Una cocina donde se cuenta la migración venezolana a la luz del fogón en Barranquilla

Trabajo periodístico desarrollado dentro del marco del proyecto 10 HistoriAs MigrAntes creado por Chicas Poderosas. Diez historias que cuentan un viaje, varios viajes, partiendo desde América Latina hacia diferentes destinos y experiencias.

Por Lina Robles

Este reportaje fue realizado y publicado como parte del proyecto 10 HistoriAs Migrantes realizado por Chicas Poderosas, la comunidad global que promueve el liderazgo femenino en medios y genera oportunidades para que más voces sean escuchadas. Más información en chicaspoderosas.org.

Este proyecto fue realizado gracias al apoyo de Google News Initiative, Swedish International Development Cooperation Agency (SIDA), Meedan y Check. Para ver todas las #HistoriAsMigrAntes, visita bit.ly/historiasmigrantes

El sonido de los cuchillos contra la madera de las tablas de picar comienza puntual todos los jueves a las 11 am. Ya las colombianas Sandra Milena Vesga y su madre Carlina Sánchez han decidido junto a la venezolana Maicler Fuentes cuál será el menú de la cena en el comedor del barrio Simón Bolívar en la ciudad de Barranquilla, en el norte de Colombia.

“En el comedor recibíamos primero, hace tres años, entre 12 a 14 habitantes de la calle, pero al ver el éxodo venezolano, se fueron cediendo los cupos para que atendiéramos primero a 21 venezolanos. Hoy llegamos a entregar más de 80 cenas los jueves”, cuenta Sandra, quien antes de coordinar el comedor era oficinista en un banco local. Hoy Sandra es una de las incansables lideresas de este espacio creado por la organización civil Venezolanos en Barranquilla. Sandra, con su dulzura, atiende con preocupación a los niños que llegan con sus padres, y está pendiente de todos los detalles. “Qué pena si hoy estoy regañona”, agrega afanada mientras se ocupa de todos por igual.

Ese día prepararán una cena básica de arroz con sardinas, papas cocidas y papaya picada que será acompañada con una bebida dulce de panela. Desde el nacimiento del comedor, Sandra ha prestado la pequeña cocina de su casa para preparar los alimentos, y varias mujeres migrantes venezolanas se han unido poco a poco para acompañarla en esta hermandad de colaboración social para tender la mano a los recién llegados.

Después de preparada la cena, juntas, contratan un bicitaxi – unos vehículos de tracción humana, mezcla de un taxi con una bicicleta –  para llevar las porciones y el termo con la bebida hasta la plaza de la Iglesia Santa Marta donde tiene sede el comedor, a pocas cuadras del lugar.

El área de labores de la casa de Sandra está junto al patio, que esa mañana hierve del calor y una humedad solo apaciguada por corrientes de aire de un ventilador que atraviesan los calados del pequeño espacio, donde se cocina la esperanza.

“Estamos solicitando una ayuda porque la estufa está ya en muy malas condiciones. Se está cayendo poco a poco”, dice Sandra mientras mueve la destartalada cocina a gas, y se puede verificar que realmente solo se mantiene en pie gracias a unas tablas improvisadas. El comedor está a la espera de que la estufa sea renovada con alguna donación que reciban este semestre.

Quien lidera las labores de la cena es Carlina, una mujer de cabello corto, canoso y portadora de una sonrisa que rara vez borra de su rostro. Aunque sufre algunos problemas de movilidad en su cuerpo, estos no le impiden ponerse al frente del fogón. Es la mayor de las tres cocineras, y todas consideran que tiene la mejor sazón del grupo. También es quien entona boleros con letras que cuentan historias de amores contrariados, versos que de vez en cuando le hacen soltar más de una lágrima a Maicler, quien apenas recuerda el hogar que dejó atrás en Venezuela e inevitablemente evoca la nostalgia.

“Mi hija, la mayor, finalmente llega a fin de mes, porque yo me vine con mi hija menor y con mi esposo. Pero mi padre y los más viejos no pueden venir porque ya están muy mayores,” dice Maicler. “Venezuela se ha llenado de veredas y pueblos fantasmas. Todos los jóvenes y niños se han ido. De las veinte casas de familia que habían en el poblado de mi papá, solo quedan cinco habitadas por los ancianos en Aragua”, en el centro norte de Venezuela, cuenta Maicler, quien en sus “buenos tiempos”, según dice ella, se dedicaba a ser modista profesional y repostera. Su personalidad desprende un aura de cariño; es alta, robusta, tiene el cabello color café y largo hasta por debajo de los hombros, sus ojos tienen forma almendrada y le gusta lucir ropa en los coloridos tonos del trópico.

