Por una telefonía no-inteligente

Por Andrés Ospina

Como decía el difunto baladista Joan Sebastian, “de un tiempo a la fecha” ha venido cobrando vigor en mi alma, siempre ávida de anacronismos y causas demenciales por defender, la idea de instituir un club de amigos y una sociedad protectora de la telefonía móvil no-inteligente. Una suerte de organismo apolítico sin fines lucrativos, incluyente y por principio abierto a la adhesión de nuevos miembros, cuya existencia se fundamentará en la premisa subsiguiente: “Si nos remitimos a lo más puro de su esencia original y al noble fin que inspiró a sus inventores a la hora de ingeniárselo y concebirlo, el teléfono fue creado, antes que para cualquier otro menester, para hablar”.

Dicha agremiación aglutinaría en una sola confraternidad a quienes, a contracorriente del pensar de las muchedumbres, aún nos obstinamos en resistir con valentía de quijotes el entramado de embates publicitarios, bombardeos ideológicos, bloqueos comunicativos, censuras sociales y demás medidas coercitivas para que cuanto antes nos vayamos de hocico a sumarnos al rebaño de usuarios de smartphones y de abonados del odioso 4G, y caigamos en la promoción de turno.

Hospitalaria cabida habría en nuestra hermandad para aquellos cuyas limitaciones financieras, impericias tecnológicas, principios, ‘hipsterismos’ o convicciones personales les hayan hecho optar por la sensatez de las –racista, elitista y odiosamente– llamadas ‘flechas’, con la ruindad implícita que semejante concepto acarrea consigo. Y para los que, conscientes de la inseguridad imperante en las ciudades que habitamos, bien comprenden que la sola tenencia de un artefacto “de última generación” en esta amada república nos eleva en forma automática a la categoría de candidatos de excepción a víctimas potenciales de hurto y homicidio.

También para aquel a quien la socorrida solicitud de “dame tu WhatsApp” le resulte desconcertante, invasiva u ofensiva, en tanto casi todos en el planeta asumen como prerrequisito e indicio de normalidad de parte del interlocutor el contar con uno de los tiestos esos y con la mencionada aplicación habilitada. Aunque dicha postura aterre a muchos, aún ‘habemos’ unos pocos herméticos a la dictadura del ‘plan de datos’, acaso preocupados por la modalidad de alienación consentida que involucra el andar contemplando una pantalla de iPhone o de Samsung Galaxy como orates hipnotizados, mientras batimos nuestros pulgares cual enajenados mentales, aislados del entorno. Me ocurre cuando –forzado por el deterioro de alguno de los viejos Nokia a los que por fortuna aún consigo acceder en tiendas de segunda– debo soportar la mueca de extrañeza y el rosario de reconvenciones que, inevitables, sobrevendrán tras comunicarle al dependiente de Claro mi desinterés por cambiarme a un ‘equipo’ de ‘gama media’ o ‘alta’, como ahora, en típica jerga de concesionario automotor, se refieren a las opciones de reemplazo disponibles.

Por enfermizo que les resulte, todavía sobrevivimos los amantes confesos de las conversaciones en tiempo real, reticentes a esas costumbres posmodernas de los “mensajes de voz o video”. Por más adoctrinamientos que medien, aún no nos extinguimos los paranoicos que vemos en tal tipo de artefactos un ejército bien entrenado y encubierto de espías invasores de la intimidad y de enemigos de la dignidad humana. Y aunque suene a excentricidad o a anquilosamiento mental, me acompaña la convicción de no estar solo y de que quizás un puñado de anacrónicos de bien piense como yo. ¿Alguien dispuesto a unirse?

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