A veces compadezco a los millennials por sus carencias. No es autocomplacencia, nostalgia enfermiza ni reivindicación generacional. Tampoco estrategia financiada por Full 80’s u otro clamor retro de aquellos que hasta la náusea viral invaden. Esos con Kevin Arnold de fondo, estilo “mi infancia fue mejor que la tuya porque en lugar de Xbox teníamos carros de balineras, y de Spotify, walkmans ”.

Pienso en deleites mayúsculos y simples que la lotería cronológica arrebató a los jóvenes. En algo que para mi generación constituyó estrategia de socialización y fraternización, modalidad saludable e inocua de esparcimiento y mecanismo pedagógico de expresión oral. Hablo de las denominadas ‘pegas’, término que aunque horrible marcó a mis contemporáneos, cuando aún el teléfono era herramienta de uso impune.

Entendíamos por ‘pega’ el ejercicio lúdico y ocioso de conferencias telefónicas cuyo propósito fuera desconcertar desde el anonimato al interlocutor y mofarse de este. La metodología consistía en discar un número: específico o aleatorio. Todos de siete dígitos. Tenía que comenzar en 2, porque con el 6 y el 7 solía fallar y con los demás nunca funcionaba. Una vez nuestro abonado incurría en el error de responder se desataba un entramado de absurdos que desafiaban la paciencia y las agudezas cognitivas y de improvisación de cada involucrado. Ello, claro, si el favorecido era participativo y no te insultaba, ignoraba o colgaba.

Inolvidable cuando de infante invitaba a un amigo a mi vivienda y tras agotar toda opción de entretenimiento nos consagrábamos por unanimidad a la perpetración de brillantes y osadas pegas. A profesores detestados. A la Policía, la droguería, los bomberos, firmas de taxis, pizzerías y condiscípulas que nos obsesionaban. A infelices víctimas del azar.

Estaban desde las predecibles y poco inventivas con indagaciones tipo “¿allá lavan la ropa?”, “¿se encuentra el señor Calvo o la señora Vaca?” –después de buscar en la guía a alguien así apellidado– hasta las sofisticadas, sin olvidar las perversas o cuasidelincuenciales. Como cuando llamábamos al colegio con voz cambiada para fingirnos narcoterroristas y decretar falsa amenaza de bomba, esperanzados de que suspendieran la jornada lectiva.

Cierto amigo escritor halló fortuitamente en las páginas blancas a un tal Eccehomo Ajiaco. Desde entonces se mantuvo por años incólume en llamarlo al beber demasiado –o sea casi siempre– así fueran las 3:00 a.m. Don Eccehomo, cordial, lo atendía. Las pegas generaron vínculos imperecederos, como el de ellos.

Su decadencia se precipitó con el desinterés contemporáneo en la telefonía fija doméstica, los identificadores de llamadas –bendición para evasivos y paranoicos; maldición delatora para cobradores y bromistas– y vertientes más sofisticadas y rentables de diversión remota a costa de intranquilidades ajenas, el trollismo , el bullying , el hacking y sus afines entre estas.

Aún quedan pegas. Ruines… como los tiempos. Congestionan el 123 reportando incendios mentirosos. Perturban hogares imitando la voz de los dueños de casa en su ausencia para acceder a sus haberes. Chistes de gusto dudoso.

Pronto estas costumbres tendrán relevo. A toda novedad le llega su anacronismo. Pero por mi modesta parte defiendo esas eras antañonas de ingenuidades y desconexiones. Aquellos días de azares, anonimias, indagaciones e imaginerías sobre lo que sería este futuro, muy distinto del que al menos yo supuse. Por tanto lo admitiré sin rubores: mi vida no fue igual desde que las pegas la abandonaron.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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