Américo

Américo

Lo que más recuerdo de la noche en que llegué a vivir a Bogotá es pasar por la carrera Séptima con calle 97 y ver a la estatua de Américo Vespucio sosteniendo en su mano una botella de aguardiente Néctar.

No sabía en ese entonces que lo que se venían eran más de dos décadas de vejaciones y abusos contra la obra, y tampoco que el tema no era nuevo. Según su autor, Octavio Martínez Charry, él mismo ha reparado la estatua al menos unas catorce veces desde que fue instalada en 1984 (otras fuentes hablan de 1987. Ni idea, no vivía acá en ese entonces), ya que cuando lo hacen terceros no queda bien restaurada.

Aquella vez de la botella de aguardiente me pareció chistoso porque era un adolescente que se sorprendía con todo lo nuevo que veía, pero el asunto ha ido perdiendo su gracia con los años. Durante este tiempo, al Vespucio le han hecho grafitis, lo han envuelto con vinipel, le han cortado la cabeza, le han robado el globo terráqueo que cargaba en la misma mano del guaro, lo han usado para practicar tiro al blanco con armas de fuego y le han dibujado con tarros de pintura lo que, más que grafitis, son meros rayones. Una y otra vez le han curado las heridas, y una y otra vez lo han vuelto a lesionar.  

Vaya uno a saber qué mueve a la gente a ensañarse justamente con ese monumento y no con otro. Hay quien dice que se debe a que está ubicado en una zona de paso, poco vigilada y con escasa luz, mientras que otros afirman que el odio tiene su origen en que se trata de un personaje que de una manera u otra tuvo que ver con el descubrimiento y exterminio de las personas que vivían en este continente antes de que fuera hallado por Cristóbal Colón, y que de ninguna manera estas tierras deberían llevar su nombre. Yo me inclino más por la primera razón y le sumo otra: Vespucio es, a la larga, un personaje insignificante para nosotros, y más allá de su importancia histórica y de la evidencia de su nombre, no nos dice nada. No genera pertenencia, no nos produce cariño ni respeto, y como no lo vemos importante pues lo dañamos porque da igual que esté en la 97, en la Boyacá, en la salida a Tunja o que no esté.

No es este un espacio para debatir si hay que respetarlo o no, pero sí creo que es hora de definir qué se hace con él, porque cada arreglo cuesta tiempo y dinero (entre 10 y 30 millones de pesos, dicen), y la verdad es que no estamos para botar plata en cosas que deberían subsistir con el mínimo de inversión en mantenimiento. Hasta de cercarlo con una reja con electricidad se ha hablado.

Dañar al Vespucio se ha vuelto una tradición capitalina como subir a Monserrate o visitar la Plaza de Bolívar. A mí me tomó veinte años tomarle una foto para entender que esa costumbre tiene que parar, o mejor desmontar esa vaina y poner ahí un Starbucks. Tal vez eso sí lo respetaríamos; extrañamente, tiene más arraigo. 

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.