Los días desde este lunes hasta que Millonarios vuelva a ser campeón serán larguísimos. Antes, solamente sufría un par de horas el acoso de mis amigos santafereños cada vez que ellos ganaban un clásico o cuando Millonarios perdía estrepitosamente. El árbitro pitaba el final del juego y de inmediato empezaba a sonar el bendito teléfono celular.
 
¿Y qué hace un hincha que se respete en el momento que sus rivales de turno levantan el tubo, marcan y empiezan a joder? Se mira con desdén el número que aparece en la pantalla del móvil para identificar al burletero compañero de marras que en ese instante se siente más que nosotros y no se contesta. No hay el menor peligro de que uno oprima la tecla verde y diga “¿Aló?”, pero eso no es suficiente. Ahí la segunda opción aparece: el buzón de mensajes de texto tiene una actividad frenética, envidiada por cualquier empleado de Adpostal. No cesan de llegar los SMS mientras uno fluctúa entre la tristeza de la derrota y el incordio de saberse burlado.
 
Durante la final de la Copa Postobón del año 2009 Dios se apiadó de mí: Santa Fe-Pasto era el juego que definía el título y por cosas de la vida tuve que viajar a Medellín durante una semana. Muchos santafereños cercanos se mordían los labios de la rabia al pensar que no iba a estar en Bogotá para el día en que su club diera la vuelta olímpica. Vi el partido por televisión mientras que, en el hotel sonaba el teléfono avisándome que había que bajar a comer. Le dije a la recepcionista que solamente llegaría al comedor apenas terminaran los penaltis.
 
Fue una definición errática: hubo muchos desperdicios, pero Santa Fe estaba arriba por una atajada de Agustín Julio. Óscar Altamirano, del Pasto, era el encargado de saber si su equipo tenía esperanzas de seguir luchando por esa copa. También en sus pies tenía el poder de condenar a mi teléfono celular a una congestión de llamadas rojas.
 
Altamirano se impulsó, disparó y la pelota se fue sobre la portería. Santa Fe era campeón de la Copa Postobón. Cuando la pelota disparada por el pobre Altamirano salía del campo el timbre del teléfono empezó a sonar hasta el hartazgo. Bajé de inmediato a comer. Regresé y tenía 30 llamadas perdidas y el mismo número de mensajes de texto. Al otro día la mecánica se repitió, y lo mismo ocurrió el tercer día. No podía decirles nada a mis amigos santafereños. Yo había hecho exactamente  lo mismo varias veces con ellos.
 
Ayer la historia se repitió: Santa Fe, luego de 37 años de espera, ganó la liga. Y el teléfono no ha parado de sonar. Ya resolví el problema: eché el BlackBerry dentro del inodoro y me fui a ver a cada uno de mis alegres cofrades rojos con los que, a pesar de verme separado por los colores de un club, nunca les podré negar un abrazo.
 
¡Felicitaciones a todos los hinchas de Santa Fe!