Estoy seguro de que ninguna persona se escapa de aquella sensación de asombro que nos puede producir la naturaleza con sus manifestaciones, desde quienes miramos de una manera casi hipnótica el cielo disfrutando de atardeceres o amaneceres, las formas que surgen con las estrellas e incluso quienes en ellas buscan respuestas al futuro, hasta cuando nos estremece con una catástrofe como un temblor, la erupción de un volcán o algún tipo de evento que pone en riesgo muchas vidas humanas.

Curiosamente aunque nos llena de asombro, parece que nos genera a la vez una gran apatía, ya que nos resulta mucho más fácil hacernos los ciegos ante todo lo malo que hacemos, que buscar un cambio y realmente proteger y preservar lo que nos rodea. Y no es un discurso de protección ambiental y/o idealismo verde lo que trato de plantear, sino de despertar ante una cruda realidad que indica que mientras que no seamos realmente conscientes de nuestra manera de actuar, seremos siempre nuestra peor amenaza. 

Permítanme hacer una comparación para entenderlo mejor: durante millones de años, el planeta se preparó para albergar vida (es un hecho comprobado, no fue soplar y hacer botellas o producto del realismo mágico), y esa preparación estaba perfectamente equilibrada para millones de diferentes especies, pero todo el trabajo mancomunado de cientos de miles de formas de vida se vio truncado y dañado en unos pocos siglos por una única forma de vida: nosotros, los humanos. Es exactamente lo mismo que si trabajas en un proyecto para la universidad o para tu oficina durante varios meses para que un compañero vago y avivato (o tu jefe) se apropie de tu trabajo para presentarlo, lo estropee y además lo presente muy mal.

Estoy seguro de que a todos nos molestan ese tipo de compañeros avivatos o de jefes oportunistas, que además de mediocres no son lo suficientemente inteligentes como para hacer su parte, pero peor que esas personas es permitirles que sigan haciendo de las suyas y pasando por encima de nosotros, porque al dejar que lo hagan, no solo somos cómplices, sino que les alentamos a que sigan haciendo lo mismo una y otra vez.

Necesitamos ser un poco más conscientes de lo que hacemos y de todo lo que con nuestro silencio permitimos que otros hagan, entender que el progreso no significa pasar por encima de lo que nos rodea, sean personas o cosas, sino, por el contrario, debe ser tratar de perfeccionar nuestra manera de actuar, sentir y entender las cosas para poder tener una mejor relación con todo y entre todos, porque mientras sigamos pensando que todo avance tiene que ver con acumular más y más, llegará un punto en el que no tengamos nada, y lo que se haya acumulado ya no tenga ningún valor.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.