No existe un héroe nacional de ficción por consenso… Mientras Inglaterra tiene su James Bond, Bélgica su Tintín, Estados Unidos su Capitán América, Japón su Centella, México su Chapulín y Chile su Condorito, nuestra identidad sigue desvalida en cuanto a esa figura tutelar. Una carencia típica de tierras demasiado ocupadas en supervivencias forzadas, en babear ante lo foráneo y en contrarrestar atropellos como para andar ideándose ídolos fantásticos a quiénes venerar, y por tanto acomplejada y huérfana de estos.

Como en otros oficios, mantenerse como héroe es difícil. Metamorfosearse en monstruo o ser objeto de una reevaluación a lo que antes era considerado proeza histórica son hechos frecuentes e indeseables. Que lo digan Plazas Vega, Maza Márquez, Alejandro Villalobos o Peñalosa. Esperar futurismo, trajes voladores y superpoderes cuando la postración estética, espiritual, mental y material fluye, implica un despropósito. Suena mamerto y pesimista, pero imaginar a superhombres o supermujeres redimiéndonos de problemáticas tan ajenas a los Superamigos, parece más inverosímil que cuatro cargas de kryptonita, nueve invasiones interplanetarias y cinco batimóviles en simultánea. Así, al inventarnos ‘superheroísmos’ sofisticados, fallamos o concebimos esperpentos.

Para comprobarlo está la Superabuela de Ordóñese de la risa . O la mismísima Dama del pantano … desastroso debut del Canal Caracol, que incluso entonces lucía desafortunado. O una miniserie ochentera denominada El visitante … con un alienígena antropomorfo cuya nave anclaba en Bogotá. Sus contactos interestelares tenían lugar en las Piedras del Tunjo. Los efectos especiales eran dignos del país. Otro ejemplo es El Man , largometraje reciente sobre un hombrecillo de capa y traje amarillo. Su exhibición continúa inspirando abucheos que divide honrosamente con ese intento manga de reencauchar próceres al estilo Chávez denominado Bolívar: el héroe . ¿Y qué decir del patético Supercívico, de Mockus, con su artillería viril visible por entre la trusa?

Se cuentan casos admirables: uno es Kapax, ser real, intrépido amo de las aguas del Magdalena, el Putumayo y el Amazonas, cuyas proezas natatorias en los setenta le valieron el remoquete del ‘Tarzán Criollo’, hoy cansado y despojado de Cantalicia, su anaconda, por las autoridades medioambientales. Una película suya está en YouTube. Recomiendo verla, deleitarse con su discreta manufactura y homenajear a Alberto Rojas Lesmes, el mal recompensado ecologista que lo encarna. Discípulo suyo fue ‘el Culebro’ Casanova al representar a Farzán, franquicia huilense del guerrero selvático. También cabría Generoso ‘el Guajiro’, faceta sobrehumana y caribeña de Armando Gutiérrez en la telenovela Calamar .

De mencionar los Hombres de honor , propaganda institucional castrense, y una suerte de Misión del deber o de Rambo , si se quiere, a la colombiana, que todavía utilizan para abastecer la parrilla de los canales Uno e Institucional. Y las muchas series estilo Superlupe –vivencias de una meritoria trabajadora doméstica–, o Arcángel , protagonizada por un David Guerrero que hacía milagros trepado en su motocicleta, cual Michael Landon en Camino al cielo ... En materia de cómic, inolvidables algunos motivos indigenistas como Tukano y Calarcá . Y, por supuesto, el radiofónico Kalimán , que aunque mexicano se nacionalizó en voz de Gaspar Ospina. Mi lista personal de ídolos locales fraguados desde la imaginación aún clama por uno a quién idolatrar, pero de seguro quedan otros desconocidos, olvidados o por olvidar, extraviados en sus mentes. En cuanto a ese gran superhéroe colombiano, aquí persistimos… a la espera de su alumbramiento. ¡Hasta el otro martes!

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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