Siempre ocurre lo mismo. Las macroempresas exilian a las minorías.


Hace una semana, la cadena Melodía oficializó el alquiler de su estación en FM al grupo Santo Domingo. En la práctica ello implica la desaparición de la frecuencia Melodía Stereo de los 96.9 Mhz y su mudanza a la trastienda del AM, en el espacio antes ocupado por Radio Líder.


El hecho, que para los insensibles (inmunes a la vida) no reviste relevancia ni amerita parte necrológico alguno, es trágico. Pourcel, Kaempfert y Mauriat serán vilmente desterrados de su feudo por la dictadura indolente del mercado.


En 1987 se fue Stereo 1-95. La compró RCN para fundar Rumba Stereo (hoy casa del reggaetón). Años atrás, la mismísima Melodía canceló su servicio de música brillante por suscripción Solomúsica.


Tres lustros después, 88.9 y la HJCK experimentaron en dial propio infortunios parecidos. Tras confrontar los retos de mantener viva una emisora pequeña contra las ventajas de rentar sus derechos de uso a una cadena omnipotente, que con segura puntualidad depositará el canon mensual en las cuentas de las familias Pava Camelo y Castaño Valencia, sin someterlas a la tortura periódica del Ecar y el EGM, no era difícil elegir.


Fundada en 1967, Melodía Stereo fue pionera en ese territorio entonces virgen llamado frecuencia modulada.


Los Páez (ilustres hijos de Fúquene) son, como su cadena, una institución. Muchos recuerdan esos postes ‘intervenidos’ por dicho apellido escrito en altas, con pintura roja (antes de que fuera acuñado el concepto de contaminación visual) y aquella monumental valla con la silueta del patriarca Efraín Páez Espitia mirando al infinito, tomada hace unos 40 años, emblema del paisaje bogotano. El moderno edificio de cristal de la 45 y su ventanería verdolaga (que de modernos tienen poco) merecen el tratamiento de bienes patrimoniales.


La desaparición deja damnificados. Amas de casa francófilas, antes extáticas por cuenta de Gerardo Páez Mejía. Ya sin la voz enronquecida de este fiel vástago de su raza, variable contemporánea del flautista de Hamelin, sus vidas no serán las mismas.


¿Qué ocurrirá con los pacientes de periodoncias, endodoncias, tratamientos de conductos y ortodoncias? Abatidos por la tortura del eyector (cuerpo extraño que puebla las cavidades bucales de los visitantes al dentista para ayudarles a evacuar los espumarajos de saliva procedentes de sus doloridas fauces) ahora soportarán su profilaxis sin las consoladoras notas de Clayderman como acompañamiento.


¿Qué será de tantos taxistas, cuya salud mental en medio del tránsito capitalino mantenía relativa normalidad gracias a Melodía? Peor aún… ¿Qué sucederá con quienes abrevaban en las fuentes de ‘Noticias para ejecutivos’ para informarse? ¿Dónde oír a Gustavo Niño Mendoza, voz que admiramos desde ‘El pasado en presente’? ¿Cómo viviremos sin la señal horaria de Melodía, sin el repique de sus campanas y sin Tito Martínez?


No hace falta ser un iluminado para darse cuenta del daño que ocasiona la uniformidad al mundo. Y desde hace años el mal plantó sus banderas en nuestra radio. Una lástima.