El nuestro es, ante todo, un país sabroso. En todos los sentidos y en todas las regiones, una por una. Cuando no se trata de la palabra fácil y la chispa de los costeños está el ingenio de los pastusos, el empuje de los chocoanos (y su infinita paciencia con nosotros), la valentía de los santandereanos, la iniciativa de los paisas, el tumbao de los caleños y el humor de los cachacos, por citar solamente algunas cosas. Es un país caótico en donde las cosas todavía nacen de manera silvestre, desde las plantas medicinales hasta los deportistas olímpicos; un país en donde nada se queda quieto, aún en formación y que por cuenta de sus contradicciones tiende a sufrir mucho con la genética de su vida pública, política y económica.

Si nos enfocáramos mejor tal vez tendríamos una economía más realista, más equitativa, adaptada a nuestras verdaderas necesidades y no a las exigencias de un Occidente que nos atropella y trata de hacernos parte de él, pero al que no podemos acceder por completo.   Seguimos siendo el N uevo M undo en muchos aspectos, lleno de magia y de cosas por descubrir, que nosotros hemos dejado de ver y nos perdemos día a día por estar mirando hacia otro lado, que bien puede ser Argentina, Estados Unidos, Europa o esa televisión miserable que nos ha dado por producir.

Colombia es un país lleno de magia en todos los sentidos. Pero todas las palabras que se emplean para describirnos se han vuelto fórmulas que los promotores del turismo interno e importado usan para tratar de describir lo que no tiene forma de ser medido. Ahora que vivimos en el mundo que la publicidad ha construido para nosotros, tenemos un país maravilloso lleno de palabras que terminan por no significar nada, imágenes que podrían no pertenecer a la geografía de nuestro país, gente que podría estar en cualquier parte del mundo. ¿Ha dejado de ser un país bello? No, pero no es el nuestro.

Este fenómeno tiene una explicación que no solamente reside en los temores y ansiedades de los cuales se nutre la publicidad (que es un oficio en el que no se toman riesgos reales; solamente se pone a gente a saltar en bungee y se montan gran angulares en helicópteros a control remoto). Reside también en las ansiedades del cliente, las angustias y la necesidad de hacer un producto que venda, ante lo cual el consejo suele ser el mismo: hacer una campaña que abarque a la mayor cantidad de gente posible. Esta cantidad de gente es toda muy distinta entre sí, por lo que, lejos de buscar focos y puntos de interés en la imagen o de satisfacer la necesidad que todos tenemos de ser conmovidos y emocionados, se crea una imagen global que no moleste a nadie, o que al menos moleste a la menor cantidad de gente posible; pero precisamente ahí está lo ofensivo de todo el asunto.

Estoy hablando, por si acaso fuera necesario aclararlo, de nuestra marca país. No solamente es abyecto el hecho de que los países se conviertan en marcas, o que el temor al contraste los convierta en imágenes y logos que no dicen en realidad nada, sino que en ese proceso palabras de gran calibre como “megadiversidad” aparezcan para ser despojadas por completo de su significado.

Mejor dicho: si vamos a hablar de megadiversidad, que es una exageración innecesaria para la palabra diversidad, no deberíamos hacerlo con el ánimo reductor y temeroso de las formas geométricas. Si algo revela nuestra nueva marca país, como lo hacía la anterior, es que nos desconocemos por completo. Nos enseña además que los países ya no existen, ahora son productos como cualquier otro, que esperan a ser comprados por gente como nosotros, que tiene mejor poder adquisitivo, porque ese país de los circulitos y los cuadraditos no es el país que yo conozco, ni el que vemos todos los días por la TV. Colombia hace tiempos que es un mar de preguntas y eso no está necesariamente mal. Mal está que tratemos de reducir toda la belleza, la tragedia y la maravilla del país en que vivimos en un logotipo, sobre todo en uno tan soso.

Pero sobre todo la aparición de esta nueva campaña nos da unas luces clarísimas sobre lo que creemos de nosotros mismos, porque la gente al parecer cree que en esa sabrosura nacional está la justificación de todo el horror de nuestra Colombia; el país bipolar del carnaval y la masacre. Al parecer , lo bueno viene pegado de lo malo, pero eso es mentira. Es más acertado decir que se trata del asco que nos tenemos porque no logramos comprender cómo en uno de los países más felices del mundo hay tanta gente triste, loca, desesperada, o peor, por qué tanta gente cuerda, feliz y llena de oportunidades se empeña en masacrar a sus compatriotas para tener más y más. Creemos que está en nuestra naturaleza la raíz de nuestra violencia sicópata, pero es todo lo contrario: nuestro conflicto nace de nuestra propia ceguera, porque la negación de lo que somos es tan violenta como la guerra o la minería irresponsable y destructiva que este logo busca atraer, entre otras cosas.

Entonces decidimos vivir en una nación construida sobre los temores y necesidades de los publicistas y sus clientes, ninguno de los cuales es colombiano, al parecer. Porque CO es un país sin sal, con una vida sin sal; sin contrastes y sin diversidad real, mucho menos megadiversidad. Somos un dominio de internet y un país como cualquier otro, claro; pero un país que se desconoce, se teme y siente vergüenza de sí mismo no merece ser un país, ni siquiera una marca.