Escogimos cuatro momentos en los que los nacionales sienten que dentro de sus venas corre sangre tricolor, amarilla, azul y roja, y que por lo tanto, nos hace sentir orgullosos de lo nuestro.

Algún colombiano va ganando algo...

No importa lo que sea y no importa la categoría. El colombiano no necesita saber nada del evento, deporte o premio en el que participa el compatriota que está representado al país para celebrar por el triunfo o encontrar una excusa para llorar la derrota.

Está en el extranjero...

Colombiano que se respete extraña a su país más que cualquier cosa, incluso si está exiliado o extraditado. Ya sea porque les hagan falta las sopas de mamá o los postres de la abuela, o porque extrañe la alegría y el cariño de la gente, los amigos, los hermosos paisajes, montañas y climas de la geografía colombiana, la música y la fiesta, los chistes, los mil y pico de festivos que hay, el trago, las buenas y malas noticias y, en últimas, hasta las embarradas de muchos.

Juega la selección...

Original o ‘chiviada’, el día que juega la selección no hay ‘pero’ que valga para ponerse la camiseta. No hay peleas, no existen barras, no existe otra raza más que la colombiana. Sea en un bar, en el trabajo o en la casa, el 99,9% de los colombianos se sientan frente al televisor y se transforman en expertos en fútbol. Es el momento en el que se oyen más insultos colectivos, gritos de alegría y desesperación, y la música típica colombiana se llena de regalías.

Se rompen relaciones con otros países...

Así el colombiano no tenga ni la más remota idea de por qué los Gobiernos de Colombia y cualquier otro territorio (generalmente con los vecinos latinoamericanos) rompieron relaciones, el patriota escondido sale a criticar y al igual que en el fútbol, se vuelve un experto en política exterior y hasta se imagina luchando si eventualmente hay una guerra.

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