La vida compacta en el ARC Arauca

Travesía. Hay que ser disciplinado, paciente y tener buen estómago para vivir en un buque de la Armada. Yo lo hice durante una semana en el ARC Arauca

Por Katherine Loaiza /Enviada especial PUBLIMETRO

Pocas cosas ofenden más a un cocinero que la frase “gracias, no tengo hambre”. Por decirlo una vez durante la cena me hicieron una especie de ‘consejo de guerra alimenticio’ en el que el chef y uno de los encargados de la seguridad del buque reprocharon mi conducta y me pidieron anunciar con varias horas de antelación si iba a tener hambre para determinada comida o no. Para evitarme la fatiga, siempre tuve hambre, aunque no tuviera.

Eso sí, la comida era una delicia. Menú diferente todos los días, servido además con generosidad; exquisiteces del caribe, como arepa de huevo para el desayuno; además de carne de vaca recién comprada en el mercado local del río Putumayo. Si la comida no fuera rica, un montón de hombres que trabajan todo el día y que están lejos de su casa podrían entrar en estrés colectivo, lo que nunca es bueno si el espacio para moverse es reducido.

El comandante del ARC, teniente de fragata Daniel Ramírez, asegura que precisamente la convivencia es lo más difícil. “Las personalidades, el estrés laboral, los problemas familiares a veces convergen en la convivencia de todos”, según su propia experiencia, lo mejor es mantener a la gente ocupada y escucharla si lo que necesita es hablar de un problema personal. “La comida es el humor del buque”, dice.

El barco empieza a hacer bigotes en el río antes de que la mitad de tripulantes haya tenido tiempo siquiera de lavarse los dientes: la luz del sol dura poco más de 12 horas, por lo que hay que aprovechar para navegar. El lío con mover un buque de varias toneladas por un río como el Putumayo es que no existe una ruta certera para movilizarse, sino que hay que tener los mejores ojos del mundo para saber que si el agua está más oscura o se mueve de determinada forma es el mejor camino para seguir: la decisión se toma sobre la marcha. Si quien dirige el gigantesco barco se equivoca podría llevarlo a encallar y eso es un problema casi tan grave como que un avión se quede sin llantas en pleno aterrizaje. Es por esa razón que navegar de noche no es buena idea.

Mientras el buque está en movimiento por fuera, por dentro la cosa se apura aún más. Los turnos de desayuno están dispuestos de acuerdo a la categoría a la que uno pertenezca y en mi caso, “las civiles” debíamos estar comiendo, bañadas y peinadas a las 7:00 a.m.

El baño

Imagine tener que bañarse en un avión, en un espacio similar al que tienen dispuesto para el sanitario. Aunque en el buque solo hay baños para hombres –una mujer de la Armada seguramente estará trabajando desde un batallón y no sobre río–, como en el ARC Arauca íbamos cinco mujeres habilitaron uno provisionalmente para nosotras.

“No se bañen sin chanclas”, fue la advertencia que nos hicieron antes de haber siquiera descargado las maletas en el dormitorio. Nadie preguntó por qué y menos después de haber visto que había que bañarse con agua de río… Y lavarse los dientes, también. Como el río no se destaca por sus aguas cristalinas, no hizo falta la advertencia de “no traguen agua al lavarse los dientes”.

La dormida, el esparcimiento

Aunque el clima de Putumayo es húmedo y sofocante, estar dentro del buque no empeoraba la situación. Al contrario, es una nevera a la que uno puede acudir para bajarles el rojo
a los cachetes.

En los espacios comunes como el dormitorio o las salas –una para oficiales y otra para suboficiales– el aire acondicionado está a todo motor. Así, la gente puede comer con tranquilidad o verse la novela. Sí, se pueden ver novelas, noticieros o la final de algún torneo de fútbol europeo porque hay televisión satelital: si no tuvieran, habría un montón de gente sin nada que hacer en las noches, durante meses de navegación.

Dormir es otro cuento. Acostada boca arriba, entre la punta de mi nariz y las tablas del camarote superior había exactamente una cuarta. Doblar las rodillas no es una opción y acostarse de lado puede ser doloroso. Después de tres días, uno se acostumbra y al final de la semana solo tenía cuatro morados en las piernas.

Confesión final

En honor a la verdad tengo que decir que los 14 periodistas hombres que viajaron conmigo y durmieron en el otro buque no la pasaron tan bien como yo. Algunos problemas de hacinamiento y falta de aire acondicionado los hicieron pasar malas noches. Yo fui la única, sin embargo, que recibió el “abrazo del Putumayo”.
 

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