Acoso callejero: otro temor que atraviesa a las mujeres en Cali

Desde piropos hasta contactos físicos indeseados, el acoso es una escena repetida para aquellas que recorren las calles de la ciudad. Por falta de herramientas, las autoridades resultan poco útiles en estos casos.

Por Lina Uribe

Tener miedo es una constante para las mujeres en la capital del Valle del Cauca. La totalidad de los casos de violencia machista y acoso son un subregistro que permanece en el recuerdo de cada víctima: no hay manera de denunciar, por ejemplo, que un hombre se tocó sus partes íntimas en público mientras ella pasaba, que la trató con un lenguaje inadecuado, que la acarició sin consentimiento o que cometió otro abuso antes de huir y dejar su identidad como incógnita.

El 26 de febrero, a la periodista Andrea Castañeda la atacó un hombre con arma blanca mientras ella se dirigía a su trabajo en el norte de Cali. El delincuente le quitó sus pertenencias y la obligó a besarlo a cambio de no herirla con el puñal. Cuando terminó de cometer el hurto, se retiró del sitio con la tranquilidad de quien no se siente perseguido. Eran las 5:30 de la mañana.

A Karen Uribe, estudiante universitaria, un desconocido le gritó en público una obscenidad relacionada con su cuerpo. “Me dio mucha rabia. Lo empecé a insultar y el señor se reía. Otra mujer me acompañó hasta la estación del MIO. Así me digan ‘hola’, la intención de morbosear es horrible”, cuenta la joven.

Mientras el temor relacionado con la inseguridad en Cali que prevalece en los hombres es ser víctimas de hurto o de la violencia que se desprende de este delito, para las mujeres germina el miedo por partida doble: la inseguridad inherente a las dinámicas de la ciudad y la violencia de género. Que las roben y que las toquen. Que las secuestren y que las violen. Que alguien las intimide con sus comentarios. Que alguien disponga de ellas como si fueran su propiedad.

Otro caso de abuso le ocurrió a Nicole Bravo, funcionaria de la Red de Salud de Ladera. Pocos minutos después de haberse subido en el asiento delantero de un taxi, notó que el conductor empezó a tener un acercamiento extraño y a hacerle preguntas personales, además de lanzarle elogios por su belleza. A ella se le ocurrió escribirle un mensaje por WhatsApp a una amiga. La solicitud era clara: ‘Llámame ya’.

“Mi amiga me llamó y nos fuimos hablando todo el camino. El taxista se veía molesto porque yo no le había seguido la conversación. Uno tiene un riesgo más alto que los hombres por el hecho de ser mujer”, dice Nicole, quien también empezó a sentir miedo en la Universidad del Valle cuando, en su época de estudiante, se descubrieron casos de acoso y violencia sexual por parte de alumnos y docentes.

Imágenes parecidas se pueden encontrar en las anécdotas de casi todas las caleñas. Pero el acoso callejero termina siendo un peldaño inferior en el camino de ascenso que tiene la violencia machista: en lo que va del año, la Fiscalía ha tipificado cuatro feminicidios en la ciudad y ocho casos siguen en investigación.

Maya Grijalba, comunicadora digital y activista por los derechos de las mujeres, tuvo una situación reciente en la que pasó de víctima a supuesta victimaria. En un bus del MIO, la mirada fija de un hombre le generó molestia y decidió observarlo con seriedad. “El tipo comenzó a gritar que yo era una racista. Me sentí incómoda y me bajé en la siguiente estación. Lo que más nos cuestionamos las mujeres es que debamos callar. No es un secreto: tenemos miedo”, cuenta Maya.

Omitir o enfrentar

Numerosas mujeres se plantean una disyuntiva cuando son víctimas de acoso callejero. En estos casos, las autoridades tienen poca injerencia: no se puede denunciar lo que hizo alguien a quien no se logra identificar. El apoyo que brinda la institucionalidad para tales situaciones se resume en la línea 155, que ofrece apoyo emocional. La segunda y más frecuente opción de las mujeres es omitir el acoso. Ignorarlo. Seguir.

“Opto siempre por poner en evidencia a la persona que me está acosando, contestarle y preguntarle por qué lo hace. Una vez, un policía me dijo un piropo. Le respondí que su misión era protegerme y que me estaba haciendo sentir miedo. Se sorprendió. El Estado debe tomarse en serio el acoso callejero y penalizarlo. En ciudades grandes como Cali, la situación es más compleja”, concluye Katherine Brand, feminista y activista por los derechos de las mujeres.


  • 127 casos ha atendido Casa Matria, un espacio creado para empoderar y sensibilizar a las mujeres, entre enero y febrero.
  • 4 feminicidios se han cometido en Cali durante 2020, según la Fiscalía.
  • 155 es la línea de orientación a mujeres víctimas de violencia.

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