La sociedad que perdió sus lágrimas

Reflexiones de Víctor Solano/ @Solano, Periodista

Por Publimetro Colombia

Unos niños de 10 a 12 años atacan a una niña; otro de la misma edad intercede por ella y los pequeños agresores deciden darle una paliza “por sapo”. Algunos días después, nos enteramos que tras una dura convalecencia en la sala de un hospital, el niño ha muerto en el olvido, en las trazas de una historia contada como por no dejar. En otras escalas, la tragedia que les acabo de resumir en unas pocas líneas es una de las aristas de la historia de la violencia en Colombia.

Cuando creemos que las historias de la violencia son crónicas de periodistas amarillistas para una audiencia de arrabal es cuando más deberíamos percatarnos de que las violencias –que perforan sin compasión a todas las clases sociales– se convirtieron en paisaje, en la banda sonora de nuestro almuerzo mientras pasamos la sección de los goles y luego a la de la farándula.

Antenoche creo que a varios se nos escurrieron las lágrimas con la noticia del niño asesinado. Y eso que la nota no fue amarillista; simplemente mostró que nuestra sociedad está incubando una generación movida por el odio. Como decía en su cuenta de Facebook Juan Gonzalo Benítez, director de un noticiero en Teleantioquia: “Hoy tendría que ser día de duelo nacional”. En otra sociedad, la gente estaría marchando para rechazar ese tipo de violencia, con el grito en el cuello como lo hace contra cualquier violencia. Las calles se habrían llenado de dolor, rabia e impotencia, pero a la vez de movilización activa, de conciencia sobre el abismo del que pende la siguiente generación.

Parecería que desarrollamos una coraza, un blindaje que esconde la sensibilidad y que nos protegería de la capacidad de asombro… Los sentimientos parecen reservados para los exagerados ¿Llorar? Que eso lo hagan las plañideras… Perdimos el derecho a llorar porque quisimos perderlo, porque privilegiamos la falsa valentía o porque nos da miedo revelarnos en el fuero interno. ¿De qué material estamos hechos que se nos olvidaron las lágrimas por el otro?

¿Esta noticia pasará como parte del paisaje violento con el que los medios masivos nos reinterpretan a la provincia cuando no hay historias sobre pescados con el número del chance tatuado en sus escamas? Me resisto a creerlo, pero tampoco me sorprendo si llega a ser así. La muerte de ese niño nos comprueba que tocamos fondo, pero aún así seguimos cavando como esperando encontrar lo peor de nosotros y el socavón nos quedara insuficiente.

Lo triste es que mientras algunos desinformados piden pena capital para los autores (porque no existe esa pena ni sería imputable a menores de edad), detrás de los niños que mataron al otro menor, seguramente hay alguna historia de abuso. Este crimen de hoy empezó hace mucho, mucho antes de que tuviese este desenlace.

La Policía Metropolitana de Medellín, que cubre los terrenos de Itagüí, donde se produjo la tragedia, ha dicho a Caracol Radio que “acompaña a los niños agresores, en especial a uno de ellos, el cual convive con siete hermanos menores de edad y su madre cabeza de familia que presenta un cuadro violento que comenzó a ser estudiado”.

Mientras piden la cabeza de estos niños vale la pena recordar que éstos también son víctimas de un marco que les provee pocas oportunidades y en donde a veces es más fácil y más barato conseguir una ‘patecabra’ que un texto escolar o donde la comida es un premio y no un derecho.

Según un reciente estudio de Unicef, citado por RCN Radio, por cada cien mil habitantes en Colombia ocurren 162 homicidios de jóvenes varones cada año; le siguen Venezuela con 153 y Guatemala con 146 muertes. Las diferencias se resuelven en el peor de los escenarios y el margen de tolerancia es mínimo. La palabra pierde terreno porque las balas tienen más alcance y se propagan en las ondas del miedo.

Nos volvimos impermeables porque el egoísmo es un ropaje más cómodo que el de la solidaridad; encriptamos el cariño mientras la tragedia se resbala por el lado como si fuesen historias de otros y nos camuflamos en el carnaval. Lo que olvidamos es que la presunta tragedia del otro termina germinándose como la gran y silenciosa tragedia de todos.

Nuestra sociedad perdió los lacrimales por agotamiento, por ver tantas violencias y no atender a ninguna de ellas con la educación; nos secamos cuando la violencia se volvió paisaje y la indolencia comenzó a gobernarnos.
 

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo