La mujer que escapó del ‘Monstruo de la Motocicleta’, violador en serie de Cali

Una comunicadora social de Cali denunció mediante una carta abierta el intento de agresión sexual del que pudo escapar, con el ánimo de alentar a las víctimas del violador a denunciar sus respectivos casos.

Por PUBLIMETRO

La noticia de la captura del violador en serie llamado ‘el Monstruo de la Motocicleta’, quien habría abusado de unas 50 mujeres en Cali, sigue causando conmoción. Este jueves se conoció el relato de Sandra Rojas, una comunicadora social que trabaja en una reconocida emisora de la ciudad, quien contó con detalle cómo se salvó de ser una víctima más del agresor sexual.

Con consentimiento de la mujer, Publimetro reproduce a continuación el texto que narra la historia de cómo Rojas se le escapó al ‘Monstruo de la Motocicleta’ y la impotencia que sintió cuando acudió a denunciar el hecho ante las autoridades.

“El 3 de noviembre de 2015, en medios de comunicación de Cali, apareció la noticia de la captura del que llamaron ‘el Monstruo de la Motocicleta’. Titular que he esperado durante casi dos años. Este hombre, llamado así por ser el presunto violador de más de 50 mujeres en Cali, fue también parte de uno de los episodios más horribles y pesados de mi vida.

El domingo 16 de febrero de 2014, cerca de las 2 de la tarde, salí de mi apartamento a resolver un inconveniente en mi trabajo. Pocos minutos después regresé a pie, pero justo unos pasos antes de entrar a mi edificio, un tipo que iba en motocicleta se bajó de su vehículo y me rodeó con su cuerpo dejándome sin ninguna posibilidad de moverme mientras me punzaba con un cuchillo en el abdomen. Lo primero que dijo, en voz baja, muy cerca de mi oído, fue: “no se le ocurra gritar ni correr. Si lo hace, la abro y la dejo morir aquí”.

Por un momento no entendí qué estaba pasando. Lo único que pude pensar fue que no tenía nada de valor que me pudiera quitar. Solo llevaba las llaves de mi casa, no tenía ni siquiera el teléfono celular conmigo, ni un bolso, nada que pudiera querer un ladrón común. Así que era obvio, aún en ese momento, que su interés no era robarme.

Aprisionada por sus brazos, por el volumen de su cuerpo y por el tono en el que se expresaba -ansioso e insistente-, me fue evidente que no buscaba quitarme nada. Luego de esa primera frase, me exigió que corroborara lo que me pedía. Me dijo: “dígame que no va a gritar ni a hacer algo que me obligue a hacerle daño”. En medio del miedo y de la confusión, me vi obligada a repetirlo tal cual él me lo pedía. Aunque estaba asustada, en situaciones de riesgo, suelo quedarme paralizada y no demostrar el miedo con lágrimas ni con inestabilidad. Tengo la fortuna de ser capaz de pensar con claridad a fin de procurarme un espacio para poder escapar.

Seguido a la confirmación de que yo no haría nada que me pusiera en riesgo, aún sin que me soltara y de pie frente a la puerta de mi edificio, me dijo: “abra rápido la puerta. Recuerde que somos amigos y entremos juntos a su casa”. Casi de inmediato mi cerebro reaccionó y le respondí que no vivía ahí, que esa no era mi casa. El tipo me abrazó más fuerte y me llevó unos pasos en dirección al norte, hacia una casa vecina que tiene un antejardín grande y donde algunos árboles tapan la visibilidad desde la acera. Me tiró al piso entre los arboles junto a una tapia de cemento de no más de 20 centímetros y comenzó a desabrochar su pantalón, después de meter el cuchillo con el que me amenazaba en su bolsillo.

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Supe que sin la amenaza latente del cuchillo era el momento menos riesgoso para actuar. Lo empujé con las manos, me levanté y empecé a correr. Sin embargo, él alcanzó a agarrarme por la pierna y me lanzó de nuevo al suelo. De inmediato, me levanté con intenciones de emprender otra vez la carrera, pero me volvió a sujetar. En la caída me había herido de consideración en el brazo, la cadera, la rodilla y la pierna, al golpearme con la tapia de cemento. Ahí empecé a gritar, a gritar mucho, como nunca lo había hecho. El tipo se asustó y salió corriendo para tomar su motocicleta que había dejado estacionada frente a mi edificio.

