años eran cada vez más escasos los eventos deportivos. En los últimos años fue triste ver su lenta agonía, que parecía demorarse un poquito más cuando allí se presentaba algún músico, algún espectáculo del Festival Iberoamericano de Teatro, algún circo de la antigua Unión Soviética, algún predicador de la palabra de Dios, algún político en busca de votos y aplausos.

Hoy, cuando ya han comenzado las obras que lo convertirán en un gigantesco e irreconocible cilindro rosado -al menos así luce en los ‘renders’- parece un ovni encallado al que un par de grúas le escarban sus entrañas. Miro con nostalgia el armazón aún desnudo de lo que quedará en pie del viejo coliseo. Ya le han sacado buena parte de sus tripas y le refuerzan su estructura.

En el lote, donde durante décadas instalaron sus carpas y parquearon sus carromatos diversas compañías de circo (en particular el de los Hermanos Gasca) habrá una pista de skateboard, canchas de microfútbol y un par de parques. Muy pronto la imagen del Coliseo que alimentó sueños y orgullos de mi infancia se hará cada vez más borrosa. Me acostumbraré a ver en su lugar un cilindro rosado con pantalla gigante.

Adiós, viejo y querido Coliseo. Siempre echaré de menos tu enorme caparazón de tortuga de cemento y tu silueta de ovni incapaz de despegar.

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