Para hacerse prócer es preciso tener vocación de estatua, algo de egolatría y la suerte de ser reconocido en consenso como tal por las equivocadas mayorías, previo deceso del candidato. Pocos (Rocky Balboa y Carlos Valderrama entre estos) alcanzaron semejante honor en vida.


Cumplidos dichos prerrequisitos (reservados tan solo a figuras públicas, mártires, descubridores, prelados, benefactores o en último caso a multimillonarios ansiosos de no evaporarse por completo), la idea de tener monumento propio comienza a ser factible.


¿Quién no ha soñado con que una vez fallecido alguien esculpirá una efigie en su honor? En Bogotá, sin embargo, ser ícono muerto es condición lamentable.


Siento lástima por nuestras estatuas. No hay mejor emblema citadino de la soledad del héroe que su absoluto desamparo una vez este ha sido convertido en mobiliario urbano, condición que por estos andurriales (amnésicos e irrespetuosos) colinda con la indigencia.


Ahí, inmóviles, helados e inexpresivos, como la piedra o el metal que les sirvieron de materia prima, los otrora paladines se convierten en cuerpos anacrónicos e invisibles, apostados en el centro de alguna explanada decrépita.


Las gentes les caminan por en frente sin preguntarse quién acaso puede ser el hombre a cuya memoria el ornamento urbano fue consagrado. Algunos profanadores barnizan su humanidad indefensa y pétrea con sus evacuaciones corporales. Otros facinerosos, aerosol en mano, les pintan insultos mal escritos.


En la plazoleta del Rosario yace el adelantado Jiménez de Quesada reclamando la atención de un pueblo ingrato, que lo desconoce. Lo he probado. De 50 transeúntes solo uno sabe quién es el caballerete aquel de aspecto cervantino sobre cuyo podio (eso sí) poco recato tienen en esputar, miccionar o estampar arengas y panfletos.


La Rebeca reposa incómoda en un estanque sin agua, alguna vez balneario de pilletes y hoy pila seca, atiborrada de desechos: orgánicos e inorgánicos.


En la carrera séptima con calle 94 se yergue frustrado don Américo Vespucio. Este expedicionario, único individuo cuya grandeza diera nombre a un continente entero, hoy vive a expensas de quienes lo ridiculizan, ataviándolo con sostenes y bragas. De tanto robarle su macizo globo terráqueo (costumbre delictiva que solía dejarlo en frecuente vergüenza), le fabricaron un giroscopio barato.


Presas de su eterna itinerancia, hace mucho fueron arrojadas a la avenida Eldorado las imágenes de Isabel la Católica y el almirante Cristóforo Colombo. Allí descansan hoy, justo en una bahía desierta a la que (ensombrecida por automóviles y articulados) nadie visita.


A muchos les hurtaron la placa que los identificaba. Otros fueron desaparecidos por las garras diestras de impunes hamponzuelos dedicados a la fundición de metales. Para estos un tapón de cloaca y un panteón cumplen idénticas funciones.


¡Qué pensarían ellos al saberse extraviados entre el olvido epidémico que aflige a nuestras gentes! “Erigir bellos monumentos en Bogotá es como arrojar manjares a los puercos”, anotaba Alfredo Iriarte. Tenía razón. A veces nuestra ciudad parece un triste y gigantesco monumento al olvido.