Entendemos por siglas la unión de los grafemas iniciales de expresiones extensas con propósitos de acortamiento. Unas simplifican. Otras, enmascaran verdades. En Colombia pululan. Por eso al Banco de Colombia lo transformamos en Bancolombia y al Cafetero en Bancafé. Están la Dian, la Dimayor y una cooperativa vallecaucana de desafortunada identidad denominada Coprovalle. También los siniestros IVA, Upac y UVR, modalidades legales de usura padecidas por muchos. Y la fuerza antes conocida como F2, activísima durante eras ‘turbayistas’.

Pero nuestro repertorio de siglas no se queda en frívolas abreviaturas. En lo que pareciera vocación nata de detectives, policías, radioaficionados o taxistas, con ellas comunicamos sentimientos de manera telegráfica. Si estamos desinformados, nos declaramos en modo NPI. Para negarnos con contundencia, usamos un inapelable NPP o un sonoro ‘nipuelpu’. Si alguien incurre en desaguisados, lo diagnosticamos como MFT… alusión a una diuresis desviada de los confines del tiesto recolector. Para pedir una mordida, preguntamos ‘CVYA’ (“¿Cómo voy yo ahí?”).

La industria del entretenimiento –que no suele tener NPI qué hacer– se ha valido de estas en nombres como el de Doble UC, banda de José Gaviria, quien tras una carrera solista digna del WC, decidió hacerse jurado de realities. Hay unas comerciales… del corte Alberto VO5, construcción alfanumérica bastante misteriosa. Otras académicas, estilo Inem, Cesa, Limex o CUN… Las emplean empresarios y yuppies pretenciosos al hablar de Zona G y Zona V, del mismo modo como laboratorios fabricantes de enjuagues íntimos, bálsamos y menjurjes dermatológicos han segmentado la anatomía humana en áreas como el obsceno Punto G, la Zona T o, más gráfico, la V.

Nuestra insurgencia siguió el patrón. Tuvimos EPL y M-19. Tenemos Farc y ELN, lo que demuestra que en cuestiones de rebelión preferimos rótulos de la escuela ETA o IRA a los románticos o autóctonos tipo Sendero Luminoso o Tupamaros. Combatimos ‘bacrims’. En el equipo opuesto militan o militaron los miembros de la Sijín, el DAS y del SIC, que no era propiamente la actual Superintendencia de Industria y Comercio, sino el Servicio de Inteligencia Colombiano, entidad con sala de torturas anexa, domiciliada hacia los cincuenta en bajos del hoy conjunto de vivienda La Calle del Sol, en el vecindario capitalino de La Candelaria.

Están aquellas que identifican barrios, como el HB Fontibón. O avenidas, como esas nomenclaturas de NQS o ALÓ, tan faltas de poesía y, peor todavía, de ambientalismo. O las que englobaron carreras ciclísticas, como el C-100, con la farándula setentera en pleno. Y esas que denominan decretos o disposiciones: como el POT, cuyos redactores deberían consumir más ‘pot’ para ver si se inspiran y logran comportarse con el respeto debido hacia nuestro vergonzoso urbanismo.

En la posmodernidad, los anuarios cursis con fotos y mensajes de alumnos de undécimo grado, los dispositivos móviles y los espantosos ‘memes’ han popularizado entre adolescentes el empleo de algunas otras siglas y grafismos extranjeristas y melosos del todo execrables, en la onda TQM, 2People + 2Gether = 4Ever o WTF!, que es lo que yo pensaría en este momento si estuviera degustando estos párrafos. El espacio va agotándose y pronto a las presentes palabras les llegará su QEPD. Me despido, no sin antes apelar al recurso en cuestión con una salida manoseada, en recuerdo de un noticiero sensacionalista de antaño: “Quedamos QAP”. Hasta el otro martes.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.