Como defensora de animales, vivo atenta a lo ambiental. Sé que en el marco de protección constitucional al ambiente se encuentra un fundamento de rango y fuerza constitucional para la protección a los animales. Creo, además, que el combate por los derechos de los animales es inescindible del de los derechos de la naturaleza y que la defensa de los derechos humanos es insostenible por fuera de la defensa de lo ambiental.

Me dí a la tarea de buscar “lo ambiental” en el ‘Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera’, donde encontré reiterada la expresión “buen vivir”. El término proviene del quechua sumak kawsay, popularizado gracias a la Constitución ecuatoriana de Montecristi, cuyo significado es la realización de la vida plena y digna en armonía con la naturaleza.

En términos aspiracionales, el buen vivir se refiere a la construcción de un sistema social y ambiental que refuerce las prácticas cotidianas de protección al ambiente. Por ello, surge en tiempos de crisis como un reconocimiento a visiones y valores ancestrales que nos recuerdan que la vida debe fluir con respeto por todo lo que desempeña una función en el planeta.   

Dado que esta visión política se concreta en mandatos, algunos teóricos hablan de un nuevo ecologismo constitucional (Zaffaroni, 2011) o de un biocentrismo constitucionalista (López, 2015) que no se limita a la justicia social, sino que reconoce otro tipo de relaciones con la naturaleza.

El que esta expresión atraviese el texto del acuerdo refuerza mi compromiso con la paz que se nos planteará en el plebiscito.

Su reiteración se da en los capítulos sobre reforma rural integral, fin del conflicto y solución al problema de las drogas ilícitas, cuyos planes se orientan a crear condiciones de bienestar y buen vivir para la población rural.

Entre ellos, los hay de acceso a la tierra para personas y comunidades que participen en programas de asentamiento y reasentamiento y estén dispuestas a proteger el ambiente; de apoyo para comunidades que habiten en áreas que requieren manejo ambiental especial y quieran desarrollar programas de recuperación de bosques, producción alimentaria sostenible, reforestación y formas de organización de la economía campesina; de reincorporación de las Farc-EP a la vida civil que incluyen protección y recuperación del ambiente, y de manejo al problema de las drogas ilícitas con respeto por la tierra y el buen vivir.

En suma, estrategias de acceso y retorno a la tierra para quienes nunca debieron salir de ella y un marco de relación con la naturaleza que implica su uso en beneficio del interés común, conforme a principios de respeto y equilibrio.

Con esto, me queda más clara la reticencia de algunos protagonistas del ‘no’ al plebiscito, cuyo poderío terrateniente se cimentó, precisamente, en el despojo, el miedo y la explotación de la naturaleza. En una palabra, en pisotear el buen vivir.

Mi esperanza es que el fin del conflicto nos permita pactar una nueva alianza con la naturaleza, en beneficio de todos y de ella misma.

Por eso, al ‘no’ le digo no y al ‘sí’ un rotundo sí.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.