Colombia es el principal país en número de arribos de personas venezolanas, por ser vecino de Venezuela y porque se ha convertido en una zona de tránsito para quienes se dirigen a otros países sudamericanos, donde buscarán empezar una nueva vida. De acuerdo a cifras del ACNUR, a Colombia han llegado 1.447.171 personas venezolanas refugiadas y migrantes, hasta el 2 de septiembre de 2019; de estas el 48% se encuentra con estatus migratorio irregular.

Hasta agosto de 2019 El Atlántico, donde se encuentra la ciudad de Barranquilla, es el cuarto departamento no fronterizo con más venezolanos en el país. El 9% de todos los venezolanos en el país viven en ese lugar, según cifras de Migración Colombia. Solamente Barranquilla, la capital, alberga a 89.823 migrantes Venezuela.

Pabellón criollo, a lo colombiano

De vez en cuando preparan el famoso pabellón criollo, un plato tradicional de Venezuela, reconocido como el menú nacional por excelencia, pero al estilo colombiano. La comida, como las personas, también cambia con la migración; a veces por necesidad.

“Acá lo hacemos con unos frijoles negros que comenzamos a encontrar en algunas tiendas locales hace poco, porque antes no había,” señala Maicler. “Le ponemos su arroz blanco cocido, carne desmechada y tajadas de plátano maduro frito”.

Maicler llegó hace tres años a Barranquilla junto a su esposo Carlos y su hija Karla de seis años. Fue por ella que se vieron forzados a dejar su hogar. A los cuatro años a Karla le detectaron un pequeño soplo en el corazón. A medida que se fue agudizando la situación en Venezuela, los médicos se fueron yendo del país, entre ellos, muchos cardiólogos infantiles. “Allá hay médicos generales, enfermeras y atención”, no hay especialistas cuenta, y “no hay medicinas, no hay suero, no hay ni gasa para vendajes y todo se puso peor”.  La Organización Panamericana de la Salud “indicó en julio de 2018 que 22.000, o cerca de un tercio, de los 66.138 médicos que estaban registrados en 2014 ya se habían ido de Venezuela con la profundización de la crisis, muchos otros se han ido desde entonces,” según el informe de Human Rights Watch “La emergencia humanitaria en Venezuela” publicado el 4 abril de 2019.

Mientras Sandra y Carlina comienzan a freír el guiso para el arroz de la cena, los olores inundan la pequeña cocina de estas mujeres. El ajo, la cebolla y la zanahoria se tuestan a fuego lento generando el sonido de su propia fritura.

Cuando le preguntan a Maicler sobre el éxodo de su pueblo, la mujer revisa su celular y contesta aterrada, leyendo un mensaje que le enviaron sus familiares desde Venezuela. “Volvió a subir la harina. Una libra de harina para arepas cuesta la mitad de un sueldo mínimo, por eso todos se van”. Explica que quienes no están “enchufados” o con conexiones o trabajo en el Gobierno, no tienen oportunidad de sobrevivir en la Venezuela actual.

“Si en una familia están “enchufados” tres o cuatro personas, ellos reciben bonos y mercados del Estado, entonces van cobrando los bonos en el mes y así la familia puede sobrevivir. Pero, ¿y qué hay del resto que se quedó sin sustento después del bloqueo? ¿Cómo sobreviven?”, se pregunta Maicler. El gobierno de Estados Unidos en agosto de este año decidió congelar los bienes del gobierno de Venezuela en ese país, una medida que fue calificada de “terrorismo económico” por el gobierno venezolano que atribuye la escasez de alimentos a esta medida.

La historia de Maicler

Las manos de Maicler conocieron desde muy temprana edad el trabajo artesanal. De su abuela aprendió la costura con una vieja máquina Singer, y se enamoró del oficio. Dejó el liceo siendo muy joven para dedicarse de lleno a su vocación. Hizo incontables cursos de modistería, y hasta tuvo la oportunidad de perfeccionar su trabajo con un diseñador de alta costura colombiano, que estuvo de visita en Aragua.

