Castillos, palacios y palacetes

Por Metro

Bogotá es tierra de instalaciones palaciegas, fortalezas y castillos. Para hallarlos basta avistar los resultados arrojados por Google, las páginas amarillas de Publicar S.A. –consulta que cada vez resulta menos– o discar el 113.

En nuestro desfigurado contorno urbano existen palacetes, castilletes y algunos otros lujos solariegos. Y no hablo de los obvios… tales como el Palacio Liévano, el del Estudiante, el de Nariño, el de La Carrera, el de San Carlos, el de los Deportes o el de Justicia –destrozado con alevosía y sevicia por manos propias, en 1948 y 1985–.

Citaré algunos de naturaleza heterodoxa: el Palacio del Aluminio. El del ‘Tóner’. El del Ebanista, el Acrílico, el Ventilador, el Tornillo, el Disfraz, el Plástico y el Desechable, el Bolígrafo, el Tapicero o el Ventilador. El de la Greca, la Pantaleta, la Piñata y el de la Gallina. El del Espía expende parafernalia hi-tech para voyeuristas, detectives amateurs y paranoicos. También los de la Arepa, la Espuma, el Carburador, las Pilas, los Tejos y el adiposo y extinto Palacio del Colesterol.

Ya adentrándonos en terrenos urbanísticos y más serios, mencionaré algunas edificaciones tipo fortaleza medieval, enclavadas en la meseta cundiboyacense. En la Carretera Central del Norte está el Castillo de Marroquín, levantado por Lorenzo Marroquín Osorio –vástago del presidente José Manuel Marroquín– hacia 1899. Fue guarida presidencial. Ahí dentro negociamos Panamá. Allí perdióse la pobre Trinidad Ricaurte y Nariño, esposa de don Lorenzo, quien fuera por un abrigo y nunca retornara. Luego se hizo mansión abandonada, cabaret y clínica de reposo. Dos internas se suicidaron. Un venezolano la adquirió para hacerla pesebrera. Terminó en manos sucias y resurgió como salón de eventos.

En la misma línea está el Castillo del Mono Osorio –calle 74, carrera Tercera– contemporáneo de su homólogo chío y joya oculta entre la espesura de ladrillo que lo circuye. Fue obra del pintor y odontólogo Juan Carlos Osorio Morales, basada en una reproducción al óleo que él hiciera de un château bruselense, cuando fuera agregado cultural para la embajada colombiana en Bélgica. Tras años de abandono fue recuperado por Hernando Osorio Matamoros, su hijo. Quienes han entrado saben de Hilario, fantasma silente de mayordomo vestido con sacoleva, quien merodea de madrugada. Hoy es lujosa casa de banquetes.

Aunque no se ajusta a la clásica morfología de un castillo, cabe mencionar al Museo del Chicó, antaño propiedad de doña Mercedes Sierra y ahora de la Sociedad de Mejoras y Ornato, con su aspecto externo de pintoresca fortificación. El viejo Chapinero tuvo decenas, todos derribados, entre ellos el Castillo Kopp, del que solo queda el nombre. En el terreno de las libidinosidades encontramos el contemporáneo Castillo Night Club, casa de ‘burlesque’ y gran rival de la archiconocida Piscina. En el de vanidades capilares, el muy navideño castillo D’Norberto (calle 109 con 17).

Entre el despropósito, la nostalgia y el gracejo, encuentro prudente aclarar –antes de que las palabras se nos queden sin pista– que al margen de la caricatura presente en todo lo anterior, vivimos en una villa de contrastes y espíritu eurocentrista. Y sí –algo pintoresca–, pero a la vez ansiosa de insostenible monumentalidad. ¡Hasta el otro martes!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

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