Le había dado cáncer de pulmón en 1975. Tuvieron que extirparle uno de ellos para salvarlo. Fue como si le hubieran cauterizado un lunar. Siguió haciendo su habitual rutina: iba a su despacho de abogado en el centro con paraguas en mano, sombrero y gabardina. Una década después ese cáncer reapareció.
En ese 1986 pude aprender lo que significa perder siendo fuerte, dejando en ridículo al adversario que, en teoría parece invencible. La muerte es como Brasil en fútbol: es imposible ganarle. Con la muerte y su guadaña hay que ser un poco como Honduras en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Se sabe que, si hablamos de Brasil, el final de las postales mostrarán a los verdeamarelhos abrazándose por el triunfo y a los centroamericanos llorando en el borde de la cancha, pensando en que para ellos era difícil sobrepasar todo lo que significa el “Ordem e progresso” del escudo brasileño. Se sabe que en la vida, la retina recordará el cofre caoba saliendo de la iglesia con el fiambre listo para ser depositado en el nicho fúnebre o en el horno crematorio y que los seres queridos llorarán al borde de la tumba, pensando en que para ellos, y para el fiambre que se despide, era difícil derrotar el designio divino de terminar bajo tierra.
Pero más allá de que las cartas están marcadas desde que nacemos (con Brasil y con la muerte), no es justo dejarse doblegar sin mostrar algo de dignidad. En 1985 yo tenía 9 años y andaba por la casa de mis abuelos corriendo por algún zaguán. Mi abuelo, el hombre que en 1975 le quitaron un pulmón para derrotar al cáncer, recaía porque el mal le hizo metástasis en el estómago. Sabía que la muerte estaba a los pies de su cama. En una de esas me vio “chancletear”, arrastrando los pies por la alfombra. Me detuvo, con ceño fruncido y profundo mal genio. Dijo: “Yo, que no puedo con mi alma, que estoy muriéndome de cáncer no me la paso arrastrando los pies por el tapete! ¡Deje de arrastrar las patas, carajo, y camine bien!”
Y era cierto. Mi abuelo caminaba erguido, levantando los pies al caminar, a pesar de la gravedad en su estado. Yo, un carajito de 9 años, saludable y rozagante, caminaba como si fuera Cuasimodo por elección propia. Qué vergüenza.
Ese día supe lo que significa tener dignidad a pesar de que todo vaya en contra de uno. Me acordé de mi abuelo y de su frase cuando vi a Honduras en los cuartos de final del fútbol olímpico. Jugaba contra Brasil, el campeón del Sudamericano sub 20 y con parte de la base de la selección de mayores y además el árbitro Félix Brych se ensañaba con los “catrachos” dando un penal dudoso para los brasileños y expulsaba a dos de sus jugadores –entre ellos ese crack llamado Roger Espinosa-. Y aún así le iba ganando 2-1.
Honduras terminó perdiendo 3-2. Pero nunca arrastró los pies por la alfombra.







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