Si de acentos se tratara

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo

Por Publimetro Colombia

En el listado de las peores atrocidades (como la inquisición, el holocausto, las filas para tramitar una visa, la fiesta brava y los daños medioambientales) deberían ser incluidos los domingos.

Y en la lista de los más tediosos domingos del planeta, sin duda los domingos bogotanos merecerían un lugar en el podio de infamias. De hecho, tengo la convicción de que cada séptimo día, Bogotá se alza como sede universal del tedio.

El cuadro deprime… Gente encerrada en sus dormitorios consumiendo cajitas infelices. Largometrajes de acción en canales nacionales. Parejas en trance de divorciarse llevando a sus hijos a empacharse de golosinas en centros comerciales, mientras marido y mujer se esquivan miradas, pues no se soportan ni la respiración. Comercio cerrado. La condena vespertina de una luz agonizante, a eso de las 5:45 p.m., anunciando que pronto será lunes.

No obstante hay algo que debo reconocerle al destino, pues recientemente está comportándose mejor. Desde que Señal Colombia instituyó las maratones de ‘Don Chinche’, los domingos son menos detestables.

A propósito… pienso en dicho programa como síntesis de la bogotanidad. Recuerdo La Candelaria de entonces, más marginal que la actual, aún desprovista de este reciente aire de cosmopolitismo, debido al aumento de la población de europeos chocolocos, fumadores de orégano que deambulan por sus andenes coloniales, embellecidos con bolardos.

Siento que ‘Don Chinche’ es responsable del concepto que sobre nosotros prevalece en el país. Me he encontrado con que muchos habitantes del resto de Colombia creen que aquí todos decimos ‘sumercé’, ‘quiubo, chino’, ‘ala’ o ‘reinita’ (léase ‘sheinita’). Puedo jurar ante la Biblia, el Corán y los Vedas que no siempre somos así.

Hay en la ciudad una corriente de nativos convencidos de que ellos, por el hecho de ser bogotanos, no tienen acento. Y, en contrapeso, existe en todo el resto de Colombia una cofradía de burlones seguros de que en Bogotá todos somos Josefa Chivatá (quien por cierto era, más bien, un híbrido nipón-cundiboyacense). Ambas incurren en el estereotipo. Un pensamiento arteriosclerótico, sin matices ni grises.

Es lamentable que nuestro acento sea ,de los autóctonos, el más vulnerable y menos dotado de autoestima. Qué desagradable encontrarse con un capitalino avergonzado de sí mismo, impostando su tono, bajo la excusa de que “es que a mí los hablados se me pegan”.

Terrible tropezarse con la imagen esperpéntica de un bogotano voseando un imperfecto: “Eche, no joda”. Y, peor, escuchar a los ‘barrabravas’ criollos canturrear sus himnos como argentinos villeros, o quejarse porque “se armó un quilombo”.

En Bogotá hay abundancia de ‘sub-acentos’, fáciles de tipificar, aunque poco documentados por el Caro y Cuervo.

El dejo cachaco (el del Doctor Pardito, Clímaco Urrutia, Vicky Hernández en ‘La Posada’, o el de los ‘Chatos’ Latorre). El horriblemente llamado ‘ñero’ (que no es, contrario a lo que se piensa, propio de indigentes sino el popular, en su más pura procedencia, similar al del personaje de Milipico, también en ‘La Posada’). O el de Carlos Hurtado, en su caracterización del vigilante del rotativo en ‘La gente de La Universal’. “Damas, papá. ¡Damas!”.

El de gamín (que sería, más bien, aquel que en tiempos recientes suele confundirse con el del ‘ñero’) inmortalizado por el ‘Viejo Richar’ en ‘Pandillas: guerra y paz’, semejante al del pequeñín de ‘La estrategia del caracol’, cuyo único parlamento era el de “si no llega rápido, la hembra se pisa”.

Está el de la clase obrera (magníficamente caracterizado por personajes como ‘El Topolino’ Zuluaga, Heriberto de la Calle y el maestro Salustiano Tapias, prodigioso orador de barriada). El del ‘clubman’ de mediana Sergio Cabrera. El del joven rebelde (que bien podría ser ese ‘proto-punk’ encarnado por Diego Álvarez en el papel de Andresito Pardo).

En cuanto a seres reales, con mucho respeto, hay algunos memorables. El del ‘play’ (parecido al del ‘yuppie’, aquel que ostentan jóvenes políticos como Simón Gaviria o David Luna). El del rockandrollero burgués, personificado por Camilo Pombo en sus tiempos de ‘Video locura’ y ‘Esta noche sí’. El del intelectual, refinado y escéptico, tipificado por el profesor Fabián Sanabria. O el del clásico ‘bacán’ (que es el de Julio Correal).

En cuanto a entonaciones en vía de desaparición están la del sabio catedrático facatativeño Abelardo Forero Benavides, y el de los últimos representantes de la estirpe conservadora cachaca, del tipo Alberto Casas Santamaría. O el de la intelectual seductora… el mismo de varias twitteras a las que a veces se les oye la voz. De todos los mencionados me quedo, por su sabiduría práctica y su prosapia repentista, con el del insuperable Don Chinche, uno de cuyos capítulos me dispongo a repetir. Punto final.
 

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