Hace pocos días fue la rueda de prensa del relanzamiento del Bogotá Fashion Week. Y digo relanzamiento porque esta vez la nueva plataforma de la capital colombiana es apoyada por la Cámara de Comercio de Bogotá (CCB) y será algo más que un conglomerado de desfiles de diseñadores emergentes y consolidados del país. Dentro de todas las charlas que estuvieron apoyando esta iniciativa, todas apuntaron a lo mismo: la importancia de ser local, de apoyar y consolidar la moda colombiana para ser internacional.

Anteriormente había una creciente línea de pensamiento de las grandes empresas de moda hacia homogeneizar, estandarizar e integrar estrategias de mercadeo para replicar la fórmula que los llevó al éxito inicial en un formato global y trasladar a diferentes lugares una experiencia universal. Sin embargo, esta idea ha ido cambiando y adaptándose a que por más globalización en la que nos encontremos, como consumidores todavía aspiramos por ideas, diseños y piezas únicas que no se despeguen de nuestra cultura y tradición.

Hay cada vez una apropiación local como corriente integral de la moda porque cada vez hay una necesidad de tocar a las personas y su entorno; por ejemplo el diseñador Jorge Duque, orgullosamente, pone en las etiquetas de la ropa la ubicación exacta del lugar donde yace todo su equipo creativo: “Chapinero Alto, Bogotá”. Cada vez hay una marcada denominación de origen, que incluso hace parte de las estrategias globales en las que ser local es una premisa. Otro ejemplo es observar el cambiante menú y la decoración de las tiendas Starbucks en cada país –sin mencionar los productos de café que dicen exactamente en dónde se cultivaron– para entender que la fusión local en una empresa internacional es importante; un fenómeno denominado glocalización.

A veces la globalización en la moda como tendencia mundial nos abruma, la incorporamos como una avalancha visual de ropa, estilos y tendencias, pero al final del día no sabemos ni quién hace la ropa o frente a qué necesidad socioeconómica fue creada determinada pieza. Proyectos como el de Fashion Revolution Colombia o maestros costureros del LCI y Fucsia nos abren los ojos y nos recuerdan quiénes son realmente aquellas personas involucradas en el proceso de producción, encarar nuestras tradiciones y entender el potencial de afianzar lo que tenemos en pro de ser únicos. Hacer moda local no significa hacer moda souvenir. No se trata de que el nacionalismo se desborde en cada diseño y vendamos sombreros ‘vueltiaos’ y ponchos cafeteros como moda colombiana. Se trata de recopilar estas tradiciones y mezclarlas con las nuevas tendencias y tecnologías que permean el mercado.

Hoy en día el concepto de “globalización=homogeneización” está cambiando debido a que es precisamente esta inmensa interconexión cultural en el mundo lo que nos da mayor conciencia de identidad cultural; nos hace querer estar conectados a nivel local y cada vez más queremos volver a lo valioso de la unicidad y lo exquisito de lo manual. Una posglobalización, como diría Ricardo Domingo.

Siempre hay algo positivo en apoyar la industria local y el Bogotá Fashion Week, apoyado por la CCB, es un proyecto que no se queda atrás. Ya tuvimos suficiente con la cacería de brujas durante Colombiamoda, la industria no necesita más ruido negativo ni seguir dándoles excusas a las personas a la hora de comprar diseñador nacional. Necesitamos más apropiación de los diseños locales y las marcas más conexión con las personas. Una vez que esto se lleve a la práctica, el impulso de la industria de moda colombiana a nivel global será una próspera –y merecida– consecuencia.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.