Decía Pierre de Coubertin, el padre de los Juegos Olímpicos modernos, que lo esencial no es ganar sino saber competir, saber luchar. Neymar, por supuesto, parece que jamás se enteró de la existencia de Pierre de Coubertin y tampoco está muy interesado en resaltar el espíritu olímpico.

Neymar es el capitán de una desaliñada Brasil, cuyo juego ya no tiene la melodía de Vinicius de Moraes como en antaño; si acaso le alcanza para igualarse con Michel Teló. Ese futbolista es quien debe llevar la lanza para que por fin su país logre colgar en su cuello la medalla de oro, el único trofeo que jamás ha podido alcanzar la CBF –y que, cómo es la vida, seguro la ganará, a pesar de ser el conjunto brasileño menos brasileño de todos los tiempos– se está equivocando en el método.

Está fallando Neymar en eso de proteger el sano espíritu deportivo de las Olimpiadas que organiza su país: puede que sea la presión –como le pasó al ‘Scratch’ en 2014 y que luego le pasó factura– por entender que hay que ganar a costa de lo que sea porque su nación metió 11.000 millones de dólares para no fallar en las justas; porque el zika y la inseguridad tiñeron –de injusta manera– unos juegos que hasta ahora han sido fantásticos; porque la crisis política también se siente en la cancha y justo él tiene la banda.

Pero las presiones también son otras: los cuestionamientos frente a los verdaderos valores de su fichaje al Barcelona, su compromiso a medias –no jugó Copa América, tampoco en su momento el mundial sub-20–, el demostrar que cuenta con el suficiente talento para tomar el testigo en el preciso momento en que Brasil sufre uno de sus momentos más inciertos…

Quiero creer que es por esos motivos que Neymar se porta como se portó en el partido contra Colombia. Más que jugador de fútbol, parecía un integrante del equipo de nado sincronizado: siempre arrojándose al césped sin que nadie lo tocara. No fue solo eso: siempre lloró al sentir el menor roce, pensó en cada momento en engañar al juez, antes que en hacer una gambeta, quiso sacar de quicio a sus rivales con viejas tretas –calentando de boquilla el ambiente– y pegó con impunidad una patada criminal, producto de la rabia y no por evitar un gol, a Roa. Debió ser expulsado, pero el árbitro ya estaba en su solapa. Cero espíritu olímpico desde el minuto 1 hasta el 90, todo maña, todo lágrimas, todo trampa. Menos mal Pierre de Coubertin está muerto porque veía semejante espectáculo del delantero brasileño y volvía a morirse.

Lo más triste es que Neymar, ese líder menor que tendrá que madurar muchísimo para que sea capaz de llegar a la estatura de tantos cracks que hicieron del fútbol brasileño esa poesía de la que el jugador del Barcelona se ha declarado en profunda y directa oposición, nos ganó el juego a punta de viveza. Que un jugador así nos haya vencido, nos hace menores, mucho menores, que él.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.