Ganar

Por Santiago Rivas, @Rivas_Santiago

Por Publimetro Colombia

Todo el tiempo nos vemos bombardeados por mensajes que nos hablan sobre la importancia de ganar. Los libros de autoayuda, los medios de comunicación y nuestros profesores de colegio, por decir lo menos, nos han llenado la cabeza con la idea de que hay que ser el primero.

De hecho, a medida que escribo esto siento la culpa de ser un derrotista, pero sé que es mi educación hablando. Es cierto que muchas veces tenemos que dar la batalla y que siempre es mejor salir victorioso, pero el culto que le hacemos a los triunfadores en realidad nos ha traído más dolor que placer.

Los sicólogos y filósofos del mercado bursátil que esgrimen el proceso evolutivo de selección natural como un argumento para defender una sociedad de personas en permanente competencia son los mismos que se inventaron teorías de negocios y motivación a partir de los avances en el conocimiento de la física cuántica, una de esas ramas de la ciencia que no está ni cerca de dar resultados ni conclusiones definitivas y todavía permite que los estafadores especulen con ella.

Nosotros caemos, porque queremos ganar, sin que sepamos con exactitud a quién o a qué. Como las victorias son tan pocas, el número de fracasos aumenta: la gordura, la calvicie, el divorcio, la tristeza o incluso los empates empiezan a parecer derrotas, pero en realidad todo termina girando en torno a la plata.

La idea del éxito, o la imagen del triunfador siempre estará relacionada con la riqueza, claro. Hay estudios que demuestran que a los humanos en realidad no nos importa la plata, mientras tengamos suficiente, pero eso no le sirve a las grandes empresas, a las corporaciones o los gobiernos.

Ser pobre es una circunstancia de vida igual de favorable o desfavorable a cualquier otra, con sus problemas y sus ventajas, pero nadie quiere que esa posibilidad se conciba siquiera, pues nuestra ansiedad es la gasolina que impulsa el motor del progreso. No el nuestro propio, sino el de los escritores motivacionales, las empresas, los inventores de términos empresariales nuevos y refrescantes, los vendedores de todo tipo de mercancía y todo aquel que alguna vez haya logrado sacar provecho de nuestras ganas de triunfar.

Todo el mundo dice que la plata no importa y tienen razón, pero casi nadie lo cree en realidad, ni sabe exactamente qué quiere decir eso.

Este artículo no es, de ninguna manera, una invitación a conformarse. Es un llamado a contemplar todo el rango de nuestras opciones a ver si de una vez por todas, y muy a pesar de los mercaderes del éxito, podemos ganar todos al tiempo.

Los amantes de la selección natural olvidan que la evolución de la raza humana en esta plaga mortífera que llamamos civilización no se logró porque cada humano estuviera compitiendo con el otro. Si algo hemos logrado como especie se debe en realidad a nuestra capacidad de comunicarnos y entendernos en niveles inconcebibles para cualquier otra especie en este planeta, a menos que los gatos nos tengan completamente engañados.

La búsqueda del triunfo en términos convencionales es, para sorpresa de muchos, el camino fácil. Todo aquello que representa un avance significativo en la historia de la humanidad viene de la cooperación, que en realidad es una competencia en la que todos pertenecemos al mismo equipo.

Pero los expertos del Neuro-motivational-power-dressing-evolution-aspirational-business-managing sostienen que Atila el Huno, Ramsés II, Carlomagno o Aníbal de Cartago en realidad eran grandes motivadores y agudos hombres de negocios: ganadores.

¿Quién puede culparlos? Ellos también están tratando de ganar. Lo mismo que aquel niño que buscando ganarle a su profesor hace copia o el profesor que no quiere dejarse de sus alumnos ni de nadie y prefiere censurarlo en vez de enseñarle una vez más a ver si ambos pueden cumplir con su trabajo, porque no dejarse es la forma en que los perdedores ganan y en algún punto de la vida los seres humanos comunes y corrientes entendemos que en una competencia permanente solo existe un primero y que todos los demás, que no pudimos ganar, tenemos que partirnos a codazos para no dejarnos, que es como ganar un poco, a la manera en que gana un poquito el de la moto que se monta a los andenes o el taxista que le cobra a uno seiscientos pesos de más.

La verdad, sin embargo, se cuela por las grietas. Esta sociedad ha terminado por asfixiar a los que se dicen ganadores.   Los conquistadores del pasado y los imperios del presente ya no saben qué hacer con tantos inmigrantes, lo único que les queda de sus conquistas.

Los grupos que ocupan el top del mercado se ven obligados a pagar payola para mantener una rotación constante, como una manera de solventar la mediocridad de su producción endeudándose cada vez más en nombre del éxito e incluso ya hay Djs de radio que justifican el cobro de la payola como una forma de aprovechar una oportunidad, y ganar.

Aquellos que alguna vez fueron declarados los elegidos terminan por sucumbir a la ansiedad y eso no necesariamente me alegra, porque no es culpa de ellos. Pero al final del día la victoria humana más significativa es la autonomía, y aquellos que no se ven encadenados a ninguna expectativa pueden seguir felices haciendo lo que les da la gana. Ese es mi deseo para todos.

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