El ‘profe’ del ajedrez callejero en Bogotá

Por Metro

Adolfo Páez es un vendedor de la calle que tiene su cabina en la carrera Séptima con calle 19. Nacido en 1963 y sin terminar el estudio, ha trabajado siempre en el comercio.

Vendiendo dulces, paquetes y bebidas, sobrevive para llevar de comer a sus dos hijas. Se podría seguir contando la vida de Adolfo de manera muy similar a la de miles de colombianos que ganan apenas lo que gastan y que viven en barrios al límite del casco urbano, pero la historia de este hombre va aún más allá que los horarios exhaustivos de trabajo, la injusticia social o los sueños sin cumplir.

Desde hace más de 30 años ‘el Profe’, como le dicen en las calles, ha dedicado su tiempo y parte de sus ingresos al arte, disciplina y pasatiempo del ajedrez. Aunque no le gusta que le digan ‘Profe’ porque dice que no ha estudiado, Adolfo es reconocido en las calles por ser un precursor del ajedrez en Colombia a nivel callejero.

La carrera Séptima con calle 19 se ha convertido en un santuario para ajedrecistas aficionados y profesionales que, sin importar el ruido, la contaminación, la cantidad de gente y el agite de la ciudad, logran la concentración para hacer mate a sus contrincantes. Adolfo lleva cuatro años ubicado allí, y todos los días saca cuatro mesas que ha comprado de su bolsillo y que guarda cerca de su tienda; las extiende y pone los tableros y las fichas para que cualquiera que quiera venir juegue. Él también juega, a veces tres o cuatro partidas simultáneas mientras atiende su quiosco de dulces y vende minutos.

“Yo he jugado con (Antanas) Mockus, a Gina Parody le saqué tablas y (Gustavo) Petro no fue capaz de jugar contra mí”, dice Adolfo jactándose de su audacia en el ajedrez, que además le ha servido para emprender proyectos educativos con alcaldías pasadas.

En el Gobierno de Luis Eduardo Garzón firmó un pacto en el que tenía permiso para vender en la carrera décima con calle 16 y ahí puso sus primeras mesas; además es el responsable de que haya tableros de ajedrez en concreto en parte de la ciudad.

La idea surgió al enterarse de que en Nueva York existía la práctica del ajedrez callejero. Antes, cuando trabajaba en Kennedy, llevaba los productos para vender en una bicicleta panadera con una parrilla adelante y los tableros en la parrilla trasera.

Aunque a veces es difícil porque la Policía “molesta” y las constantes marchas y protestas pueden perjudicar el espacio, la gente entiende que el ajedrez es una disciplina sana. “El ajedrez no es mi trabajo, es mi pasión. Yo no vivo del ajedrez, yo no cobro, la gente me colabora”, resalta ‘el Profe’, que tiene muy claro que “el ajedrez es necesario en Colombia. Enseña normas, intuición, análisis”.

“El ajedrez es la vida misma”, dice Páez convencido de que promover la educación por medio de esta disciplina hace que los niños aprendan, piensen y se alejen de las drogas.

“Mi sueño es tener una escuela de ajedrez y poder sacar adelante a mis hijas, que juegan muy bien. A las mujeres las discriminan en el ajedrez, las ponen a jugar y no les pagan”. Aunque Adolfo no tiene una familia numerosa, es padre soltero y no mucha gente apoya su forma de vida, siempre encuentra desahogo y de vez en cuando ingresos extra, además de los que obtiene desde el cubículo donde vende.

Lukas Tenjo/ Publimetro

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