Vivimos en un estado de permanente sobreactuación. La gente tiende a pensar que   es normal, simplemente porque se trata de la respuesta de todo el mundo a las cosas que pasan a su alrededor, con la diferencia de que ahora podemos acceder a esa respuesta gracias a las redes sociales, pero se trata de una situación antinatural, inducida por el miedo y la vergüenza, porque supuestamente quien no reaccione ante las cosas que pasan es indolente, o anacrónico. No podemos escapar de la realidad, pero además no podemos escapar de comentarla permanentemente.

 

La creencia general es que de la sobreactuación pueden nacer varias cosas positivas, como reacciones que poco a poco desencadenen acciones reales, o que al menos despierten en nosotros la consciencia sobre nuestro poder como sociedad civil, pero se trata en realidad de un mecanismo cobarde, una respuesta suscitada más por la necesidad que creemos sentir de responder a todo, porque nuestra existencia depende en gran medida del ruido que logremos hacer con cada cosa que decimos y de las personas que terminan sin querer siendo testigos de nuestra vida y   nuestras poses.

 

En este sentido, es exactamente lo mismo rasgarse las vestiduras por la muerte de alguna celebridad o enfurecerse en público por la corrupción que anunciar por twitter que ahora tenemos una camiseta nueva o nos subimos dos kilos. La indignación es solamente otra reacción genérica a la que acudimos cuando sabemos que es pertinente, lo mismo la tristeza, la rabia o la alegría. Olvidamos que todo cuanto hay en nuestro mundo virtual es tan cierto como nosotros lo queramos, y por lo tanto es mentira. No importa si son en verdad las cosas que pensamos, o las que hemos decidido poner en nuestra boca para lograr un efecto específico.

 

Aquellos que deciden tomar la posición contraria y critican furiosos a quienes consideran deshonestos están simplemente adoptando otra pose. Se sobreactúan tanto como el resto, porque su indignación reaccionaria es solamente otra forma de aparecer en público, un avatar más; ruido para el caldo del ruido. El esnobismo de la crítica es la muerte del ejercicio crítico y así muere también el humor, porque no se puede ver a la distancia, no hay perspectiva ni tiempo, solamente aspavientos innecesarios.

 

Decidimos quedarnos con esa exaltación constante, porque somos impotentes ante nuestra realidad, como cuando no sabemos qué más argumentos usar en una discusión y empezamos a gritar. Gritamos todo el día, a todas horas, porque no podemos contra el horror, la incompetencia de nuestros gobernantes, lo incierto de la economía, etc., pero sobre todo, porque somos incapaces de lidiar con nosotros mismos, con el aburrimiento y la soledad que nos abruman, la certeza de que no tenemos mucho que decir y nadie nos está poniendo atención.

 

El verdadero aglutinante de la sociedad son las conversaciones. Si existe algo que nos haya mantenido unidos como seres humanos, conscientes y despiertos al valor de la presencia de los otros, atentos a nuestro propio valor como personas, es el diálogo, la capacidad de comunicarnos con los demás. En medio de este drama ridículo que hemos montado para nuestras vidas, la comunicación es la primera sacrificada, porque todo lo que hay son monólogos y nadie merece que le crean cuando está haciendo tormentas en un vaso de agua.

 

Es más, no merecemos creer en nosotros mismos, porque todo el escándalo que hacemos en torno a las cosas más insignificantes de nuestra existencia hace a la larga que el cúmulo de nuestra vida sea diminuto, en comparación con el volumen que quisimos darle. El silencio está poco a poco convirtiéndose en un deber social, un rasgo respetable de nuestra humanidad ajeno a nuestra realidad inflada. No deseo que nos condenemos a la indolencia, ni siquiera a la flema, pero sí espero que en la reflexión y la escucha aparezca la verdadera comunicación, para que todas las cosas cobren la dimensión que en realidad tienen y la verdad nos haga libres, ahora sí.