Julio Cortázar tuvo que borrar la frase con borrador y jugo de limón. La niña de trenzas negras lo denunció ante la profesora y la profesora lo amenazó de muerte, sintió él. Tenía nueve años y había escrito una frase de amor en el pupitre de ella, la misma con la que había salido a caminar varias noches, en la imaginación. La misma niña a la que le suplicó que no lo denunciara ante su mamá. 

Julio Cortázar se llamaba también Florencio. No era de Banfield, como sus compañeros de clase. "Nací en Bruselas en agosto de 1914 (26, 3:00 de la tarde). Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico. Mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde). Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia (...) Me tocó nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la Primera Guerra Mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de él me quedó la manera de pronunciar la "r" que nunca pude quitarme". 

Tampoco pudo quitarse la cara de niño, que él llamaba incorregible, aunque la barba le ayudó un poco. Solo un poco. 

Fue un niño, incluso cuando ya estaba grande. Por lo menos para imaginar. Por lo menos para no aceptar las cosas como las decían. A él, lo explicó y lo retomó Mario Goloboff en La biografía, no le bastaba que le dijeran que eso era una mesa o un libro. Para él, con el objeto empezaba un intinerario misterioso. "En suma: desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas". 

Incluso a Elena Poniatowska, la escritora, le contó que él fue un animalito metafísico desde los seis o siete años, porque era distraído. "Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía mucho interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas y no las dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño, me atrajo la literatura fantástica". 

Julio Verne fue su primera gran influencia. La segunda fue Édgar Allan Poe, que leyó clandestinamente. Estaba pequeño para leerlo, pensaba su mamá. Poe le mostró el mundo de lo fantástico y que la realidad no es tan sencilla como la explican, sino que hay otras cosas. 

Era, antes de todo, un lector. Aprendió a leer cuando tenía dos años y medio y fue a leerle a su mamá, relata Gustavo Arango en su libro Un tal Cortázar, los titulares. Ella se asustó y lo llevó al médico. Era pequeño y precoz para leer. Le pareció peligroso. 

La lectura, a ese ritmo, lo llevó a la escritura. Se le hizo más fácil. "Es lógico entonces que a los nueve años haya escrito una novela que tenía algo así como treinta páginas, que mi madre guardó y nunca me la quiso dar por temor a que yo la quemara". 

La lectura lo hizo erudito, desde muy joven. Leía en inglés, en francés, en español. La lectura le quitó, no obstante, precisa Gustavo, algo que descubrió después, que también era importante, la experiencia vital. 

La muerte 
Cortázar fue, también desde muy joven, un hombre de otro mundo, pero también un hombre que usaba anteojos. 

"Todos al ir llegando a edades críticas empezamos a sentir diversos achaques, casi nunca graves, pero que molestan y que es necesario cuidar. Por mi parte tendré que someterme al uso de anteojos, porque ya no veo bien a la distancia (para leer, hace casi veinte años que los uso)": Carta a la hermana, en 1979, 65 años. Cinco años antes de morir. 

Las mujeres se derretían por él. Eran los ojos, le dijo Aurora Bernárdez, la que fue su esposa muchos años, al escritor de Un tal Cortázar. "Estaba hecho con los ojos". También de otras cosas, que a ella la sorprendieron. En uno de sus primeros viajes a Europa, el escritor tenía una preocupación. Llevar un botiquín. "Para mí ese era un componente insólito en un equipaje. Nunca se me había ocurrido pensar en su necesidad y creía que, si hubiéramos llegado a enfermarnos, lo solucionaríamos en el lugar. Para él, en cambio, se trataba de una previsión indispensable", cuenta Goloboff en su biografía sobre el escritor. 

Era un hombre de aquí, de todas maneras, aunque viviera, perpetuamente, en las nubes. 

Doce de febrero, 1984. Cortázar tenía leucemia (coinciden algunos). El sábado visitó el último lugar, La biblioteca de Arsenal —se lee en Un tal Cortázar. Fue antes de llegar al hospital. Antes de no poder poner un pie en ella, porque no tenía fuerzas para ir a mirar. Aurora miró por él. "Había empezado a morirse —escribe Gustavo— con la muerte de Carol (su último amor)". Era cuestión de tiempo. A las 10:00 de la mañana del domingo preguntó la hora. 

Sabía de la muerte. "Precisamente porque en el fondo soy alguien muy optimista y muy vital, es decir alguien que cree profundamente en la vida, la noción de muerte es también muy fuerte en mí (...) —en Cortázar de la A a la Z—. Para mí la muerte es un escándalo. Es el gran escándalo. Es el verdadero escándalo. Yo creo que no deberíamos morir y que la única ventaja que los animales tienen sobre nosotros es que ellos ignoran la muerte (...)". 

Domingo. Día de invierno, pero soleado. Hace 30 años, Julio Florencio dijo lo último que iba a decir: "Que me den un calmante". A Buenos Aires, mientras tanto, la invadían las mariposas. Los científicos explicaron que era una oleada de calor, pero nunca ha vuelto a pasar. Cortázar hubiera dicho que era una causalidad. 

LA MICROHISTORIA 
 
TODAVÍA SE LEE Y SE PUBLICA 
Se han publicado más libros de Cortázar ahora que está muerto, que cuando estuvo vivo. El más reciente, suyo, es Clases de literatura, que reúne las charlas que en 1980 dictó el escritor en la Universidad de Berkeley. El año pasado Alfaguara reeditó Rayuela, porque llegó a los 50 años de ser publicada. Hace poco presentaron Cortázar de la A a la Z, álbum biográfico con imágenes y textos del autor.
 
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