Hace un par de semanas sufrí los síntomas que aparecen tras tener una columna de cine. El ego se infló, la adicción por probar todo tipo de películas arruinó mi juicio, y lo más grave, mi reacción ante los bodrios hollywoodenses dejó ver mi parte más cínica. Lo acepto, era evidente, el lado oscuro de la Fuerza me sedujo a tal punto que ni Yoda, ni Supermán, ni el mismo Jebús (Simpson) podrían salvarme.

Recordé, entonces, que cuando estaba del lado luminoso de la Fuerza y algunos solían confiar en mi criterio cinematográfico, no me dedicaba a perseguir clásicos en Netflix, comer palomitas caramelizadas o desear un detrás de cámaras antes de los créditos. No, cuando la luz me acompañaba, dedicaba una hora en la mañana y otra en la tarde para meditar con la técnica Vipassana, enseñanza que aprendí en un retiro de 10 días que hice por primera vez en 2013.  

El recuerdo se había transformado en una escena de ficción porque no es creíble, ni en un guion de Spielberg, que el protagonista –yo–, que había entendido la verdad sobre el apego, el deseo y la aversión, decidiera con el tiempo olvidar la tranquilidad y caer de nuevo en el seductor mundo de las sensaciones. Olvidé que el amor verdadero es unidireccional, que el deseo y la aversión solo llevan al sufrimiento y que el más noble propósito de la vida es servir a los demás, para que todos los seres, visibles o invisibles, humanos o no humanos, grandes o pequeños, lejanos o cercanos, sean felices.

Por fortuna, la solución estaba en mis manos y no fue imposible luchar contra el deseo de ver más películas, gracias en parte a que hace falta mucho para una nueva entrega de Star Wars. Decidí entonces internarme de nuevo en mi universo cinematográfico, lidiar contra los villanos de mi vida y aguantar cualquier efecto de la máquina más poderosa del mundo: la propia mente. En silencio y por 10 días, meditando desde las 4:30 de la mañana hasta pasadas las 9:00 de la noche, estuve en el rodaje más duro y más enriquecedor de todos, un retiro Vipassana, una saga de la que vale la pena hacer varios remakes.

Ni hace tres años, ni esta vez, fue fácil, porque no cuento con la fuerza de Hulk, las capacidades del Profesor X o la corta memoria de Dory, la de Nemo. Como no hay ficción en mi cuerpo, el dolor físico, la ansiedad, los recuerdos y hasta las agradables sensaciones fueron tan fuertes que tuve que observar para entender que todas tenían la misma característica, surgir y desaparecer, con lo que no valía la pena generar animosidad o deseo a ninguna de ellas.

Vipassana está muy lejos de tratarse de algún culto, religión o secta. Personas de todas las creencias se reúnen para entender la ley natural de la vida, el dhamma, y aprender la técnica con la que Gautama Buddha logró liberarse de su sufrimiento. No hay poderes sobrenaturales en dicha técnica, con lo que es mejor evitar ilusionarse con las supercapacidades de los héroes de ficción y aceptar la realidad tal y como es.

Al final, en el día 10, cuando se rompe el voto de silencio y se comparten las experiencias con las otras decenas de meditadores solo queda en el ambiente el infinito agradecimiento por haber tenido esta oportunidad. Y es que en un mundo en el que cada vez se depende más de la tecnología, se cree más en la felicidad que aparece en Facebook, Google o Hollywood que la de la propia existencia y se persigue una belleza construida (en todos los campos), resulta más chocante desintoxicarse de esa montaña de apego y decidir caminar con menos ficción y más verdad.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.