Raparse es la nueva peluca de los calvos. Difícil contradecir semejante verdad gigante, tan gigante como la distancia en dedos que separa las cejas de la nuca cuando se entra en el torbellino sin final de la pérdida de pelo. Aquellos que vivimos ese proceso natural y que agrede la autoestima en sus primeros despertares, y que ya en sus estertores no es más que la ratificación de aquel comienzo en el que un largo mechón se quedaba amarrado entre las manos luego del champú.

Pero ya no hay tantos calvos genuinos. Digo genuinos porque la mayoría se rapa, tenga entradas o no. Se volvió un look común, que hace que los jugadores parezcan productos hechos en serie y no individuos diferentes uno del otro. El alopécico de look antiguo, que como arma de reconocimiento frente a los demás es esa herradura capilar que le cubre los costados del cráneo, ya no se ve en un campo de fútbol y da tristeza. Es como si ese aspecto lo hubieran desterrado por culpa de las malditas modas.

Yo soy de esos anacrónicos. O así es mi calvicie. Como la de Yordan Letchkov. A ese look me refiero. A ese perdido look de oficinista que tenía el búlgaro, uno de los mejores jugadores del Mundial de 1994. Apenas cerca a la frente le quedaba un pequeño islote despelucado y nada más. Con su pelada cabeza en el Hamburgo alemán hizo muchos goles, pero el que más recuerda el mundo fue aquella palomita ante Andreas Köpke que clasificó a los búlgaros a semifinales de esa Copa del Mundo. Paradójicamente en esa Bulgaria estaba en el arco Borislav Mikhailov, tan pelado como Letchkov si uno mira sus fotos en el Mundial de México en 1986, pero de tupida cabellera en aquel 94: un amigo peluquero de Mulhouse, ciudad en la que jugaba, le completó el tejado faltante.

Hoy es rarísimo encontrarse a pelados estilo Ricardo Bochini o Grzegorz Lato. Par cracks de Independiente y la selección polaca daban esa extraña duda al espectador de saber si en realidad se había colado un trabajador público a un juego de profesionales si solo se les evaluaba por la facha. Pero era cuestión de que tocaran la pelota para darse cuenta de que sus pelusas supervivientes, volando al viento rígidas como si de alambre dulce se tratara, les daba una personalidad definida.

Gabriel Puentedura, en el arco, también fue de los de mi equipo. Tapado por Fillol en River estuvo caminando por clubes modestos y por el ascenso en Argentina, pero siempre destacándose en las fotos de las formaciones como el más calvo de sus 11 coequiperos. ¿Y en Colombia? Heber González, ese fantástico lateral del Pereira que tenía el afro partido por el medio, como si le hubieran dado un hachazo producto de su debilidad capilar en este sector de la cabeza: Hugo Galeano fue entendiendo que la coronilla se le extendió más de lo imaginado, igual que Gustavo Quijano, joven pero al que en las tribunas siempre le agregaban 10 años de más por la bendita calvicie.

A pesar de la presión social, de las modas, de los comerciales y de los tónicos, ellos jamás se raparon. Exhibían con orgullo la poca y desbaratada melena que les quedaba, sin complejos, sin temores.