Decía mi abuela: “Quien no ha visto a Di-s, cuando lo ve, se asusta”, y aunque era un refrán que le gustaba usar para referirse a aquellas personas que tras un pequeño éxito se dedican a aparentar y no a trabajar para hacer duradero ese resultado, por estos días, cuando se habla tanto de paz en Colombia, creo que encaja perfecto.

Cada quien tiene derecho a tener una opinión sobre lo que le gusta y lo que no, lo que apoya y aquello a lo que se opone, sin embargo las personas suelen olvidar que existe una diferencia muy grande entre tener derecho a opinar y tener derecho a juzgar, ya que creen que por tener una opinión son dueñas de la verdad absoluta, y con esto se vuelven opositoras de todo lo que les resulta diferente a lo que creen –sí, lo que creen, porque muchas veces no piensan– hasta llegar a un punto en que su opinión deja de ser una defensa de algo para convertirse en un ataque tan fuerte que muchos olvidan qué era lo que estaban defendiendo y pelean solo por pelear.

Y así hemos vivido –no solo en Colombia, sino prácticamente toda la humanidad, para ser justos– generación tras generación, negándonos a cambiar y obligándonos a pensar que vivir a medias, con una vida incompleta, amargados, peleando con otros y de mal genio es lo normal. Tal vez sea porque resulta más fácil atacar a otro que tratar de entender su posición, y es eso precisamente lo que hacemos, suponer o asumir, olvidando ese curioso método llamado “preguntar”.

En general vivimos de mal genio, inconformes con lo que es nuestra vida pero sin una idea clara de lo que queremos para nuestra vida, culpando todo lo que nos rodea sin mover un pelo para cambiarlo, queriendo que todo cambie pero sin que nos toque cambiar en lo absoluto.

Cuando recuerdo la frase de mi abuela, pienso que no nos puede asustar ser felices, vivir tranquilos y en paz, estar mejor. Y sea cual sea el contexto de ese cambio, de seguro no será fácil y tendrá un tiempo necesario de adaptación y ajustes, pero precisamente se trata de eso, ¡de estar mejor! Me niego a creer que tengamos que vivir condenados a la desdicha y a la amargura simplemente porque nos asusta lo que pueda pasar si corremos el riesgo de vivir tranquilos, en paz y estar mejor.

Seguramente muchas personas no lo pueden ver así, al final somos seres de costumbres, y si hay quienes prefieren seguir atados a la amargura y envenenando su día constantemente, lo mejor que podemos hacer es dejar que sigan su camino, lejos de nosotros y tal vez, con el tiempo, puedan ver que hay algo mucho mejor más allá de su amargura, y que ningún buen deseo ni ninguna buena realidad surgen del mal genio.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.