Desde hace un tiempo, y en gran parte por cuenta de la ignorancia e irresponsabilidad de quienes aún son racistas, clasistas u homofóbicos, entre otras, o de quienes promueven el odio como un modo de vida en un mundo tan evidentemente mestizo y anormal, hemos tenido que adoptar un nuevo modo de hablar, un código de palabras que conocemos como políticamente correctas, en el que entran salvedades necesarias para el sur de Estados Unidos y algunos sectores de la sociedad colombiana, por ejemplo; como pasar del término “negro” al “afroamericano”. Sé de muchas personas de raza negra a quienes les parece insípido y artificial este término, y se autodenominan como negros. Claro que es artificial, pero es una medida necesaria, porque hay mucha gente que aún utiliza el término “negro” como algo peyorativo; lo mismo pasa con la palabra “indio” y con tantas otras que han tenido que ser permutadas por términos que no ofendan a nadie.

Esto conlleva varios problemas. El primero es el del abuso del eufemismo como una convención social. Ahora a los viejos se les dice “adultos mayores” y a los indigentes “habitantes de calle”. Peor aún, a los discapacitados, que por cosas de la vida tienen un problema físico que les impide llevar una vida normal, ahora se les dice “diversamente hábiles”, como si los discapacitados, indigentes y ancianos necesitaran de nuestra condescendencia, como si no se tratara de una falta de respeto con otro ser humano buscar esconderle su problema y empezar a endulzar las palabras con que los llamamos. Ofensivo es, en cambio, que no hayamos sido capaces de construir un mundo para los indigentes, los viejos y los discapacitados, cada uno de ellos oprimido por nuestra incompetencia y desidia, la falta de rampas, de espacios, de oportunidades. Este lenguaje sin filo y sin peso funciona de la misma forma que un call center, como la pintura de una solución que nadie ve en realidad.

Existen, suscitados por esta mala maña, pecados veniales, como la de decir “colocar” cuando deberíamos decir “poner” o como la costumbre, cada vez más arraigada, de abusar del verbo manejar, para referirse a la existencia de un producto o su venta. Es apenas la punta del iceberg, males pequeños que revelan grandes defectos, como nuestro arribismo, siempre obligándonos a aparentar más cultura de la que en realidad tenemos; o la entrada cada vez más fuerte en nuestro entorno de costumbres derivadas del know how comercial, que cambia unas palabras por otras menos precisas, buscando diluir el impacto negativo que algunos expertos en marketing consideran pueden nacer de decirle al ciente “no tenemos tal cosa” o “no vendemos tal otra”. Parece un asunto sencillo, pero es exactamente la razón por la cual casi no aparecen negros ni indígenas en la publicidad de productos de todo tipo.

Lo peor, sin embargo, no es nada de esto que acabo de mencionar. Lo peor es que esos promotores del odio y la violencia contra otros humanos, que llevan años pegándose del miedo como su herramienta principal, el arma que los mantiene agarrados a sus fincas y a sus escritorios, a sus curules y sueldos, han empezado a usar el lenguaje políticamente correcto como una forma de encubrirse y negar la magnitud, incluso la existencia de los horrores que perpetran o acolitan. Por eso hace unos años José Obdulio Gaviria dijo en televisión que a los desplazados por la violencia en realidad se les debería llamar “migrantes internos” y ahora se tiene por “independiente” o “empleado informalmente” al que tiene que rebuscarse vendiendo cosas en los buses porque no tiene empleo. Luego aparecieron los falsos positivos, asesinatos puros y duros cometidos por militares para ganar con cadáveres días de vacaciones. Aparte de su nombre inicial, que es de por sí una denominación incorrecta, se les empezó a llamar “homicidio en persona protegida”. No es que no lo sean, es que cuando una verdad tiene encima dos capas o más de corrección, deja de entenderse lo que quiere decir, nos alejamos más de la verdad buscando las palabras precisas. O las aberrantemente imprecisas, porque solo en este país un partido de extrema derecha se llama “Puro Centro Democrático” y hasta hace poco a los paramilitares y al terrorismo de Estado se les decía “fuerzas oscuras”.

¿Qué sigue? ¿Empezar a decirle a los pobres “diversamente ricos” o “económicamente impedidos”, llamar “ociófilos” a los desempleados? O mejor, ¿Serán ahora los corruptos “Funcionarios señalados de desfalco”, “diversamente emprendedores”?. Es posible que todos aceptemos estas mentiras, esperando que llegue un término que suavice en algo nuestra cobardía e incompetencia.

Esa es la gran encrucijada que vivimos día a día. No tendremos claro nunca jamás cuándo estamos llamando las cosas por su nombre, cuándo estamos siendo violentos u ofensivos y cuándo estamos cayendo en las patrañas de quienes simplemente buscan desdibujar la verdad y se aprovechan de nuestras buenas intenciones, la necesidad que tenemos de reducir la violencia en nuestro mundo. Si nos dejamos hundir en el mundo de los expertos en calidad, publicistas, políticos, abogados y especuladores de los eufemismos; lo políticamente correcto no solo nos alejará de la verdad para siempre, también de la posibilidad de saber que cuando hablamos estamos diciendo las cosas como queremos decirlas, nuestro propio sentido de la honestidad.