Michael Fred Phelps II comenzó a forjar su historia de campeón a los 10 años. No lo sabía aún, solo era un chico de Baltimore que odiaba perder con sus compañeros de piscina, el hábitat que de a poco se le transformó en natural, un poco por gusto de un deporte que practica desde que tenía 7, y otro tanto por huir de las discusiones de sus padres próximos a divorciarse en aquel entonces.

Ahí lo vio Bow Bowman, un entrenador de natación que tenía la misión, también sin conocerlo, de forjar al campeón más grande de la historia de los Juegos Olímpicos. La clave no fue darle su sapiencia, por supuesto que eso influyó; pero la clave en realidad fue transformarse en su segundo padre, ya que el progenitor pocas veces estuvo al lado del pequeño Mike, hasta que se transformó en Michael Phelps, el multicampeón, pero ya fue tarde.

A los 15 años   participó de su primera olimpiada en Sídney 2000 y aunque destacó (diploma olímpico en los 200 metros mariposa), la primera medalla debió esperar cuatro años más. Allá por 2004, el australiano Ian Thorpe tuvo que ver cómo su reinado se desmoronaba en virtud de la ‘Bala de Baltimore’, como fue bautizado Phelps a temprana edad. Atenas 2004 le arrojó seis medallas de oro y dos de bronce, consolidándose como el monarca de la natación.

“Ninguna persona podrá ganar jamás ocho medallas de oro en unos Juegos Olímpicos”, esta sentencia hecha por Thorpe fue la motivación de Phelps en Beijing 2008, donde desafió a la historia y a las profecías, colgándose las ocho preseas doradas que supuestamente nadie iba a ostentar y superando a Mark Spitz, quien en Múnich 1972 se hizo con siete oros.

Con la historia en su poder, Phelps regresó para Londres 2012 donde se colgó cuatro oros más, pero no fueron suficientes para la crítica. Terminados los Juegos británicos, el ‘Tiburón’ dijo basta, mientras su vida hizo implosión y aquel chico que se esmeraba por ser ejemplo para la sociedad, se vio inmerso en un caos personal, manifestando incluso que tuvo ganas de quitarse la vida.

Retirado, en problemas con su pareja Nicole Johnson, trascendió un mensaje que Phelps le envió a su representante Peter Carlisle: “ya no quiero estar vivo”. La noche lo consumió, el licor, la fiesta y alguna que otra droga social, vieron la escena más paupérrima de la historia del nadador oriundo de Baltimore.

¿Qué lo hizo cambiar? ¿Qué lo motivó para volver por más gloria? Sí, la piscina. En 2013, apenas un año después de decir adiós al agua, alguien lo llamó “gordo” en sus vacaciones, un amigo de él que quiso ganarle al múltiple medallista, honor que pocos tienen, pero que sin querer queriendo hizo volver al mejor Phelps. Aquel desafío jamás se cumplió, pero el plusmarquista se sacudió y empezó a rehabilitarse para intentarlo una vez más.

Los siguientes meses tuvieron a un Phelps más humano y menos superhéroe. Asistió a terapias grupales para salir de la bebida, así como de las otras adicciones en las que incurrió, como el casino y el hipódromo. El amor volvió a él cuando pudo reconciliarse con su novia y las aguas se fueron encauzando. Así, Michael Phelps se puso en forma para darle un broche de oro a su carrera.

Tal parece que la carrera deportiva de Michael Fred Phelps II terminará esta semana en Río de Janeiro, con más de 21 oros en su haber. Sin embargo, hay quienes aventuran que su leyenda aún no se ha acabado, que se volverá a motivar y dentro de cuatro años irá por más gloria a Tokio. Algo improbable que suceda; improbable, pero no imposible.