Ayer pensaba en aquellas diversiones análogas de mi generación. ¿Cómo resumirlo? Nosotros no conocimos aplicaciones ni pokemones GO. Nuestra virtualidad la vivíamos en Uniplay o en el Gimnasio Mental de la 19 y Chapinero. No precisábamos Spotify. Comprábamos discos en Bambuco, Prodiscos, Beatles Abbey Road o Rockola y regrabábamos cassettes Pioneer (de los buenos) o Sankey (de los malos) adquiridos en droguerías vecinas. Resultaba común aguardar tardes enteras con el botón de pausa oprimido hasta que la canción deseada sonara, mientras rogábamos que Andrés Nieto, Daniel Casas, Andrés Durán o Jorge Marín no interrumpieran los compases iniciales o finales con sus voces, y así poderla registrar en toda su incorruptibilidad.

Nuestros Ataris y Nintendos no eran tan maleables como para ser los vicios portátiles que hoy constituyen tablets y iPhones. En lugar de Candy Crush Saga teníamos juegos de cartas. De destacar el Star y el Supertriumph, naipes con motocicletas, automóviles, camiones o buques impresos, todos acompañados de especificaciones técnicas. “¡Pido la guerra!”, decía uno ante un empate a dirimir.

A cambio de tapas premiadas el camión repartidor de refrescos entregaba una Bim-Bam-Bola, un globo solar de Milo, un yoyo Russell de Coca-Cola o uno de Castalia Cristalima. Las cajas de Ronda, muchas aún en circulación, tipo Hágase Rico, tapizaban mesas. La difunta Gran Piñata las expendía por docenas, junto al kit de Gustavo Lorgia. El Sabelotodo permitía a los memoriosos fingirse cultos y a alcohólicos junior consumir aguardiente con el pretexto de las multas. También había, cómo no, futbolín y ping-pong…

Los mayores artificios portátiles no superaban un rudimentario Game & Watch, ‘consola portátil’ de entonces en la que debíamos recoger heridos o huevos sin permitir que cayeran. O quizás un reloj-calculadora de pulso tipo data-bank, de los que exponían en Casa Reines y San Andresito. O, todavía peor, otro de aquellos con radio-transistor y audífonos de espuma naranja, iguales a ese que ni para dormir me quitaba, bastante lobo. Abundaban automóviles de Tonka y Majorette, el Lego y su émulo criollo, el Armotodo, cuyo jingle a lo Carmiña Gallo desestimulaba su adquisición.

Aparte de las representaciones articuladas de superhéroes, de Mazinger y colegas o de los Transformers existían otros fetiches de entretenimiento, baratos o gratuitos. Como los jacks de miscelánea, las esferas de piquis —que en temporada hacían furor— o el callejerísimo y archipopular yermis. Estaban los descoloridos muñecos de Yupi, uno de cuyos tirajes cubrió el elenco del Chavo del 8. De ahí el remoquete para aludir a un matrimonio mediado por gravideces previas, conocido como ‘unión Yupi’, por aquello del “muñequito dentro”. También réplicas de futbolistas sumergidas en latas de Frescavena. La de Willington Ortiz era de deficiente manufactura. Y los calumniados tatuajes de CremHelado, cuando cundió el chisme de que contenían dosis hipodérmicas de estupefacientes.

Sin Instagrams, procesábamos las fotografías en AlmaColor o Color-rapid. Pero en compensación tuvimos interactividades… como la de una sección denominada TvPao, del programa Telectrónico. Uno llamaba y al gritar ‘pao’ un videojuego supuestamente accionado por voz remota disparaba. Supongo que alguien del otro lado accionaba los botones correspondientes.

Inevitable seguir recordando y no caer en la manoseada costumbre de las nostalgias en cadena, trampa que tiendo ahora a ustedes, con la esperanza de recrear aquello que hoy luce lejano, gracias a su complicidad. ¿Se les ocurren otros juegos?

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.