‘Son de mi gente’, la fundación que le arrebata niños a las pandillas con arte y cultura

En Marroquín II, uno de los barrios más peligrosos del oriente de Cali, una fundación trabaja por el futuro de los más pequeños. Crónica de un puñado de sueños trabajados con las uñas.

Por Heinar Ortiz Cortés

El salón es pequeño. En la pared a la izquierda de la entrada, una puerta metálica que se abre en dos, hay un espejo grande adornado con calcomanías, que hace ver más amplio el espacio. Al lado hay un mensaje impreso en una página. “No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”, dice.

Entre la puerta y el espejo, en la esquina a la izquierda, hay una pequeña mesa blanca en la que hay un computador negro desde donde sale la música. En Youtube se reproduce una canción de salsa shoke que retumba en el lugar.

“Siento piquiña en el cuerpo / siento piquiña en los pies /siento piquiña en el cuerpo / kukara makara títere fue / y la arrechera se me sube a la cabeza / y la arrechera se me baja a los pies”.

Un grupo de 25 niños y niñas de no más de 10 años intenta cogerle el paso a una muchachita de unos 14 años que hace de instructora, una morenita que todavía tiene puesto su uniforme de educación física del colegio.

El piso es de baldosa de cemento, en el techo hay algunas lámparas de luz tungsteno y al otro lado, a la derecha de la entrada, frente al espejo, hay un montón de cosas entre las que sobresalen un televisor noventero de 24 pulgadas, una pila de sillas de plástico y un asador.

También ahí, a la derecha de la puerta, no hay pared. En vez de eso hay una reja y una cortina metálica enrollable, como si se tratase de una tienda o un local de ropa. La diferencia es que ahí, en esa esquina del barrio Marroquín II, en pleno corazón del Distrito de Aguablanca, donde funciona la fundación ‘Son de mi gente’, no se vende nada.

Ahí se enseña a bailar, a cantar, a actuar. Se muestra un camino diferente. Se enseña a soñar.

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A la cuadra donde queda en la esquina la fundación ‘Son de mi gente’, antes, hace poco más de tres años, le decían la Franja de Gaza.

“Los niños del sector de allá -señala John Jairo hacia Marroquín I- no podían comunicarse con los del sector de acá, por el mismo conflicto que había entre varias pandillas. Todavía hay pandillas, pero los niveles de violencia han bajado. La estrategia de nosotros fue traer a los niños de allá, los de acá y los del otro lado”, dice el hombre apuntando hacia la Avenida Ciudad de Cali, donde pasando queda el sector conocido como La Paz.

“Lo que hicimos fue traer a los hijos y los hermanitos de los muchachos que andaban en dinámicas violentas. Y como ellos sabían que sus seres queridos estaban acá, entonces dejaron de dar bala por este sector. Si bajamos la cortina metálica se pueden ver los impactos de bala de cuando ellos se enfrentaban acá”, cuenta John Jairo mirando hacia la sala donde bailan los niños.

“Después de que pusimos la fundación, hace tres años, acá no se ha presentado ningún enfrentamiento. Aquí, que antes le decían la Franja de Gaza”, enfatiza el hombre, sentado en su silla de ruedas.

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En 2001, cuando tenía 26 años, la vida de John Jairo Murillo se partió en dos. Los pelados de ‘La Gallera’, una pandilla de otro sector del Distrito, intentaron robarlo y en el hecho le pegaron un tiro en la espalda. La bala causó un daño irreversible en su columna y lo condenó a vivir desde entonces sentado en una silla de ruedas.

“Cuando mi vida estaba funcionando de la mejor manera, me pagaron el tiro”, dice. En ese momento, a inicios del 2001, John Jairo trabajaba en una reconocida empresa de telecomunicaciones y tecnología de la región y además estudiaba Ingeniería de Sistemas. También, según cuenta, era “enamorador y bailarín”.

“En la vida siempre hay dos opciones: de hacer las cosas por lo correcto o tomar el mal camino. Cuando dicen que voy a quedar inválido, mis hermanos empiezan como a buscar la manera de buscar venganza, pero entonces yo pienso y les digo que no, que no quiero que eso que me pasó a mi le pase a nadie más”, cuenta el hombre.

Desde ese mismo momento decidió tomar las banderas para ser mediador y frenar la violencia que tenía en jaque a los vecinos de Marroquín II. “En 2003 logramos reunir a 150 pandilleros y comenzar a resocializarlos con ayuda de varias fundaciones. Ahí me di cuenta que el camino era por ahí”.

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Desde hace tres años, John Jairo y su esposa Nancy decidieron vender los muebles de su casa para convertir la salacomedor en el salón para que los profesores y niños de la fundación tuvieran dónde ensayar siempre. Por el lugar ya han pasado más de 800 menores.

La idea de ‘Son de mi gente’ es llegarles a los niños de la comuna 14 desde antes que tengan edad para que ser visibles a los ojos de la violencia. Antes de que las pandillas y las bandas delincuenciales sean sus opciones de vida.

“Antes de que lleguen al conflicto, mostrarles a los niños que sí hay otras posibilidades. Que hay otro mundo, que se pueden hacer cosas diferentes. Los pelados de por acá no son culpables de nacer en medio de dinámicas violentas. Este sector de la ciudad no ofrece otras cosas, entonces si no hay nada más qué hacer, los muchachos terminan haciendo lo mismo que ven en la calle”, explica Murillo.

La muchachita del uniforme de educación física dirige adentro los estiramientos posteriores al ensayo. Entre gritos, los niños se ayudan unos a otros a alcanzar con la cabeza sus pies, cruzados y apoyados sobre el suelo.

“Estos muchachos se sienten unos artistas. Cuando se suben a una tarima y hay 2000 personas que los aplauden, a ellos les cambia completamente el chip. Yo les digo: “ustedes son unos artistas y tienen que portarse como tal”. Ya ellos saben que si trabajan correctamente, pueden tener una vida mucho mejor que la que tienen la mayoría de los muchachos del Distrito de Aguablanca”, explica John Jairo.


SI QUIERE APOYAR LA FUNDACIÓN ‘SON DE MI GENTE’ PUEDE COMUNICARSE CON JOHN JAIRO MURILLO AL CELULAR 3165500090 O ESCRIBIENDO AL CORREO fundacionsondemigente@gmail.com


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