Las compraventas

Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Publimetro Colombia

¡Qué triste contemplar unos sueños convertidos, por la fuerza indolente del destino, en frustraciones! ¡Qué lamentable visitar las ruinas de lo que una vez pretendimos que fuera nuestra vida, ahora transformadas en parques-museos de la desvergüenza! Eso, justamente, son las compraventas. En ellas, ante la vista incompasiva de los transeúntes, yace expuesto un inventario de anhelos que ahora son despojos.

No quisiera enlistarme del lado mamertoide. Pero además de producir algunos recursos, relativos avances y bienestar excluyente, el capitalismo también suscita frustraciones, suicidios e inequidades. Y toda suerte de miserias conocidas por quienes viven en la marginalidad, muchos de ellos usuarios obligados de casas de empeño.

Las prenderías (también llamadas ‘montepíos’, pues la primera de ellas fue fundada en la Italia de 1536, bajo el nombre de Sacro Monti di Pietà) son hoy grotesco testimonio de las dinámicas del libre mercado. Observar sus vitrinas casi siempre surtidas y el gesto tosco de sus dependientes es cosa ingrata. Así como nuestra calle 57, entre carreras 13 y la 30 es conocida como Avenida Las Palmas, el costado oriental de la deslucida Caracas, entre la 53 y la 58, debería por ley ser llamado ‘El bulevar del empeño’.

No por las iniciativas de emprendimiento que en el sector tienen lugar entre mariachis, clubes de billar, transexuales, proxenetas y meretrices. Es por su superávit de ‘casas comerciales’.

Los propietarios o vendedores son, por lo general, hombres adustos, de circunferencia estomacal prominente, dados a mirar de frente a sus clientes (que más bien deberían reclamar para sí el estatus de víctimas). Dominan el oscuro arte de la usura y del deterioro progresivo de la autoestima del interlocutor.

Son expertos en demostrar poco interés para atenderlos y en desvirtuar la valía de sus pertenencias. Evidencian su presunción de mala fe exigiendo factura. Los conozco amables y de buen corazón, pero son minoría.

El negocio es simple. Alguien necesitado y sin liquidez se acerca hasta la ventanilla para buscar un préstamo, respaldado por alguna propiedad de mediano valor (que bien puede ser un televisor, una cafetera o una cámara réflex). El hombre en mención ofrece al menesteroso una suma acorde con el precio del objeto garante. Se firma una letra y se establece el compromiso de cancelar la deuda en un plazo determinado, so pena de perderlo después de la fecha final, momento en que ‘la casa’ se convertirá en propietaria legal del bien mueble y quedará habilitada para ponerlo en venta.

Una segunda modalidad, menos inhumana, es la compra directa del artículo a precios de remate por parte del agiotista. La miseria de unos es el lucro de otros. ¿Quiénes serán los más devotos visitantes de compraventas? ¿Los narcodependientes y beodos caídos en desgracia (que suelen echar mano de electrodomésticos hogareños)? ¿Los ‘empeñadores’ aficionados (provistos de licuadoras, planchas y demás)? ¿Los de la onda ‘geek vaciada’ (permanentes empeñadores de smartphones, entretenimientos portátiles y tablets)? ¿O los malhechores?

De los cuadros oprobiosos soportados por quienes alguna vez nos hemos detenido a reparar en las dinámicas de una compraventa (por morbo o por compasión, sentimientos fáciles de confundir) uno de los peores es el de los muchos instrumentos musicales huérfanos que en sus escaparates reposan, esperando a que alguien los adopte.

Duele decirlo. Pero el ciclo vital de la mayor parte de guitarras, acordeones, saxofones, bajos, teclados y demás artículos propios de la industria del entretenimiento musical comienza en una tienda convencional (no muy lejos de la Caracas misma, a la altura de la carrera séptima con calle 53) y termina en alguna prendería de la ya mencionada avenida o de la carrera 15.

Ahí, ya degradadas a mercancías de segunda, están las pruebas físicas de las aspiraciones de fama, éxito y de una vida dedicada al arte, manchadas de rabiosa resignación. Son las cosas del mundo. Basta con que cualquier infamia sea legal para que no esté mal vista. Y eso es lo normal.
 

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo