Hablar de reggaetón, aunque suene raro y no tenga al inicio mucho sentido, implica hablar de desigualdad, de clase, de raza y de cómo un ritmo pudo más que cualquier intento de censura. Aunque hoy gobierna listas globales, el reggaetón fue rechazado y perseguido en su propia tierra, Puerto Rico, en Panamá y en barrios enteros de Colombia. No por su sonido, sino por quiénes lo hacían: jóvenes de barrios marginados, en ocasiones negros y pobres.
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Por eso, cuando lo miramos como movimiento cultural y no solo como producto comercial, tiene sentido entender por qué para muchos artistas el género se convirtió en una narrativa aspiracional. Frontear no es vanidad, es declarar que lo que el barrio y la desigualdad negó, un género con base de dembow lo hizo posible.
La historia del reguetón tiene su raíz en Jamaica, donde el dancehall y el reggae de los años ochenta marcaron el pulso afrojamaiquino que luego viajaría por todo el Caribe. Esos sonidos cruzaron el mar y se mezclaron con las plenas panameñas y el underground puertorriqueño, dando origen a una nueva estética musical que nació entre barrios, puertos y estudios improvisados. Andrea Yepes recoge esta genealogía en su libro, mostrando cómo la diáspora afrocaribeña, las influencias rítmicas y los flujos culturales sentaron las bases del género antes de que este se convirtiera en fenómeno global.
A partir de ese legado, Yepes narra la consolidación del reguetón a través de sus crews, productores, dúos legendarios como Wisin y Yandel o Alexis y Fido, y figura pioneras como Daddy Yankee, Don Omar, Ivy Queen o Glory. También describe cómo Medellín terminó transformándose en un polo industrial del género, impulsando la expansión que hoy encarnan artistas como Bad Bunny, J Balvin y Karol G, quienes llevaron ese sonido hasta los escenarios más grandes del mundo.
Por eso, si le gusta el género o tiene curiosidad de sus raíces, Andrea Yepes escribió ‘Reggaetón’ y en PUBLIMETRO COLOMBIA hablamos con ella para entender la raíces.
¿Qué te motivó a escribir un libro sobre un género tan polémico, tan amado y tan discutido como el reggaetón?
La propuesta llegó desde la editorial. Ellos leyeron un artículo que escribí para Don Juan en 2018 sobre la historia del reggaetón en Medellín, y cuando buscaban quién pudiera escribir un libro así, me llamaron. La idea fue de ellos; yo simplemente me entusiasmé y lo hice.
Fue muy interesante porque el reggaetón que yo más escuchaba era el viejo del 98 al 2010. Sonidos de Puerto Rico que tenía muy mapeados. Pero cuando empecé a investigar Medellín me sorprendió lo poco que conocía de la música que se hacía acá. Y al mirar Puerto Rico, lo que más me impactó fue ver cómo funcionaba la cotidianidad: los estudios, los crews, la forma en que se agrupaban. Es un género profundamente asociado al trabajo en equipo, siempre son grupos pequeños que se alzan entre todos.
El origen del reggaetón está en los barrios y en el Caribe. ¿Cómo ves su raíz como expresión cultural y no solo musical?
Los sonidos del reggae y dancehall llegan a Panamá; allí empiezan a hacerse en español. Luego muchos artistas migran a Nueva York y desde Estados Unidos los DJs de Puerto Rico encuentran estas pistas y las llevan al underground, que fue el primer nombre del reggaetón. Todo nació en los barrios, en espacios marginales. Por eso en el libro no uso la palabra “urbano”; para mí este género no es urbano de ciudad, es urbano de barrio. Sus temas iniciales vienen de ahí: el corillo, el maleanteo, la vida cotidiana en entornos empobrecidos.
Hablas de productores como DJ Playero, The Noise, El Chombo o incluso Tiny. ¿Por qué es importante devolverles protagonismo?
Porque el reggaetón nació siendo un género de productores. Fueron ellos quienes pusieron las pistas y le dieron un sonido inicial a todo. El concepto de artista existía, pero la ejecución era rapear sobre tapes llenos de colaboraciones. Hoy se habla más del cantante porque entramos a la esfera del pop, donde el artista es el centro, y se pierde la figura del productor como arquitecto del sonido. Me gustaría verlos mucho más visibles; ellos crean lo que permite que un artista brille.
El reggaetón se ha popularizado tanto que muchos dicen que perdió su esencia. ¿Tú lo ves así?
No creo que la haya perdido. Creo que hay una ficción alrededor de eso, las narrativas del barrio siguen en el lenguaje, incluso cuando el artista ya no viene de allí. Lo que pasó es que el género se diversificó y se mezcló con otros sonidos, lo que le permitió llegar a la esfera pop global. El reggaetón plantó una plataforma sonora, y a partir de ella muchos estilos crecieron.
¿Por qué crees que el reggaetón ha sido tan exitoso para narrar la identidad latinoamericana?
Tiene una raíz muy cercana al rap, que siempre fue un género de narrar origen: “de dónde soy, qué pasa en mi barrio”. Y como el reggaetón es en español y logró impactar el pop global desde América Latina, la identidad latinoamericana se volvió una marca, un sello. Los artistas entendieron que lo latino potencia cualquier proyecto porque el género nació en lugares diminutos pero poderosos, Panamá, Puerto Rico, Medellín.
En Colombia, Medellín es el epicentro del género. ¿Por qué funcionó tan bien allí? Medellín tiene una cosa llega, un género y pega. Tango, salsa, ahora reggaetón. Somos una ciudad que vive con música desde la mañana hasta la madrugada. Cuando vieron que los jóvenes estaban escuchando reggaetón, se montó una industria rapidísima de gente de videos, productores, estudios. Medellín creó una red que permitió que artistas locales y puertorriqueños vinieran a trabajar acá. El sonido de Medellín, mucho más minimalista, más depurado también ayudó a crear una estética propia.
Y el proyecto de J Balvin fue clave, él quería un reggaetón más suave, más “familiar”, menos explícito. Ese cambio de lenguaje abrió la puerta a una popularización masiva.
Hoy, cuando el reguetón domina las listas globales y se mezcla sin esfuerzo con el pop, la electrónica o el trap, vale la pena mirar hacia atrás y reconocer su raíz. Porque este género, más que una moda, ha marcado generaciones a través del baile, las letras, los fronteos, la estética y las figuras que lo han impulsado desde la marginalidad hasta los escenarios más prestigiosos del mundo. Recordar su origen afrocaribeño, callejero, comunitario permite ver más allá del prejuicio y entender que su fuerza no solo está en su éxito comercial, sino en la historia cultural que lo sostiene. Es un ritmo que sigue creciendo, pero cuya potencia nace justamente de no olvidar de dónde viene.
