Mercado negro y salvaje

Por Metro

Por Alejandra González

@alejagozalezp

giovannagope@unisabana.edu.co        

 

Nunca supo qué era volar. Después de 17 años de cautiverio, con su cuerpo erguido, sus alas oprimidas, su plumaje descolorido y su cuello lastimado, fue encontrada una guacamaya bandera en una pequeña jaula sobre la nevera de un apartamento al norte de Bogotá.


En el barrio Niza, en tanto, un tigrillo salvaje fue domesticado por un ama de casa que lo retuvo, durante un año, en su vivienda. El felino perdió sus instintos salvajes y de caza, al punto de comportarse como un gato.

 

La dueña del animal, al ser interrogada por autoridades ambientales indicó que compró al tigrillo en una plaza de Mercado del barrio El Tunal por un monto de 3 millones de pesos.

 

Animales como estos engrosan las estadísticas del tráfico ilegal de fauna silvestre, que en 2011 representó el decomiso de 3.195 especies, y en lo corrido de 2012 asciende a 2.000, según   informes de la Secretaría Distrital de Ambiente.

 

El Negocio

 

En la última década, el tráfico ilegal de animales silvestres aumentó dramáticamente. Se calcula que mueve cerca de   6 millones de dólares (unos 12 mil millones de pesos), un comercio que los organismos internacionales ubican como el tercero, después del tráfico de drogas y armas, según lo reveló un estudio de la Revista Ambiental 14-6.

 

“Colombia es un país con gran diversidad biológica. Por lo mismo, hay mucha demanda internacional de primates, aves y anfibios porque son muy importantes en el desarrollo de la investigación. Igual sucede con los reptiles debido a su empleo en la industria extranjera”, señala Carmen Rocío González, directora de Fauna y Flora de la Secretaría de Ambiente de Bogotá.

 

De acuerdo con González, “los traficantes no distinguen entre machos, hembras o   crías. Por tanto, las cadenas biológicas, normales y naturales, que existen entre animales se rompen”.


Las especies silvestres terminan obligadas a vivir en lugares, como casas o apartamentos,   en condiciones de mínima salubridad y poco aptas para su reproducción.

 

El precio cancelado por un animal salvaje se incrementa de manera ostensible a medida que se avanza en la cadena de comercialización. Un campesino que captura, por ejemplo, a una guacamaya recibe al menos 15 mil pesos. El traficante, en Bogotá, la vende por hasta 700 mil pesos. En el mercado negro estadounidense o japonés el precio del ave puede alcanzar los 15 mil y 16 mil dólares (más de 30 millones de pesos).  

 

Según denuncia la Secretaría de Ambiente, las personas principalmente involucradas en la captura de especies silvestres son los campesinos y los indígenas, pues conocen sus ciclos reproductivos y las zonas donde permanecen.

 

“Hay familias enteras que se dedican a comercializar animales; son personas   que han vivido toda la vida de ello, y conocen el negocio a la perfección. Detrás de eso, hay un drama social muy importante ya que   si no capturan y venden animales, no tienen cómo subsistir y mantener a sus familias”, explica Andrés Rosales, quien lideró algunos estudios al respecto para la Revista 14-6 y ahora es redactor de El Tiempo.  

La ruta

 

Luego de que los animales son capturados, los grupos de transporte se encargan de movilizarlos, en camiones o dentro de maletas de viaje, hasta las plazas de mercado de las grandes capitales, donde los traficantes los esperan, o los llevan a domicilio, directamente, a sus nuevos “hogares”.

 

Cuando las especies llegan a manos de los traficantes, ellos se encargan de contactar a los vendedores interesados y adelantan todo el proceso de exportación.

 

“La internet es uno de los medios más utilizados por los comercializadores para ofertar a los animales, dado que facilita el pedido del cliente y su posterior venta. Otra modalidad es el uso de celulares, a través de los cuales se dispone de un catálogo, con fotos, de un centenar de especies”, comenta Rosales.

La industria de la moda es otro sector que capta y financia el comercio ilícito de especies. Dentro de los traficantes, existe un sector llamado los “coleccionistas”, dedicados a buscar empresas de ropa y accesorios para ofrecerles las pieles de los animales.

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