“Aprendí todo lo que debía conocer para hacer ropa informal y de etiqueta”, recuerda con ojos iluminados. De los “buenos tiempos”, como repite, aún guarda en su celular las fotos del catálogo de sus productos. A medida que su negocio fue prosperando en La Victoria, en Aragua, compró una máquina plana con la que hacía todo tipo de trabajos y hasta una gran variedad de bolsos estampados y calzado para damas y caballeros.

“Les hacía el conjunto completo a mis clientas, desde la ropa hasta los bolsos, las billeteras y todo lo que me pedían. Ellas se iban muy felices”. Pero con la crisis y la subida de los precios todo cambió para esta emprendedora. “Ya no se encontraba ni el hilo, ya no había cuerina para los bolsos ni la pega (goma) para los zapatos y todo se puso carísimo. No se conseguía nada para trabajar. Antes de venirme tuve que botar a la basura un costal completo de suelas de zapatos que se dañaron, porque no tenía pega para hacerlos”, lamenta Maicler.

Mientras tanto la salud de su hija más pequeña no mejoraba. Maicler no se cansaba de encomendarla a Jesús Nazareno vistiéndola con la túnica morada y corona de espinas en la procesión del Viernes Santo, según cuenta. En Venezuela lograron practicarle una primera intervención a su corazón. El médico que la atendía solo atinó a decirle entre lágrimas a sus padres que se había tratado de un “milagro” que Karla sobreviviera porque la operación fue muy riesgosa.

En 2016 para que Karla pudiera recibir la atención de un cardiólogo pediátrico tenían que viajar una hora hasta Caracas para ver si podían acceder a una cita o a un electrocardiograma, que además de escasos eran muy costosos. “En mi interior sabía que Karla no tendría una oportunidad de vida en Venezuela, entonces en un arrebato de desesperación vendí mi máquina plana y junto con mi esposo y la niña viajamos tres días seguidos en bus hasta Barranquilla”, rememora.

Maicler llegó al comedor junto a su familia a través del boca a boca de otros venezolanos. Así, poco a poco, van llegando los migrantes a la cita de los jueves en la plaza de la iglesia Santa Marta. Allí, comenzaron a buscar una solución para la afección de salud de Karla con la ayuda de la comunidad de Venezolanos en Barranquilla, a quienes encontraron en el comedor. Los contactaron con el periodista Jorge Cura y su programa de radio local, Atlántico en Noticias, donde dieron a conocer el caso de la niña. Una doctora cardióloga infantil en la Clínica General del Norte escuchó el programa, y se ofreció a atender a Karla todo el tiempo que fuera necesario.

De a poco y con esa prioridad resuelta, la familia se fue asentando en Barranquilla. Pudieron acceder a una casa en arriendo, sin embargo no han logrado aún hallar un cupo de colegio público para Karla en el Distrito. Dice que se han sentido discriminados en diversos colegios a donde han acudido. “Nos hemos sentido señalados por ser venezolanos y nos han dicho en dos colegios que los cupos son para los colombianos, no para nosotros, y eso es triste,” cuenta Maicler. “Guardamos la esperanza de poder hallar un colegio el próximo año. Estamos buscando ayuda”.

Carlos, el esposo de Maicler, comenzó un negocio de carpintería con el cual sueña poder brindar un mejor futuro a su familia. En las fotos que muestra Maicler en su celular, se puede ver el detallismo de su marido para trabajar la madera y crear muebles de cocina. Al principio algunos clientes querían pagarle muy poco por su trabajo, solo por ser venezolano. “Le querían pagar menos de la mitad de lo cuesta hacer una puerta en el mercado local y eso era muy injusto”, reitera Maicler. Actualmente trabaja junto a un carpintero colombiano, tratando de cobrar los precios justos en el mercado por su labor.

También de a poco, los venezolanos en Colombia van adaptándose e integrándose a su nuevo hogar. En agosto, el gobierno colombiano anunció su decisión de nacionalizar a los niños de padres venezolanos que nacieron en el territorio colombiano desde agosto de 2015; un total de 24.000 niños y niñas que hasta ahora no contaban con nacionalidad alguna al no poder volver a Venezuela para ser registrados. Esta medida también facilita la llegada de familias venezolanas, cuyos hijos ya nacerán con nacionalidad colombiana.

En el comedor las mujeres celebraron el anuncio. Maicler siente que es una buena noticia para sus compatriotas, que el Gobierno colombiano garantice la nacionalidad de los más pequeños, permitirá que estos puedan regresar y salir de nuevo de Venezuela sin necesidad del permiso del gobierno.

