Hablemos del sufrimiento masculino

Necesitamos entender que el cambio estructural social es el combate de mujeres y hombres a las dinámicas sociales, políticas, económicas y culturales patriarcales. Que no solo las mujeres hemos sido afectadas por el patriarcado y que si bien es cierto que las mujeres no somos responsables de la existencia del patriarcado, tampoco los actuales hombres lo son. De lo que sí somos responsables es de tumbar el poder patriarcal. ¡Qué difícil es ser hombre en un mundo diseñado estructuralmente para machos!

Pensemos en esto: los nuevos hombres han sido una revolución dentro de la revolución. Ellos no pretenden salvar a las mujeres como sus héroes protectores sino que se salvan a sí mismos de las estructuras de poder sexistas impuestas. El feminismo llevó a los hombres a repensar su existencia, a darse cuenta de que con el patriarcado no solo perdemos las mujeres y que no es cierto que ser un hombre patriarcal es ser un hombre libre.

Teniendo en cuenta las exigencias del rol social para un hombre tradicional, existe una crisis sobre la masculinidad que enfrentan todos los hombres de vanguardia, aún cuando no entienden de feminismo o de antipatriarcado.

Raewyn Connell, catedrática  en la Facultad de Educación y Trabajo Social de la Universidad de Sidney, que anteriormente lo fue de Sociología de la Universidad de California, Santa Cruz, también en la Universidad de Harvard en EE.UU. y en la Universidad Macquarie de Sydney en Australia, y autora de numerosas publicaciones e investigaciones sobre temas educativos y de género lo explica de este modo: a los hombres de la actual sociedad no les sirven los modelos tradicionales, como el de sus abuelos o padres, porque la cultura patriarcal con la que fueron formados y por tanto vivieron les convirtió en dependientes de “sus mujeres”, en muchos aspectos también les convirtió en personas autoritarias, con dificultad para establecer relaciones íntimas y para expresarse emocionalmente.

Un gran número de estos hombres afrontan una gran carga de inseguridad sobre cuál es su papel, y tienen miedo a sacrificar su virilidad, o a no gozar de importancia especial en la sociedad. No saben relacionarse con hombres homosexuales, odian a las personas feministas, y no pocos emplean la violencia, tratando desesperadamente de ejercer su poder sobre su entorno, especialmente sobre las mujeres cercanas.

Y Connell nos recuerda que es de conocimiento público que en todo el planeta, los hombres se suicidan más que las mujeres y mueren en actos de imprudencia, porque tienen menos herramientas para reconocer y canalizar sus emociones. Afirma que ellos no saben cómo enfrentarse a sus miedos, al odio, a la desesperación, a la tristeza; es por eso frecuente que el hombre en crisis acuda a la violencia, contra sí mismo o contra otras personas. Y resalta que es evidente el rechazo de los hombres posmodernos a sus modelos de referencia, y eso es lo que les genera la mencionada angustia existencial de la masculinidad que no logran exteriorizar ni asumir.

Prosigue Connell explicando que la masculinidad tradicional constantemente es sometida a pruebas de valor social; ya que un hombre ha de estar demostrando continuamente que no es una mujer, que no es un niño, que no es homosexual, que es valiente, agresivo, activo, aunque tenga que poner su vida y la de otras personas en peligro. Explica que estos hombres tradicionales, para demostrar su virilidad, tienen que ser exitosos en su trabajo. En sus palabras: ellos deben ser promiscuos, y de una sexualidad potente. En mis palabras: deben demostrar que son seductores extraordinarios.

Connell afirma que estos hombres son obligados por la tradición patriarcal a construir su identidad rechazando todo lo que tenga que ver con la feminidad; para ellos las mujeres somos siempre "lo otro", todo lo que un varón no debe ser.