Ustedes se preguntarán qué pasaba con el celador. El problema era que yo llevaba muy poco viviendo en Cali y estaba recién pasada a ese edificio. Así que el vigilante, aunque vio el momento en el que el tipo me atrapó, no me conocía y no creyó que estaba siendo atacada sino, quizá, que el tipo ese era un amigo.

Luego de que el tipo me dejará ahí y huyera en su moto, salí a la Calle Quinta a buscar ayuda, pero nadie me la brindó. Y no los culpo, solo era una mujer ensangrentada gritando e intentando parar el tráfico. Una escena muy común en los semáforos de la ciudad y ante la cual casi ninguna persona se atreve a detenerse para a prestar ayuda, por miedo a que también ellos sean víctimas de algún robo o de un ataque.

En cuestión de segundos llegó la policía y el Ejército del Batallón que hay cerca de ese lugar. Para mi sorpresa, el tipo que me atacó seguía subido en su moto, estacionado en la esquina, mirando mis intentos por buscar ayuda. Estaba ahí, sentado sobre su moto, disfrutando el espectáculo: un psicópata completo.

Minutos después, cuando pude reaccionar y señalarlo, arrancó en su moto y se escapó. Salimos a perseguirlo en varias motos de la policía y gente que quiso unirse a la búsqueda. Pero el tipo, manejando a toda velocidad, logró evadirnos y no pudimos encontrarlo.

En ese momento, no pude hacer la denuncia por falta de “pruebas”, según dijeron los policías. Como no me había violado, en términos de acceso carnal violento, es decir, como no me había obligado a ningún acto sexual contra mi voluntad, los policías aseguraron que no era posible entablar una demanda porque no había existido violación. O sea, parece ser, que solo existe violación si el contacto y la agresión se reducen a lo físico-genital, y no al gesto violento de amedrentarme con la intención de que yo, buscando proteger mi vida, subyugada por la fuerza, accediera a sus intenciones, fueran las que fueran luego de que no consiguiera meterme a mi apartamento para violarme, pero que obviamente sí estaban en el rango de alguna exigencia sexual. Según los policías, sin registro en cámaras de seguridad y sin violación, como tal, no se podía hacer absolutamente nada.

Ayer (este martes), me enteré de que el tipo ha sido capturado. Lo primero que se me ocurrió es que (no por desconfianza en el sistema judicial del país, sino más por los precedentes donde a muchos delincuentes se les deja libres por falta de denuncias) el tipo podría quedar libre muy fácilmente y volver a hacerle lo mismo a otra mujer como ya se lo hizo a más de 50, según dicen las autoridades. Si bien, el momento del ataque es una experiencia aterradora, la sensación que se tiene luego de ese momento es mucho más incapacitante.

Por varios meses después tuve miedo de salir a la calle. Compré un gas pimienta en spray y no salía de mi apartamento sino solo hacia mi trabajo y siempre pidiéndole a algún compañero que me recogiera en su carro o que me acompañara de ida y de regreso. No puedo imaginar cómo ha de ser la sensación que tiene una mujer que sí fue violada. Yo corrí con la suerte de poder librarme del ataque completo, pero a muchas mujeres no les pasó igual.

Sé que para muchos puede parecer tonto que yo cuente una historia respecto a un violador que no me violó. Sin embargo, sé que muchas mujeres que puedan estar leyendo este texto, entenderán que más allá de haber sido penetrada o no, el ataque y su intención son también eventos que dañan y que, como ya lo dije, afectan la tranquilidad de habitar una ciudad.

Si hoy accedo, aún en contra de mi seguridad, a contar esto y a rotarlo por redes sociales es porque yo, aun cuando los policías digan que no puedo poner una denuncia por un ataque sin pruebas y que como la violación no fue consumada, haré todo lo que esté en mis capacidades para poner la denuncia contra ese hombre que intentó violarme. Espero con este texto animar a las mujeres, que sí lo fueron, a poner la denuncia aun cuando las autoridades les digan que no hay pruebas suficientes. Solo con esas denuncias se podrá lograr que este tipo no quede otra vez en libertad.

Estoy segura de que el hombre que me atacó es ese que fue capturado. Reconocí su casco, su moto y el cuchillo que usó para amenazarme. Y si yo, que no fui violada, haré lo posible por denunciar y llevar el proceso hasta donde me sea posible, creo que aquellas que sí lo fueron tienen más argumentos para también emprender una demanda contra ese tipo y así lograr que pase el mayor tiempo posible en la cárcel. Los violadores no se reforman y si ese tipo sale, seguramente, lo volverá a hacer”.

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