Compartir la nostalgia

Maicler revisa el arroz esperando que abra, esté en su punto y no se queme en el caldero. Por turnos, alza la tapa de la olla para estar pendiente de la cocción. “No puede quedar duro porque no se puede comer así. No hay nada más feo que un arroz sin reventar”, señala.

Ya cuando el arroz está listo, las cocineras lo sirven en porciones que colocan en más de 80 contenedores desechables en la mesa del comedor. Reparten las raciones y tienen listo un termo con hielo portátil para las bebidas. Todos los jueves contratan dos bicitaxis que recogen las bolsas con la cena caliente y la llevan hasta la plazoleta de la iglesia. Allí, luego de una oración del párroco, la comida es repartida a los comensales que algunas noches llegan a ser más de cien; la mayoría provenientes de Venezuela.

En el barrio Simón Bolívar todos han aprendido el valor de la cooperación. Existen varios restaurantes que ofrecen al final de las tardes raciones de alimentos a los recién llegados y panaderías que venden productos a bajos costos. “Nos hemos sentido acogidos en Colombia con la ayuda de otros venezolanos y de los colombianos”, concluye Maicler. “Con ese apoyo hemos podido reconstruir un hogar lejos de casa, pero pensando también en los que van llegando en el camino.”

La frase: “Si en una familia están “enchufados” tres o cuatro personas, ellos reciben bonos y mercados del Estado, entonces van cobrando los bonos en el mes y así la familia puede sobrevivir. Pero, ¿y qué hay del resto que se quedó sin sustento después del bloqueo? ¿Cómo sobreviven?”, Maicler Fuentes, migrante venezolana.

La cifra:  De acuerdo a cifras del ACNUR, a Colombia han llegado 1.447.171 personas venezolanas refugiadas y migrantes, hasta el 2 de septiembre de 2019; de estas el 48% se encuentra con estatus migratorio irregular.

Receta de pabellón venezolano a lo colombiano

Ingredientes 6 raciones

1/2 kg caraotas negras o fríjoles negros, lentejas o fríjoles rojos depende de lo que se encuentre en las tiendas de abasto local. No hay muchas caraotas en Barranquilla.

2 cebollas medianas

6 ajíes dulces verdes y rojos

1 cabeza ajo

1/2 cucharadita de pimienta negra

1/2 cucharadita de orégano molido

1 tallo cebollín

1 cda azúcar

1/2 kg falda de res o muchacho redondo. En Colombia a veces se reemplaza la proteína con carne molida.

1 1/2 tazas arroz

Sal a gusto

1/2 taza aceite onotado

2 plátanos maduros

El pabellón se compone de cuatro preparaciones por separado, que reúnen la carne desmechada, el arroz, los granos y las tajadas de plátano. En una olla se coloca agua suficiente para cubrir la carne, corte especial para desmechar, un poco de sal, cebolla y ajo. Se pone a fuego medio a hervir de 2 a 4 horas para que la carne se ablande. Deje enfriar la carne y con calma la deshilacha poco a poco. En un sartén fría un sofrito de cebolla, pimentón, ají dulce, cilantro y tomates. Añade sal y especias al gusto,  como adobo se aconseja comino, laurel o pimienta, dejar guisar durante 30 minutos, hasta que la carne esté jugosa.

‍Las caraotas

‍Los granos, que pueden ser sustituidos por otros, según la temporada, se dejan durante 24 horas o una noche reposar en agua. Luego se sacan las caraotas del agua, se lavan, se colocan a hervir con un pedazo de cebolla y el ají sin semillas. Deja cocinar a fuego alto, de ser necesario agrega más agua, preferiblemente agua caliente, y cuando estén blandas baja el fuego. En un sartén prepara el sofrito de la misma manera que se hizo con la carne, para agregarlo a la olla. Se va chequeando la sal y los condimentos hasta que el caldo espese.

El arroz

‍En un sartén precalienta el aceite, con un trozo de pimentón o de ají dulce, agrega el arroz y mueve para aceitar todos los granos. Se agrega agua y sal al gusto y se sube el fuego hasta que hierva para tapar. Luego de que haya hervido baja el fuego hasta que esté seco y se apaga. Deja tapado para que el vapor termine la cocción del arroz.

Las tajadas

‍Calienta el aceite en el sartén. Pela y corta los plátanos amarillos en tajadas. Agrega las tajadas en el aceite caliente para freírlas, y voltea cuando se haya dorado cada lado.

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