De la coca al café para superar el dolor de las minas antipersona en Colombia

el café será el producto que reemplace los cultivos ilícitos en el posconflicto.

Por EFE

El joven Wilmer Galindez perdió el pie derecho por la explosión de una de las miles de minas antipersona enterradas en el campo colombiano, un suceso que reafirmó su decisión de abandonar los cultivos de coca para abrazar el trabajo en el sector cafetero del país.

En la madrugada del 18 de febrero de 2010 Wilmer caminaba por un sendero del departamento del Cauca cuando pisó una mina puesta por los grupos armados en la zona por la que transitaba, un accidente que cambió su vida.

"Inmediatamente escuché una explosión y un pitido muy fuerte que me aturdió, pero no perdí el conocimiento ni sentí dolor por la adrenalina", explicó el joven, que en medio de la oscuridad no se dio cuenta de la magnitud del accidente hasta que se iluminó con un mechero y descubrió que la explosión de la mina había cercenado la mitad de su pie.

Colombia es, después de Afganistán, el país más afectado por las minas, que desde 1990 causaron más de 11.000 víctimas directas entre militares, policías y civiles, según datos oficiales.

"Fue un sufrimiento largo. Era muy temprano y yo iba solo así que me tocó hacerme los primeros auxilios y andar herido unas seis horas, arrastrándome hasta donde me llevaron al hospital", relató Wilmer, quien tras el accidente fue ingresado en un centro médico público del Cauca donde permaneció durante un mes.

Luego de un viacrucis de operaciones que lo despojó del trozo de pie que le quedó tras la explosión, el joven se dedicó en cuerpo y alma a su recuperación, incluso fabricándose una prótesis casera que le permitió volver al trabajo y bailar salsa en muy poco tiempo.

"Después de un accidente con una mina el proceso es muy complicado, si por dentro no eres fuerte, te caes, pero la vida continúa y mientras haya motivos para levantarse se puede", comentó el agricultor.

Este trágico suceso, que bien podría haber acabado con la vida de Wilmer, confirmó su decisión de abandonar el trabajo en los campos de coca para dedicarse a la recolección de café a través de la Asociación de Cafeteros Afectados por las Minas (Asodesam), un colectivo que produce unos 50.000 kilos de grano al año.

Este grupo, cuya sede es el municipio de El Tambo, Cauca, recibe apoyo de la empresa italiana illycaffè, que además de comprar sus granos la financia con donativos en función de su producción.

"Las diferencias entre coca y café son muchas. Para empezar la coca es algo ilícito y temes que te coja la Policía o el Ejército. Además, con el café no hay que pagarle impuesto a la guerrilla. Con el proceso de paz el precio de la coca bajó mucho porque ya no tiene el apoyo de la guerrilla", resaltó Wilmer.

El joven es reconocido como uno de los mejores recolectores del Cauca, ya que a pesar del accidente puede cosechar más de 300 kilogramos de café al día.

El Cauca fue una de las más afectadas por las minas antipersonales instaladas por guerrillas como las Farc y el Eln.

En este sentido, el cafetero exhortó a los distintos grupos armados del país a que abandonen el uso de las minas antipersonales, ya que estas "más que todo afectan a la población civil, a los niños y los campesinos, no a los que quieren combatir".

Paralelamente, Wilmer advirtió que el Gobierno colombiano abandona a las víctimas de las minas, quienes deben sortear todo tipo de procesos burocráticos para obtener una indemnización que en muchos casos apenas llega a los 3.000 dólares.

Además, criticó que tal resarcimiento debe solicitarse en los primeros meses luego del accidente, aunque las víctimas aún están afectadas física y psicológicamente por la explosión y las mutilaciones.

"Se te vence el tiempo antes de acabar la recuperación. Son trabas del Estado para evadir la responsabilidad que ellos tienen", añadió este afectado por el conflicto armado, quien, no obstante, reivindica la valentía de los campesinos colombianos.

Estos, además de sufrir en silencio las consecuencias del conflicto armado, llevan hoy a cabo el proceso para sustituir la coca por café, un cultivo mucho menos rentable pero desligado del dolor físico y espiritual que padeció Colombia durante las últimas cinco décadas.

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