¡Mucho indio!

Por Metro

Para protegerme –agobiado por el peso de este presente indecoroso, y a la vez desesperanzado ante la perspectiva de un futuro peor– me sumerjo en imaginerías nostálgicas. Así pretendo, sin mucho éxito, escaparme del entorno.

A veces me figuro cómo demonios lucirían estas tierras hace cinco siglos, cuando los muiscas eran soberanos del altiplano, mucho antes de que el asfalto germinara por aquí, de que Bogotá fuera Bogotá y de que sus espíritus sobrevolaran cementerios indígenas descubiertos durante excavaciones para instalar tuberías y postes.

Es demasiado poco lo que conocemos acerca de aquel pueblo, confinado al recuerdo, marginalmente resguardado en textos escolares sobre historia colombiana, en investigaciones antropológicas poco leídas y en los capítulos de la serie animada ‘El siguiente programa’, cuna del toponímico Chibchombia.

Con frecuencia y sin saberlo empleamos expresiones muiscas: El término ‘chuspa’ tan supuestamente vallecaucano, es herencia chibcha. Para los chibchas una chuspa era, por ejemplo, un saco de fibra vegetal. Hay nombres de lugares: Bachué, Bochica. Chía. Soacha (o mejor ‘Suacha’), Tequendama o Zipaquirá. También quedan apellidos, casi siempre despreciados por quienes sin fundamento presumen de linajudos: Tibaquirá, Chicuazuque, Zipagauta, Bogoyá, Saganome, Pataquiva o Piraquive, entre otros.

Desacreditar nativos convino a clérigos, conquistadores y católicas majestades, quienes argumentaban que éstos no tenían alma. Así —en teoría avalados por el Altísimo— podrían acometer la empresa imperialista (perdóneseme la mamertada) de convertirnos en extensión territorial ibérica.

De ahí que en abril 16 de 1770, Carlos III expidiera inapelable cédula real para proscribir la utilización de lenguas originarias en aquel lugar al que las desorientadas huestes españolas decidieron llamar Indias Occidentales. Un error descomunal, si tenemos en cuenta lo lejos que estamos de la verdadera India. Quítale a un pueblo sus palabras y lo desarmarás.

Semejante medida de expropiación resultó tan catastrófica como el enajenamiento de una tierra de la que los chibchas eran más hermanos que propietarios. Las consecuencias, aún hoy, son visibles…

Basta con que en la actualidad a algún palurdo arribista subido en el podio imaginario de su camioneta 4 x4 se le atraviese un individuo distraído que va “por su vía” para que él troglodita en cuestión escupa al transeúnte dos palabras consideradas por muchos como horrendo insulto: “¡Indio bruto!”. En idéntico sentido, si alguien transgrede las normas imperantes de etiqueta y estética, la sociedad en pleno lo tildará de ‘indiazo’.

Debido a tan innoble afán de degradar nuestro acervo, los significados han cambiado. Durante tiempos precolombinos los aborígenes llamaban ‘guache’ a un valiente guerrero encargado de resguardar las fronteras. Hoy adjetivamos así a un vulgar patán. Por entonces ‘guaricha’ era una princesa. Ahora es una meretriz. ¡Señor; Señora: decir eso no le agrega sofisticación. Lo hace ver ridículo!

Propondría yo, en aras de la decencia y el respeto a lo que en efecto somos —una amalgama africana, hispánica, indígena, negra y demás—, ennoblecer a quienes nos antecedieron en estos predios, gentes que al marcharse nos legaron un entorno bastante menos malsano que este. Así las cosas, y para terminar, sugiero buscarnos una fórmula más consecuente de ofensa que la imbecilidad aquella del ‘indio bruto’. Me despido en chibcha. ¡Chibu

Por: Andrés Ospina, escritor y realizador de radio/ @elblogotazo.

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