19 de junio de 1990

Por Nicolás Samper C. @udsnoexisten

Por Publimetro Colombia

Mientras más perdemos la memoria reciente, más claras tenemos las imágenes del ayer. Es ese eterno padecer que revive en la mente con pelos y señales la miseria y la dicha que no volverá, pero es también el estado de quedar obnubilado porque no recordamos qué fue lo que almorzamos ayer. Y así se va consumiendo la vida hasta la hora en la que es imposible guardar más evocaciones porque ya no habrá espacio para ellas en el ataúd.
 
Lo que no es claro hoy, en el presente, será prístino en el futuro porque termina siendo el pasado. Así de simple y así de complejo. Lo que nos cuesta trabajo recordar a los 35, será una evocación permanente a la hora de cumplir 75. Y lo que sacamos del cuarto de San Alejo mental a los 35 aparecía a los 20 como algo poco coyuntural. Yo soy capaz de olvidar la fecha de mi cumpleaños, pero tengo claro que el 8 de febrero de 1999, mientras me bañaba, se me caía un gran gajo de pelo de la cabeza. Ese día comencé a quedarme calvo.
 
Mi cerebro logra echar bajo la alfombra la fecha de pago de mi celular –aunque la factura me llega al correo electrónico y con un mensaje de texto–. Pero si me preguntan sobre el 14 de noviembre de 1991 (jueves) sé que me embriagué por primera vez en la vida y que antes de dejarme rendir por el aguardiente y la cerveza en una serenata que le hicieron a una amiga de mi mamá, estaba viendo por el canal 11 un juego entre Eintracht Frankfurt y Fortuna Düsseldorf narrado por Andrés Salcedo.
 
Los recovecos de la cabeza hacen que, de camino al trabajo, revise más de diez veces mis bolsillos para saber si tengo las llaves o el celular porque sencillamente se me pierden esos instantes en los que salgo de la casa con prisa y no puedo reconstruir mis propios pasos. Eso sí, no tengo que revisar más de dos veces para decir sin problemas que la primera vez que oí la palabra ‘sicario’ fue el 30 de abril del 84, día en el que los noticieros de la noche informaban sobre el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla.
 
El 19 de junio de 1990 fui feliz. Muy. Y pudo ser el recuerdo más infeliz de mi vida por el gol de Littbarski en el minuto 89. Pero 120 segundos después Carlos Valderrama le metió ese pase tremendo a Freddy Rincón. El crack de Buenaventura corrió y metió la pelota entre las piernas de Bodo Illgner. Fue el 1-1 ante Alemania en el Mundial Italia 90. Pensaba entonces que iba a ver muchos más logros de ese tipo y me burlaba de los viejos gagá que hablaban una y otra vez del 4-4 con Unión Soviética y que relataban la hazaña mundialista sin caja de dientes, porque la habían dejado olvidada en un vaso de agua.
 
Creo que me convertí en uno de esos viejos.
 

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