La solidaridad mitiga en la frontera las penas de los deportados de Venezuela

Por EFE

La llegada masiva de colombianos deportados o retornados de Venezuela ha generado una corriente solidaria en Cúcuta y localidades vecinas adonde ciudadanos e instituciones concurren para brindarles ayuda y mitigar su drama.

Uno de esos lugares es La Parada, un caserío de Villa del Rosario, ciudad histórica vecina de Cúcuta, al que han llegado miles de colombianos que salieron de Venezuela por trochas y cruzaron el río Táchira con sus enseres a cuestas para escapar de la persecución.

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En el patio de una de las viviendas de La Parada un grupo de colombianos, algunos con la camisa de su selección de fútbol, organizó hoy un almuerzo colectivo que sirvió para disfrazar la angustia de aquellos que tuvieron que dejar todo atrás desde que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, cerró este paso fronterizo hace nueve días y luego comenzó las deportaciones.

Hombres, mujeres y niños participaron en el sacrificio de una vaca donada por un vecino con la que luego prepararon un almuerzo en ollas al aire libre en el patio de la vivienda, que sirvió para alimentar a la multitud.

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“Son cosas que le nacen a uno, y gracias a Dios no es sino abrir la boca para decir que falta algo y la gente viene y la trae”, dijo a Efe Juan Carlos Ramírez, uno de los organizadores del ágape.

Ramírez, oriundo de Santuario, un pueblo del departamento de Antioquia, en el otro extremo de Colombia, vive en Cúcuta, donde tiene un negocio, y se trasladó a La Parada con amigos para ayudar a los que llegan desposeídos de Venezuela.

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En este caserío situado a orillas del río Táchira, entre Villa del Rosario y la ciudad venezolana de San Antonio, compró tres vacas para preparar comida para los deportados, y un vecino compró una más, mientras que otros llegan con plátanos, papas y otros alimentos.

“No nos ha hecho falta la comida, ni atención con los niños, ni útiles de aseo; estamos bien aquí, lo único es la falta de vivienda, pero la ayuda de la comunidad ha sido muy grande”, cuenta a Efe Haydee Castellanos, una colombiana de 44 años, que vivió los últimos 27 en San Antonio (Venezuela).

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A los campamentos improvisados en la frontera y a los albergues montados por el Gobierno en coliseos llegan también voluntarios de la Pastoral Social de la Diócesis de Cúcuta, de distintas ONG y de colegios con alimentos, ropa y calzado porque muchos tuvieron que salir apenas con lo que llevaban puesto.

Castellanos, nacida en Bucaramanga, capital del departamento de Santander, relata que ante el miedo de ser deportada decidió escapar con parte de su familia venezolana por una de las trochas que dan al río Táchira.

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“Salí por el río porque tengo una niña menor de edad, y como a otros colombianos les habían quitado los hijos porque eran venezolanos, me vine con la niña de 15 años, mi hijo de 24 y una nieta de tres años y medio”, cuenta.

Sus otras dos hijas, mayores de edad y casadas, viven en otras ciudades de Venezuela pero le manifestaron su deseo de venirse a Colombia tan pronto puedan.

Castellanos recuerda que su barrio “se llamaba” El Arado, del sector Ernesto Guevara, en San Antonio, porque “la mayor parte lo destruyeron” los soldados venezolanos. “Mi casa fue demolida casi toda”, lamenta.

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