El gato Fénix

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Publimetro Colombia

Lo encontraron, vertiendo la poca sangre que a su cuerpo le quedaba en un lodazal, hasta donde había conseguido arrastrarse. Se estaba muriendo.

Minutos atrás había sido atropellado por una Toyota Hilux. Muchos lo vieron. Decían conocerlo. Con su madre y hermanos ocupaba una bodega del barrio Samper Mendoza. Calle 22. Carrera 24. Un día el vigilante no lo dejó entrar más. Y él (que no sabía ni sabe de desconfianzas o peligros) se arrojó desprevenido a la calle, para comenzar a vivir. Se accidentó.

Una mujer y su hija lo oyeron quejarse desde lejos. Con la ayuda de un buen caballero llamado Antonio Ariza lo llevaron a la Clínica de Pequeños Animales de la Universidad Nacional. Allí, para efectos del registro, tuvieron que darle un nombre. Contra la oposición del salvador lo bautizaron como el vehículo a cuyo peso él debía su desgracia. Hilux.

El diagnóstico angustiaba. Fractura de fémur, cadera y cola. Obstrucción intestinal. De no ser sometido a una urgente intervención, el cachorrito fallecería. Antonio organizó una colecta.

En medio de tanta infamia queda algo de compasión. Recogieron varios miles de pesos. Lo afeitaron. Lo intervinieron. Existieron complicaciones. Serias, sin exagerar.

Vivió por dos meses en las gateras del mencionado lugar. Antonio le llevaba sobres de comida húmeda (de los que se volvió entusiasta catador), le leía historias, le sacudía las cobijas, lo acompañaba al patio para ver el sol o le cambiaba el agua. Estudiantes y veterinarios aprendieron a amarlo.

Allí, después de encontrármelo en la red, fui a conocerlo. Estaba todo vendado y caminaba con dificultad. Pero era fuerte. Había experimentado el dolor en cuerpo propio, y por eso se mostraba eufórico ante cualquier manifestación de aprecio, venida de alguno de sus muchos admiradores. Hacía cuanto pudiera por demostrarles a los visitantes cuánto disfrutaba de recibirlos. Aceptaba las curaciones con una resignación que, por tierna, agradecida y amable, se parecía más a la sabiduría.

Quise preguntarle por su familia. Por sus días previos al siniestro. Por sus anhelos y temores. Pero me conformé con mirarle los ojos azul ultramarino. Ellos eran más elocuentes que todas las palabras que conozco.

Lo dieron de alta. Lo rebautizamos. Ahora sería ‘Fénix, el gato’. Nunca pensé que así sería, pero la suerte tiene sus caprichos. Desde ese 22 de abril vive conmigo.

Como Fénix hay cientos de miles. Uno por cada 50 bogotanos. Y no encuentro muchas buenas razones para negarse el privilegio de compartir la vida con un gato. Hoy, gracias a este, puedo asegurar que en el mundo hay pocos amores tan puros como el suyo.

En este preciso instante Fénix toma prestado mi calor, corrige con escepticismo el estilo de estas líneas, me habla en su lenguaje de ruidos, ronronea en estéreo y afila sus garras contra la carpeta de abuelita que Marcela puso sobre esta mecedora acolchonada. Por ahora debo irme. Fénix quiere jugar. Y para un padre inexperto siempre será difícil decir no.
 

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