Los que no entraron a la misa se emocionaron igual

No todo el movimiento se vivió en el Parque Simón Bolívar, a las afueras, la gente también vibró con la visita de Francisco a Bogotá.

Por Natalia Martinez

Hace 31 años Juan Pablo II visitó por única vez Colombia. El polaco, el segundo papa en pisar nuestro país, tuvo un multitudinario recibimiento que se quedó grabado en muchos de la generación de los 60, 70, y a los de principios de los 80. No todo era tan moderno como hoy en día. Los celulares para tomar fotos al instante y videos mientras se movilizaba por las calles bogotanas, evidentemente no existían y la cultura de la gente era totalmente diferente.

Mi abuela cuenta que salió con mi papá y mi tía al Parque Simón Bolívar y que llevaron un piquete de gallina para comer mientras la espera terminaba, lo vieron de cerca, sí, les dio la bendición y luego arrancaron para la casa en el barrio Siete de Agosto, en donde todavía vivimos.

De esa casa a la que llegaron en 1986, salí ayer para encontrarme con el papa Francisco I, el 'papa de los jóvenes', que paralizó la ciudad por dos días. Podríamos decir que en el Siete de Agosto, en la mañana los televisores se dividían entre sintonizar La Vuelta a España y el recorrido del papa en su carro privado desde la Nunciatura, hasta la Casa de Nariño, en donde el presidente lo esperaba en lo que sería la ansiada visita de Estado.

Los mecánicos, característicos del barrio del noroccidente de la ciudad comentaban todo, los carros en los que transportaban al papa y las risas porque eran igualitos a los que tenían en los talleres para arreglarles las válvulas, o el motor. Los barrios aledaños al parque Simón Bolívar parecían estar en modo festivo, o domingo. Uno a uno se fueron cerrando los talleres y comercios, entre más se acercaba la hora de la misa.

El camino al parque fue una peregrinación por la avenida NQS. Cientos de personas caminaban buscando el puente de la 63, que no es peatonal, pero que estaba invadido de bicicletas, camisetas blancas y vendedores ambulantes a los que se les hizo el 'milagrito' de vender cuánta cosa se les ocurría.

"Lleve el llaverito'. ¡A 3000, a 3000, mami!", gritaba un hombre de estatura media con acento costeño en toda la punta del puente por el que la gente caminaba con prisa para llegar al evento. La curiosidad del caso, más allá de los ríos de gente que caminaban por allí, fue ver las iglesias evangélicas cerradas, cuando sé que siempre están abiertas a esa hora porque hay culto.

A la altura del Parque El Lago, la venta de artilugios se mezcló con el olor de mazorcas a la brasa, pinchos de carne, y el olor a agua. El cielo gris avisó que el día no sería soleado y las grandes gotas, transparentes y veloces empezaron a caer sobre las cabezas de los caminantes que se precipitaron a sacar plásticos y ponérselos a los niños. El camino no era tan corto.

La arreciada del agua helada y las nubes cubriendo el cielo al que muchos miraban sintiendo que Dios tenía puestos los ojos sobre ellos porque estaban muy cerca de su representante en la tierra y era quien acaparaba la atención de los medios de comunicación, de la gente del común, de los políticos.

"Hoy ese Santos no era importante. El importante es el papa, al 'Chucky' ese ni lo voltearon a mirar", contaba un señor que iba con una mujer joven, engalanada con el kit que promocionaron meses atrás que incluía camiseta, gorra, camándula y bolsa ecológica.

Nadie pudo entrar después de las dos de la tarde. Familias enteras, que cargaban con abuelos y niños se quedaron con las boletas en las manos. Fue impactante verlos rogando a policías secos que cumplían con órdenes de no dejar pasar a nadie. Cuando creí que iba a ser imposible ver la misa, en el Palacio de los Deportes apareció la esperanza, no solo la mía, sino la de los que creían tendrían que devolverse a sus casas a ver la transmisión por televisión.

Una gran pantalla, nítida estaba frente a unas 300 personas que se convirtieron en unas 1000 con el pasar de los minutos. El agua pasó y los plásticos se transformaron en tapetes o en manteles para el picnic, porque tal como me contó mi abuela sobre la visita de Juan Pablo II, la gente comió. No gallina, pero la oferta de sanduches, jugos en grandes botellas, pinchos y paquetes de papas fue grande.

La misa llegó y quienes no entraron visualizaron el evento en HD. Respondieron al salmo, repitieron el amén, y rezaron. En el momento del Padre Nuestro, lágrimas brotaban de los ojos de mujeres y ancianos que se apegaban a sus camándulas, como si su vida dependiera de ello.

"¡Gracias Dios! Gracias por este hermoso momento!", exclamó una mujer que tenía en una mano la bandera de Colombia y en otra una botella de plástico de gaseosa casi vacía. Movía las caderas como si estuviera bailando y miraba al cielo con los brazos abiertos.

Muchas lágrimas de emoción se vieron en los rostros de los adultos, mientras los niños los miraban consternados sin entender lo que pasaba y otros correteaban y jugaban por ahí a los 'congelados'.

Un grupo de seis venezolanos con gorras y banderas pidieron por su patria, por la situación que están pasando. Otros por las enfermedades de sus hijos, niños discapacitados en sillas de ruedas o con problemas cognitivos, otros por jóvenes desaparecidos.

Una mujer lloró durante toda la ceremonia. A diferencia de otros, las lágrimas eran de tristeza. Rosy Roa, lloraba y pedía para que su hijo aparezca. Pablo Andrés Roa desapareció el 19 de agosto al coger un taxi en el barrio Castilla y hoy no se sabe de él. Sus plegarias, estaban acompañadas de un tono de denuncia, pues no le han puesto cuidado y nadie investiga lo que sucede.

Tods se dieron la paz. Me saludaron niños, mujeres felices y abuelos. Yo, con mis convicciones agnósticas no entendí muy bien su felicidad, la felicidad que vivió mi papá cuando el papa lo saludó en el 86, la felicidad de los ancianos y de los niños, pero logré comprender que la visita papal no era una cuestión de religión. La visita de Francisco y de estos religiosos son un símbolo de esperanza y de bondad, son una inyección de energía y de color en medio de las tinieblas que mencionó Francisco y que cubren al país, que a pesar del clima, vive un espacio de luz y alegría.

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