Por principio ignoramos la relevancia y la dignidad suprema de la suerte. Como si todo fuera asunto de virtud, método, lógica, raciocinio o trabajo. Como si la disciplina, el talento y el tesón bastaran para tenerla; mientras que el desorden, la majadería y la infamia consiguieran espantarla. “La suerte no existe. Todo es causa y efecto”, rezan motivadores de colectivos y optimistas de oficio.

Me imagino qué pensará la pobre involucrada, en cuya existencia creo tanto como otros lo hacen en la Virgen María, en las ánimas benditas o en el Divino Niño, al saberse denigrada a la trastienda fantasmal de lo supersticioso. Reducida por la incredulidad de tanto racionalista suelto por ahí… predicando su inexistencia y descalificando a quienes piadosos sabemos temerle.

La suerte debe estar triste. Denigrada a tarjetas de quirománticos, hechiceras o psíquicos, con ofertas de hacer acaudalado al pobre, de curar padecimientos a cambio de algún conjuro bien remunerado, o de “regresar al ser amado en 24 horas, con trabajos 100% garantizados”.

Esa no es la legítima suerte. La suerte constituye aquel conjunto de imponderables que escapan por mucho a las capacidades humanas. Me refiero, por ejemplo, a que si nuestra motricidad y desarrollo neurológico nos permitieran lanzar un dado con la debida precisión, controlando la resistencia del viento, el ángulo de inclinación y el coeficiente de rozamiento de este al rodar sobre una determinada superficie, de seguro podríamos calcular con exactitud cuál sería la cifra en que caería. Pero no. La suerte constituye, pues, aquella regidora todopoderosa de cuanto escapa a nuestras capacidades de control.

Por desgracia, nuestra enfermiza obsesión con la lógica y sus preceptos no ha hecho más que cuestionar su lugar de regidora universal, miserable o magnánima, según sus antojos de turno. A su capricho bendice o destroza y selecciona a algunos, mientras que a otros los descarta. Sabe de impredecibles y demuele certezas. Supera a la vez en crueldad y generosidad al más tirano de los tiranos y al más inobjetable filántropo. En sociedad con el destino y la circunstancia conoce por coordenada y segundo exactos cuándo y dónde naceremos y el momento y situación precisos en que abandonaremos la Tierra, pero al tiempo evita revelar tan clasificada información, por ser esta el mayor de sus activos.

Esa es la suerte: la omnipotente. La arbitraria. La sesgada. La que simbolizan con balanzas, ruedas de fortuna, tómbolas, karmas o ánforas. La que no admite súplicas. La que algunas veces forzamos con empujones, aunque en muchas otras, de aborrecerte, habrá de negarte sus favores… por más rituales y protocolos que en su nombre inicies.

Pues bien, señora suerte, reina suprema con nombre de mujer y caprichos de dictador: regálanos una mirada complaciente y haznos sonreír. Borra de tus registros el determinismo infame con que gustas de cobijar a quienes no te simpatizan. Renueva por unos días los nombres de tu lista VIP. Permítenos soñar con que alguna vez el hado habrá de cernirse sobre nosotros con su halo benefactor para hacernos sonreír. Perdona la poca fe que hacia tu autoridad hemos desplegado y déjanos, otra vez, declararnos tus más convencidos e impotentes siervos. Así pues y en tu honor, termino con los debidos clichés “suerte y muerte”, “suéter” y “suerte es que les digo”. Hasta el otro martes.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.