Yo esto lo comprendo ya que para un hombre tradicional se supone que somos las mujeres la reencarnación de toda debilidad e inferioridad humana. A esto sumemos el hecho de que la revolución feminista nos dio a las mujeres la maravillosa oportunidad de asumir nuestra vida, lejos del imaginario de ser poseídas por un hombre, de revelarnos contra la doble moral sexual que nos obliga a las mujeres a sostener una fidelidad religiosa hacia el hombre que acompañe nuestra vida mientras aplaude la libertad sexual masculina, castigando a las mujeres que se salgan de la norma social.

Las mujeres posmodernas reclamamos compañeros  con implicación sentimental de fondo y comunicación honesta, reparto igualitario de las labores del hogar, relaciones sexoafectivas que no se basen en la deshonestidad y evitación. Y muchas rechazamos el rol de madre como herramienta pedagógica para aplicar en los hombres que haga que se asuman como personas adultas y no “débiles ante la tentación de una mujer”

Según R. Connell,  en general los entornos sociales y laborales de los hombres son jerárquicos y competitivos, y los ubica en un plano superior, o en un plano de dependencia emocional frente a las mujeres. Los hombres han sido educados para reprimir todas sus emociones, y esta conducta les está facturando muy alto. Yo estoy de acuerdo con ella. Les está llevando a perderse entre “el deber ser, el ser y el querer ser” e igualmente que ella veo que los hombres temen a abrirse y compartirse, a comunicar y demostrar cariño en público a otros hombres, gracias al imaginario que las mujeres sí podemos ser afectivas entre nosotras como hermanas y ellos no. Tienen terror a abrazar su miedo o debilidad. Y como bien lo reafirma Connell, ellos han sido educados para ser machos heterosexuales, duros, implacables, e inquebrantables.

Indiscutiblemente tiene razón Connell al afirmar que las dinámicas culturales, sociales y políticas patriarcales les castró el derecho a ser personas sensibles para que así no se dejen llevar por los sentimientos bajo el imaginario colectivo impuesto de que “los hombres no lloran”. Y esto genera en ellos el constante deseo de escapar (de sí mismos, de sus sentimientos, de sus compromisos, y de sus problemas.)

Opino que esto es serio a nivel social y político. No es de poca monta la lucha que viven los nuevos hombres al enfrentarse a todas sus realidades. Desde donde yo lo veo, la nueva masculinidad tiene como reto una libertad desconocida que le lleva a configurar su identidad, a cuestionar todos sus privilegios, a quebrar el sistema que le fue impuesto como verdad absoluta, a ceder el poder que le heredaron por el simple hecho de ser hombre y no por mérito real.

¿Cómo culparlos de la angustia existencial? ¿Cómo no sentir empatía y deseo de ayudarles en esta búsqueda de identidad? ¿Acaso es fácil inventarse nuevos modos de existir y dinámicas diferentes de relacionarse? ¿Cómo culparlos de no saber cómo replantear su vida? Las mujeres nos quejamos y reprochamos todo el tiempo de la indecisión masculina, y su inseguridad sexoafectiva e incluso les tachamos de niños asustados que envejecen sin crecer. Comprendo cuando Connell afirma que el  hombre posmoderno no sabe si las mujeres deseamos de ellos posesión o compañía, y yo agrego que no comprende que nosotras también sufrimos por las contradicciones internas entre el discurso y la práctica, entre el deseo de igualdad y las estructuras machistas que habitan en todas las personas porque todas hemos sido educadas en la tradición patriarcal.

Como militante feminista soy consciente de que la masculinidad tradicional ha arrancado la humanidad de los hombres convirtiéndolos en poses antes que personas. Yo no seré su educadora ni salvadora yo compartiré mis saberes, mi lucha, mis miedos con los hombres nuevos y seré implacable con cada macho orgulloso de serlo.

Yo debo decir que todos los días extraño cosas de mí cuando no era feminista y manipulaba al hombre tradicional con la pose de “princesa en apuros”. Que no es fácil combatir todo lo que el sistema nos impuso. Que la matriz patriarcal muchas veces me gana la batalla. Por eso puedo comprender que a los hombres también les cuesta liberarse del sistema.

Por: Mar Candela – ideóloga Feminismo Artesanal / @femi_artesanal