¿Cómo está el periodismo cultural hoy en Colombia?

Hacía mucho tiempo que no compraba el periódico dominical, ese ejercicio lo perdí y se lo dejé a mi padre desde hace algunos años. No sé si se trate de un tema generacional, de ignorancia o de puro descuido, cualquiera que sea la respuesta no viene al caso porque hace unos días evité leer noticias en mi celular y me senté a tomar café, en pantuflas y piyama, y abrí con gran ímpetu el diario, para cumplir con el personaje cliché del hombre que no hace más na’ los fines de semana.  

Como   las pasiones son la guía, fui directo a la sección cultural, o bueno, a lo que se le parezca, porque lo cultural se pierde hoy en divisiones confusas que incluyen turismo, gastronomía, moda y contenidos patrocinados. Por un momento pensé en pegar el grito en el cielo e invitar a que todos nos rasgáramos las vestiduras y exigiéramos más artículos de literatura (al menos uno), de cine o de crítica teatral en vez de darle pan y circo al pueblo. Mi inconformidad no radicaba en el interés de delimitar el espectro de lo cultural, que es bastante amplio, sino en el hambre de desear contenidos ricos en historias, en personajes y arriesgados en su estilo narrativo.    

Supongo que es pedir mucho, el entretenimiento reina y la salida fácil es la noticia que no se piensa pero que equilibra los malos sueldos con las exigencias desmedidas de algunos medios de comunicación. ¿Cultura?, ¿reseñas literarias?, ¿para qué?, ¿alguien las lee? Todo se trata de formación, tanto de públicos como de creadores de contenidos, y mientras no se busque fortalecer la demanda, la pereza les ganará a decenas de comunicadores que eligen escribir por rutina y no por pasión. Todo de nuevo vuelve a la escuela y a lo que desde allí se debería enseñar.    

Juzgar es fácil, lo difícil es proponer soluciones y actuar hacia ese camino. En esa medida, los periodistas deberíamos buscar mejores enfoques, si vamos a entrevistar a un cantante X de música urbana, cuya foto vende y genera lecturabilidad, no hagamos la pregunta obvia, no contemos lo que todos saben, no reproduzcamos los comunicados oficiales de las disqueras. Por el contrario, atrapemos al lector poniendo contra la pared al artista, contando su lado desconocido, que quizás sea su faceta más interesante.  

Hay que romper con la comodidad en el periodismo, más en una especialidad que inspira emociones y reflexiones tan personales y profundas. Lo cultural debe escapar de lo light, y con ello no me refiero a solo hablar de una ‘imaginada’ cultura de la élite, a la que acceden solo unos pocos o la que es difícil apreciar por simple falta de experiencia. El punto está en saber contar historias, como lo ha hecho Alberto Salcedo en Colombia con trabajos como el de Emiliano Zuleta para hablar de música o Leila Guerriero con la directora de cine argentina Lucrecia Martel, allí está la clave.  

Por el momento, una recomendación, ver la película El olivo, de la española Icíar Bollaín, que se estrena este jueves. La cinta reúne todo lo que implican las emociones de la condición humana, desde la tristeza, la alegría o la risa ante la tragedia. Sin más que esta escueta invitación, insisto en que la última palabra la tiene cada espectador y que el diálogo en el séptimo arte –o en la cultura– busca estimular a aprender por fuera de la escuela, incluso cuando el producto cultural, como en este caso, no es el protagonista.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.