Ayudada de una vasija humilde y desvestida, la pobre Rebeca intenta extraerle agua a un estanque marchito.


¿La han visto? Es una dama gigante con cuerpo de mármol en la que nadie se fija. Aquella escultura olvidada de la 13 con avenida 26. Representa cierta escena bíblica incestuosa, consignada en el capítulo 24 de Génesis.


Quienes se la encuentren –aprisionada en tan inadecuado marco– pensarán que su existencia siempre valió de poco. Pero ella conoció mejores días.


En julio 19 de 1926, la estatua fue inaugurada, a disgusto de los puritanos, en el Parque del Centenario.

La circundaba abundante vegetación y le nadaban patos. Cerca estaba el Templete del Libertador.


En 1958, a propósito de las eternas ampliaciones a la 26, decidieron desplazarla, achicar su estanque y separarla de Bolívar, reubicado en el Parque de los Periodistas.


Un ‘repórter’ de El Espectador anotó: “Da ahora definitivamente la espalda al Hotel Tequendama, a la avenida 26, a la ciudad, al mundo y toma un aire perfectamente desentendido, o desilusionado, al inclinarse de nuevo y eternamente a llenar su ánfora en el pozo también eternamente vacío”.


Palabras proféticas. Copetín y otros gamincillos se bañaron en sus aguas. El mecanismo que llenaba el caudal se estropeó. Un borracho le rompió la nariz a disparos, luego reconstruida por Felipe Coiffman. Las remodelaciones la apocaron.


La paternidad de Rebeca fue atribuida a Roberto Henao Buriticá, escultor armenio, autor del hacha a los fundadores. Soy tan bogotano como quindiano, y alcancé a enorgullecerme.


Juanita Monsalve Buriticá (pariente del maestro e investigadora) se consagró a alimentar su obsesión con el octogenario monumento. Protegida por tapabocas se adentró en hemerotecas. Hizo entrevistas. Husmeó en documentos notariales y actas oficiales. Llamó a su trabajo ‘La novia de Bogotá’.


Más allá de la certeza de que una mentira recitada con dedicación termina por sonar a verdad, sería oportuno que esto fuera pretexto para revisar un texto iluminador, pronto a ser publicado, de quien decidió hablar por Rebeca, incapaz de defenderse o de desmentir lo que en su nombre se diga.


La primera mención conocida de Henao como su autor viene de 1964, días después de morir. Después, algunos se encargaron de convertir lo que parece especulación en dato enciclopédico.


Documentos del 26 apuntan a que esta fue esculpida en Italia por órdenes de Tito Ricci, propietario de la Marmolería Italiana de Colombia. En ninguna de las noticias publicadas con motivo de su emplazamiento se menciona a Henao o a cincelador alguno por nombre.


No es que pretendamos arrebatarle méritos, pero dudo que al talentoso cuyabro le complaciera ser recordado por obras ajenas.


Baste recordar que hoy la huérfana Rebeca respira esmog, enemigo declarado del mármol de Carrara; que una revisión con rayos X develó fisuras en su interior; que su entorno es espacio residual y depósito de basuras; que los achaques no perdonan a las divas y que su cuerpo está siendo devorado por un hongo al que se conoce como ‘cáncer del mármol’. ¡Pero eso a pocos les preocupa!