En 2012, mientras cubría los Olímpicos de Londres, viajaba en metro hasta un punto de la competencia, cuando encontré un celular de gama alta en la silla de al lado. Como no vi a nadie cerca, me bajé con el teléfono y comencé a buscar en la agenda a los posibles dueños. Después de varias llamadas, finalmente alguien me dijo que estaba desesperado por haberlo perdido y que me agradecía que lo hubiera contactado. Nos vimos, le entregué lo que había perdido y le di un par de dulces típicos de Colombia. Así, pude quitarle su angustia y sentir una enorme satisfacción por haberme comportado como una buena persona. No podía creer no me hubiera quedado con él, pero su enorme gratitud fue suficiente para mí. 

Ese episodio me hizo muy feliz, ese y muchos otros que he tenido que vivir, porque es muy fácil olvidar algo en cualquier lugar. Eso mismo me ocurrió esta semana con unas gafas que cuidaba y cuidaba, porque, a pesar de ser muy organizada, suelo dejar las gafas en todas partes. Estaba en un vuelo y descubrí que tenían la película de Pelé. Me emocioné tanto con la historia del mejor jugador de todos los tiempos, que, al aterrizar, olvidé las dichosas gafas en el bolsillo de la silla.

Cuando me di cuenta ya estábamos todos reclamando la maleta, así que lo único que pude hacer fue preguntarle a la persona encargada de la aerolínea, por si alguien las reportó como objeto extraviado. Se pueden imaginar lo que me dijo, exacto, me dijo que ni idea, que nadie habló de ningunas gafas pérdidas, así que ni modo. Lo sabía, no esperaba otra cosa, en esos casos, es más fácil ser pesimista.

Lo más duro para mí es saber que las personas que se “roban” lo que los demás olvidan, creen que no están actuando mal, así como decimos en Colombia: “De malas, ¿para qué las dejó ahí?”. Lo cierto es que son ladrones, igual de culpables que aquellos que nos atracan en cualquier esquina y yo, realmente, prefiero hacer las cosas bien, entender que si algo no es mío, debo devolverlo, hacer todo lo posible porque llegue a su dueño. Ahora tengo que comprar otras gafas y será ponerles una cuerda y amarrarlas a mí, para no volver a sentir la tristeza de saber que alguna persona que está cerca de mí en algún sitio prefiere robarme que ayudarme.

¿Alguna vez se han quedado con algo que no les pertenece?

¡Feliz fin de semana!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.